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Cuando el crepúsculo se asoma a las ventanas de todos los refugios disponibles

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OBRAS DE ARTE EN CUBIERTA

Era la primera vez que él hacía una travesía marítima como aquella. Y al ser un crucero turístico, todas las condiciones de atención personal estaban cubiertas. Viajaba solo, porque apenas iba iniciando su relación con Irene y, aunque todo hacía prever que sería la definitiva, no había aún la suficiente confianza para una convivencia íntima de dos semanas. La primera noche apenas durmió, de seguro por efecto de aquel aislamiento tan original y vibrante.

A la mañana siguiente se apresuró a salir a cubierta, donde sólo se encontraban unos cuantos viajeros tomando el desayuno. Todo lucía natural; pero cuando se fijó en los rostros y en las apariencias de los presentes se fue percatando de que aquellas no eran personas corrientes, sino figuras que daban la impresión de haber salido de cuadros antiguos y modernos.

Estuvo contemplándolos por unos instantes, y luego no pudo resistir el impulso de preguntarle a uno de los asistentes de servicio que andaban por ahí:

--Disculpe, joven: ¿Toda esta gente tan rara que está aquí, de dónde es?

El aludido puso cara de extrañeza, y dudó antes de responder:

--Perdone, raros no son. Se trata de turistas comunes y corrientes, tal vez algo más distinguidos por el tipo de crucero. Y, observando más detenidamente, es usted el que parece un tanto raro. Yo he sido estudiante de arte, ¿y nunca le han dicho que usted tiene toda la apariencia de una imagen del Greco?

KINDERGARTEN EN VELA

Era casi la hora de salida vespertina, y él ya aguardaba a la joven que lo llevaba siempre de vuelta a la casa, porque siendo un niño tan pequeño no podía andar solo en la calle, aunque las calles de entonces no fueran ni por sombra como las actuales, en lo que a peligros se refiere. Se fue con ella, pues, y de pronto se hizo presente en el aire una llovizna que apenas se sentía.

--Apurémonos antes de que venga el chaparrazo –dijo ella.

Y casi empezaron a correr. Allá al fondo, el sol parecía estarse negando a irse. En unos minutos estaban ya en casa, donde aún no había vuelto nadie del trabajo. El aprovechó para irse a la biblioteca, que era su lugar favorito de siempre, en el que se sentía más a gusto, pese a sus escasos años.

Así fueron pasando las horas, y ninguno de los adultos regresaba. La muchacha que había ido a recogerlo empezó a preocuparse; pero él se hallaba más quieto que nunca. Cuando llegó la noche ella se alarmó de veras.

--Si no vienen en una hora, voy a llamar a la Policía. Esto no es normal.

--No se asuste, niña. Deben andar celebrando algo por ahí. Ya ve cómo son.

Llegó la hora. Hizo la llamada. En unos instantes estaba ahí la Policía. Les dieron todos los datos de identidad de los ausentes. Y sólo habían pasado unos minutos cuando los aludidos ya estaban ahí, perfectamente ebrios.

--¿Qué tal, mi niño, has estado tranquilo?

--Sí, porque aproveché para leer. Menos mal que tengo el kindergarten también en la casa.

AL ENCUENTRO DEL ALMA QUE IGNORAMOS

--¿Y usted quién es, perdone?

--Yo soy Nemesio, un antepasado tuyo del que quizás no has oído hablar antes.

--Nemesio, Nemesio…, me suena. Mi abuelo Marco Aurelio era adicto a tener a la mano siempre un árbol genealógico, en el que a cada momento parecía descubrir cosas nuevas. Y muchas veces mencionó a Nemesio.

--Ah, es que yo me convertí en confidente de Marco Aurelio, pese a las grandes distancias en el tiempo.

--¿Y cómo es que hoy está aquí, en persona?

--Pues porque ya era tiempo de que nos conociéramos. Te he estado observando por largo tiempo, y estoy seguro de que eres mi descendiente más avispado para entender estos misterios de la familiaridad en eterno movimiento…

--¿Y entonces?

--Eso: que vamos a ir descubriendo en común los detalles ignotos de la familia. Es un esfuerzo que sólo a nosotros dos nos corresponde, porque sin saberlo hemos venido desarrollando afinidades enigmáticas en el curso de las vidas.

--¿Y cómo vamos a hacerlo?

--Pues simplemente así: encontrándonos en el momento menos pensado para ir compartiendo preguntas y respuestas al azar, a veces con palabras y otras veces sin ellas. La vida irá poniendo los puntos sobre las íes. Porque el destino, aquí y allá, es un juego de azar impredecible.

EL RÍO LEMPA QUE RESPIRA EN LA MEMORIA

Llegamos a la orilla y, como todas las veces que íbamos a cruzar de una orilla a otra, ahí estaba listo el Chele Toño junto a la lancha detenida en el borde del agua fluyente; pero esta vez algo especial parecía estar sucediendo: la corriente líquida se deslizaba hacia abajo como si tuviera más prisa por llegar al paredón que se hallaba unos metros más abajo, donde dicha corriente daba inicio a otra fase del descenso. Don René se dirigió al Chele Toño:

--Hay que apurarse porque tenemos prisa por llegar al casco de la hacienda.

--Sí, patrón, ya nos vamos.

En un par de minutos Don René, su esposa y yo estábamos dentro de la lancha con nuestros tiliches, y el Chele Toño emprendió el cruce. Hubo más bamboleo que otras veces, por la inquietud del agua; pero pronto estuvimos al otro lado. Nos bajamos y emprendimos camino por la cuesta pedregosa. Tres caballos esperaban para llevarnos. Arriba el potrero se extendida hacia adelante, pero nosotros nos fuimos hacia la izquierda, donde estaba el casco alzado sobre piedra.

Al arribar, fuimos adentro, a acomodarnos. La esposa de Don René, que era mi madre, puso mis pocas cosas de niño en el ángulo más alto del ropero. Yo ya lo sabía, y por eso me salí a caminar por los alrededores. Ahí me detuvo el Chele Toño:

--Niño José, ¿quiere que vayamos a dar una vuelta por ahí para que mueva las piernas?

--Si me llevás donde el brujo Melchor, sí. Quiero preguntarle una cosita sobre mi futuro. El Río Lempa me dijo algo al oído y quiero saber qué es. Por favorcito.

LAS MEJORES LECCIONES DE LA SED

Sin decir agua va, se conocieron en un barcito de los alrededores que ninguno de los dos había visitado antes. Eran vecinos casi inmediatos, pero nunca antes se fijaron el uno en el otro; y por eso ahora resultaba casi inverosímil aquel hallazgo mutuo que de entrada se hacía tan estrecho. Hacía ya muchos días que las cosas entre ellos estaban así cuando a él le nació preguntarle a ella:

--¿No te parece raro que tengamos tanta afinidad cuando no nos habíamos fijado antes el uno en el otro? ¿Será un juego del destino?

--Pues de alguna manera ya me lo había preguntado, pero sintiendo a la vez que que el entusiasmo compartido es lo más importante.

--Es cierto, pero cosas como esta no pasan con frecuencia. ¿Qué hacemos hoy?

--Gozar la frescura del momento, y no pensar en ningún tipo de sed anterior.

--¿Sed?

--Pues sí, porque ahora nos damos cuenta de que estábamos secos por dentro, y eso es lo peor que le puede pasar a cualquiera. Prevengamos, entonces, cualquier rebrote, porque la sed anímica es la máxima fuerza destructiva que siempre nos acecha…

Y a partir de ese momento estuvieron íntimamente más seguros de que un agua misteriosa y potente estaba al alcance de ellos, y todo daba la impresión de que así sería para siempre. Hoy, cada vez que me los encuentro en cualquier parte, percibo esa frescura como un notorio signo de vitalidad compartible.

VOCES DESVELADAS AL LLEGAR EL DÍA

Cuando abrió los ojos, el amanecer ni siquiera se dibujaba en el horizonte. Junto a él, Ángela aún dormía profundamente, y de seguro, a su estilo, tardaría mucho en despertar. Ambos eran muy afines, pese a sus diferencias temperamentales, y eso hacía que se sintieran tan cómodos y compatibles en aquella vida. El verano estaba iniciando su recorrido, y la humedad no había desaparecido del aire; y por eso había días como ese, en el que mostraba impulsos envolventes.

Con el cuidado que estaba aprendiendo a tener, se levantó del mullido colchón, y no se dirigió al baño sino a la terracita que estaba después de la cortina del balcón inmediato. Allá a los lejos, entre los cerros, venía avanzando una especie de cola de vehículos, que de seguro se dirigían a las playas vecinas.

Él, que tenía una vista privilegiada, creyó percibir que uno de esos vehículos era el de Fanny, su antigua novia, con quien había terminado cuando conoció a Ángela y se vino a vivir con ella.

--¡Fanny, dejá de perseguirme! Lo nuestro ya no existe ni va a existir nunca más.

No se percató de que Ángela estaba junto a él, con expresión de pocos amigos.

--¿A quién le hablás? ¿A esa entrometida que se te cuela por todas las rendijas de la conciencia?

--Bueno, ella me busca, pero yo no le hago caso.

--Y entonces, ¿por qué seguís su imagen hasta entre los cerros? ¿Extraño, verdad?

--No la sigo, trato de detenerla. Nada va a pasar, mi amor.

--Ummm.

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