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Entrevista: "Hemos entrado en la época de las distopías"

Cristian Alarcón, ganador del premio Alfaguara de Novela 2022, conversó con La Prensa Gráfica sobre sus dos pasiones: el periodismo y la escritura de ficción.

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Entrevista: "Hemos entrado en la época de las distopías"

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Cristian Alarcón es un periodista y cronista de origen chileno-argentino. Fundador de Anfibia y Cosecha Roja, ganó este año el premio Alfaguara de Novela con "El Tercer Paraíso", una novela híbrida de capítulos cortos que asemejan la entrada de un diario, donde el narrador va desgranando su árbol familiar, cargado de violencia y dolor ancestral, y reconstruyendo su huida de la dictadura chilena hasta llegar a Argentina.

Esta novela es también, a la vez, una historia de esperanza en medio de la pandemia, de la búsqueda de ese paraíso terrenal, de la paz que genera ese paso a paso de seleccionar las flores que ayudarán a ordenar un espacio de ensueño.

Por medio de la crónica, Alarcón lleva asimismo al lector a conocer a Carlos Linneo y sus expediciones, a Teofrasto, así como los viajes de Alexander Von Humboldt.

Así, el autor logra de una manera magnífica contar historias en diferentes tiempos, en los que replantea la búsqueda del paraíso propio y la supervivencia.

Esta novela ha llevado a Alarcón a presentar su libro en España, Argentina, Colombia, Chile, México y Guatemala. Fue en este último país donde La Prensa Gráfica pudo conversar con él acerca de su obra y del oficio periodístico, antes de que siguiera con su gira que lo llevaría a Perú, Panamá, Uruguay... hasta cerrar en noviembre en la Feria del Libro  de Guadalajara, el día de su cumpleaños.

¿El Tercer Paraíso es un libro autobiográfico?

No, lo que hice fue una operación literaria que es fundar la novela con un narrador construido con base en mi propio carácter y experiencia, absolutamente modificado, y con unos protagonistas, sobre todo mujeres, inspiradas en mi abuela y en mi madre; en algunos varones de la familia, que tiene escenas de un realismo rampante y feroz que me fueron narradas, pero a las que intervine a gusto y ‘piacere’, construyendo una trama en la que se deben engarzar estos dos planos narrativos en la primera persona en presente y la tercera persona en pretérito, matizados con algo parecido a un ensayo de la genealogía botánica, desde los griegos hasta los franceses contemporáneos. Entonces la hibridez de este texto hizo que estallara lo real en manos de alguien sumamente arbitrario.

Lo que quería era envolver al lector en una experiencia de búsqueda, de entrega, de silencio, de recogimiento. En una cierta condición sagrada, soportando el embate de un clan familiar campesino proletario, atravesado por las violencias atávicas de América Latina, al tiempo que en el viaje misterioso de quien se encuentra en la soledad de la pandemia con la maravilla de la naturaleza.

Tengo que confesar, el libro lo devoré, y me parecía la entrada de un diario personal...

En el registro hay algo del diario, en el sentido de que son capítulos muy pequeños que algunos están en presente, con la idea de que el lector pueda compartir una intimidad y ser partícipe de un proceso íntimo y secreto, que es el descubrimiento de que hacia afuera hay un otro no humano, de que allá afuera está la tierra, los minerales, la luz, el agua los vegetales, los animales y que interpelan y que dialogan con lo humano. Ese proceso tiene un piso de realidad porque yo debí pasar mucho tiempo en contacto con la naturaleza, pero está exacerbado, y ese narrador es un narrador infinitamente más sabio, tremendamente más paciente y debo reconocer que, como dice Mariana Enriquez, es también más poderoso que el autor de la novela. Es una persona mucho menos neurótica que yo, mucho más elevada en términos espirituales. Yo tengo un camino espiritual, pero esa persona que narra ha transitado algo que yo todavía no conozco. Quizás sea una expresión de deseo, que uno se invente uno mismo, un poquito mejorado.

¿Volver al pasado fue doloroso?

No, porque esta no es una novela catártica, ni se trata de  un reconstruir una trama familiar para saldar cuentas con nadie. Las cuentas estaban saldadas y perfectamente de modo incompleto, como suele ocurrir con la mayor parte de lo que nos ocurre en la vida. Es imposible llegar a un deber y un haber ecuánimes, siempre hay una falta. Siempre nos estamos volviendo a decir, nos estamos volviendo a poner contornos y bordes, y estamos volviendo a cruzar la frontera, que creímos haber cruzado alguna vez. En esa confusión vivimos. No sabemos exactamente dónde estamos. A veces, en algún breve instante de felicidad, sentimos que estamos en el único lugar del mundo en el que podríamos estar y con la única persona del mundo con la que desearíamos pasar ese instante, pero eso es muy efímero. Este narrador asume que encuentra un territorio, y ese territorio que primero es el jardín.

¿Cómo vamos del periodismo de investigación a la literatura?

Todavía no hago conciencia. Yo estoy seguro de que hay un beneficio de esa experiencia de contar de los ladrones, de los narcos, de los policías corruptos, de los seres abyectos a los que me dediqué durante tanto tiempo. Seguramente todo ha permeado y está allí en la base de esta novela, pero no he logrado hacer conciencia exactamente de qué es lo que ha quedado. Porque lo que también me gana es un enorme cansancio, el cansancio del que estuvo poniendo el cuerpo, el agotamiento del que ha tenido que gerenciar y gestionar medios. Hacer, sobrevivir el periodismo en las condiciones más horrendas en las que hayamos trabajado desde las dictaduras, por la falta de financiamiento, por la crisis de sentido de la realidad, por lo difícil, que es encontrar haces de luz en el medio de la oscuridad epistemológica en la que vivimos ante un presente tan aciago y ahora ante la incertidumbre pospandémica.

Quizás es simplemente que el cuero se pone duro, quizás es que la experiencia vital nos hace más fuertes, más serenos, menos desesperados y que podemos frenar; frenar a pensar, frenar para tomar decisiones, frenar para no hacer nada. Viví demasiado tiempo en la vorágine, demasiado tiempo en la velocidad y la reivindiqué hasta volverme casi un activista de la velocidad periodística; porque he sido de los que he reivindicado que la crónica no debe ser solamente un texto producido y escrito en tres o cuatro meses para ser luego leído en los momentos de parsimonia, sino que he estado interesado en dar la pelea porque la película latinoamericana esté preciosamente escrita en la urgencia más urgente.

En ese punto de la rapidez con la que estamos, del papel que están jugando las redes sociales, de buscar lo más atractivo para que sea leído, ¿considerás que la calidad periodística va quedando a un lado?

Yo no soy absolutamente pesimista y tengo muchísima admiración por algunas experiencias de América Latina, por muchos medios, medios nativos digitales... En el último estudio de la Fundación Gabo, hecho para la UNESCO, y se llama El Hormiguero Digital, detectaron algo así como 1,500 y tantos medios digitales nativos en América Latina, más de 350 contestaron en una encuesta. Uno de los puntos claves es cuál es el financiamiento.  El 22 % solamente proviene de publicidad y el 48 % o 49 % del bolsillo de los propios periodistas. Hemos llegado a un momento en que el periodismo se autofinancia, como si fuésemos artistas sin mecenas, cuando lo que estamos haciendo es un servicio a la sociedad que es fundamental para el sostenimiento y fortalecimiento y la salvación de nuestras débiles democracias. Esta situación nos lleva a pensar en la necesidad de reformas profundas, institucionales, políticas, sobre todo de los gobiernos progresistas de la región o aquellos que se dicen progresistas para que comprendan que no deben invertir en viejos modelos de medios dirigidos por empresarios afines que repiten como loros los discursos oficiales, sino que deben crear leyes que posibiliten el financiamiento sin intervención de los contenidos de los medios independientes.

Es un punto fundamental, pero por otro lado, estos mismos medios son de un nivel de innovación y de creatividad que sorprende, que gana premios y que le da el verdadero sentido de la existencia del periodismo latinoamericano. Son esos medios los que corren, corremos la vara, porque formo parte de ese universo con Anfibia, con Cosecha Roja y con Cronos, nuestro laboratorio de medios. Corremos permanentemente la vara de lo posible y pensamos un periodismo del futuro que reivindica la condición misma de futuridad, es decir la posibilidad de que nosotros seamos los que mapeamos las tramas para crear la posibilidad del sueño, para abrir sobre todo, a las generaciones nuevas y a las que vendrán, el poder de la imaginación de un futuro mejor.

Nos han raptado, nos han secuestrado la idea del futuro. La palabra futuro ha dejado de tener un sentido positivo y hemos entrado en la época de las distopías y todo lo que imaginamos es un mundo peor, por eso la resistencia no es solamente la de los 70, que era este enarbolar proyectos políticos de transformación, sino la de primero recuperar la posibilidad de pensarnos como un mundo mejor.

¿Y qué sigue ahora? ¿Periodismo? ¿Literatura? ¿Los dos?

Estoy embarcado en un proceso alucinante previo a la escritura de la novela y por eso la pude terminar, que es poder despegarme de la dirección ejecutiva cotidiana de los productos periodísticos que he creado y que sigo reinventando. Mi rol es el del reinventor, el que genera la energía para que todo un equipo de talentos pongan en acción sus capacidades creativas y de gestión en pos del descubrimiento de nuevas fronteras. Eso me permite pensarme como un narrador que no va a dejar de escribir. Me tomaré un año sin la necesidad de que sea tan tajante mi abandono absoluto y encerrarme en una cabaña como en el cliché del escritor retirado. Me imagino una idea mucho más armónica, de una convivencia entre este señor que piensa y crea medios y contenidos, que plantea escenarios futuros de intersección multidisciplinar entre el periodismo y otras disciplinas, y este otro señor enamorado de sus plantas y con la inquietud permanente de volver a la escritura, de permanecer en la escritura de ficción.

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