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HAY QUE AVANZAR CON LOS OJOS CERRADOS PARA IR DESCUBRIENDO EN La RUTA ESOS CAMINOS EN LOS QUE BRILLA MÁS EL SOL

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David Escobar Galindo - Historias sin Cuento

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Y DE PRONTO LOS SUEÑOS AMANECEN

Hay un momento en la vida en que las señales de la supervivencia se vuelven evasivas al máximo, y ese momento para él parecía estar haciéndose valer con intensidad creciente. Nunca había sido dado a hacer análisis sobre sus signos vitales, pero sin previo aviso le afloraba el ansia de conocerse a sí mismo, y eso se le marcaba en cada movimiento cotidiano, con una puntualidad que no parecía propia de su naturaleza existencial. No era extraño, entonces, que, dadas tales novedades del comportamiento interno, toda su voluntad de vida estuviera moviéndose sobre una cuerda floja.

Y eso se le hizo aún más evidente cuando conoció a Noemí, que recién volvía de cursar estudios en el Norte. Él, por efecto de la crisis pandémica había tenido que dedicarse a realizar entregas de comida a domicilio, y un día de tantos llegó a dejar un pedido a la casa de ella, que salió a recibirlo. Se vieron y ya. Desde ese momento cambiaron las vidas de ambos. Y tuvieron la suerte de que los padres de Noemí aceptaron aquel vínculo como algo natural.

--¿Dónde querés que vivamos? –le preguntó él, casi haciéndole una reverencia.

--Donde tú quieras. Lo importante es estar juntos.

--Entonces en una casita en la que yo nací, allá junto al río.

--¿Cuál río?

--Lo único que sé es que por su orilla anduve descalzo desde que tengo uso de razón. Más bien es una quebrada perdida en la memoria. ¿Te animás?

TERTULIA CON DESCONOCIDOS

Aquella invitación lo tomó por sorpresa, y eso que él era comunicativo y amiguero por tendencia natural. Una tarjeta con un texto manuscrito: "Te esperamos este sábado sin falta, a las 8 p. m., frente a la Iglesia del Carmen, a la vuelta de tu casa, para que de ahí nos vayamos al sitio de encuentro". Y ninguna firma. Releyó el texto varias veces, sin que ninguna señal lo orientara.

Y luego salió de su casa, como todas las tardes de sábado, a encontrarse con algún compañero de Universidad con el propósito de siempre: comentar algún detalle de las clases de la semana.

Esta vez, sin embargo, la plática pareció estancada en sí misma, y muy pronto se disolvió el encuentro. Ya de vuelta en su casa, empezó a sentirse indispuesto, como si algo le hubiera caído mal. No era común en él ese tipo de trastornos, y por eso no le dio importancia. Se quedó ahí, revisando papeles, más que por interés para no perder el tiempo.

Llegó la noche, más clara que de costumbre, y él empezó a alistarse para la cita a la que se le había convocado, y que de pronto le provocaba interés y hasta ilusión. Unos pocos minutos antes de que dieran las 8 estaba listo para caminar unos cuantos pasos hacia la iglesia del Carmen. Pero de repente el malestar gástrico se le hizo más patente, y tuvo que ir a recostarse para ver si se le aliviaba. Al poner la cabeza sobre la almohada, el sopor lo invadió. ¿Dónde estaba? A su alrededor un conjunto de desconocidos le daban la bienvenida.

Todo malestar había desaparecido. ¿Para que regresar?

POR RAZONES DE TRABAJO

--¿Por qué te tardaste tanto?

--Por razones de trabajo.

Ese era el diálogo de siempre, que se quedaba siempre ahí, porque jamás había explicación sobre el trabajo aludido. Y eso mostraba, en primer término, que entre ellos no existía comunicación verdadera, aunque tampoco surgían roces o desconfianzas, y desde un comienzo había sido así; un comienzo que se remontaba a varios años, que iban en camino de ser muchos.

En aquel momento, sin embargo, las cosas en la casa familiar parecían haber comenzado a entrar en una fase inesperada y sin precedentes. Los hijos se alistaban a alzar vuelo hacia universidades extranjeras, y eso, para empezar, era el primer brote de una atmósfera de expectativas nuevas.

--¿Por qué te tardaste tanto?

--Por razones de trabajo.

Ahora, algo circuló de inmediato entre ellos. Se miraron a los ojos, y los gestos sombríos no tardaron en surgir. Era como si al fin se destaparan las olas.

--Ya sé que tenés otra familia. Con ellos estás por las tardes, ¿verdad?

--Pues sí, en lo que vos te enfrascás en tu mundo virtual… Esto ya no funciona.

AYER, EN EL 118 RUE DU CHATEAU

Al decirlo así, parecen tiempos idos hacia la penumbra de lo insonsable; pero para él, que entonces era un adolescente y hoy se hallaba en los umbrales del tramo final de la vida, ese ayer mostraba coloraciones que iban desde el rosado tenue hasta el azul intenso, pasando por amarillos, verdes y violetas de matices muy propios, y muy vivos ahora mismo. Entonces se asomó al balcón. La calle se encontraba ahí mismo, como siempre.

--¿Quién es usted, señor? –le preguntó una voz de origen no revelado, que lo hacía con toda calma.

No respondió, pero siguió viendo a través del cristal del balcón. La voz insistió:

--Le pregunto porque creo que lo conozco, y necesito que me lo confirme, por favor… ¿Sabe quién era aquel adolescente que estuvo aquí, en el invierno de aquel año 1957?

--¿Para qué me lo pregunta si usted ya lo sabe?

--Es que quiero confirmarlo para que la atmósfera invernal de Boulogne- Billancourt vuelva a llenarse de vibraciones identificables en el ayer, en el hoy y en el mañana, con París a las puertas…

En el entorno, las últimas hojas otoñales comenzaron a volar y el leve frío del momento transicional se hizo sentir en todos los ventanales. Desde el segundo piso del 118 todo aquello parecía un simple juego de luces sin tiempo.

COMPAÑEROS DE VIAJE

¿Cuánto tiempo hacía que había dejado atrás aquel que era su lugar de origen?

Era la pregunta que cada vez con más frecuencia se le venía a la mente cuando se quedaba solo en algún momento. Estaba hoy en una etapa crítica porque su unión matrimonial se hallaba en vías de deterioro y porque su labor profesional también parecía estar haciendo aguas. La nostalgia, pues, tenía muchas razones prosperar en su ánimo, y eso era lo que más le iba dominando la voluntad.

Nunca antes se había fijado en los vaivenes del clima, pero en estos días el cambio climático como que se ponía constantemente de acuerdo con su propio cambio anímico. Así las cosas, la salud comenzó a tambaleársele.

--Esto es el colmo –pensó, tomándose la frente con las manos--: sólo falta que me dé Covid para completar el ciclo de las desgracias.

Y tal reflexión pareció ser inmediatamente premonitoria, porque se fue a hacer el examen y resultó contagiado asintomático. Eso le impulsó a confinarse, ¿y qué mejor lugar que aquella casita en el campo, en la que él nació y que desde que murieron sus padres estaba abandonada. Hacia ahí tomó camino sin más.

El invierno estaba por concluir, y el verano preparaba ya sus atuendos de trabajo. Cuando él llegó a destino, el invierno salió a despedirse con una lluvia cariñosa y el verano lo observó sonriente desde una ventana abierta…

EN LA AVENTURA DEL PRIMER EMPLEO

Un día recibió su título de Licenciado en Servicios Especializados y el día siguiente fue el primero de su anhelosa búsqueda de ubicación profesional en la especialidad estudiada. En verdad no necesitaba el sueldo, porque su familia era muy pudiente de toda la vida; pero él lo hacía por un impulso interior que siempre estuvo ahí desde que inició el kindergarten.

Llevando a la mano su paquete de referencias y de comprobaciones, tocó el timbre del portón de entrada. Se trataba, a todas luces, de una construcción de estilo clásico, y eso lo animó. Ojalá que prendiera la mecha. Le abrió un hombre mayor, con pinta de mayordomo de los de antes.

Ya adentro, lo condujo por varios pasillos alfombrados hacia un espacio muy interior. Ahí, acomodado en un sillón solemne, estaba el señor de la casa.

--¿Don Arquímedes, verdad? –dijo él, extendiéndole la mano, que se quedó en el aire.

--Vengo porque supe que usted necesita un asistente muy personal para cumplir con su próximo destino. Yo estoy dispuesto. Aquí están mis credenciales. Sólo dígame de que se trata.

Tampoco hubo ninguna reacción. ¿Cómo iba a haberla si Don Arquímedes sólo había dejado su cuerpo ahí, y estaba de pie en la puerta, dispuesto a partir.

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