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Impostora

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Doris Rosales - Periodista

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Iba a segundo grado, había faltado una semana a clases porque estuve enferma de ya no recuerdo qué, cuando mi maestra, la seño María Luisa, me miró durante el recreo y luego le dijo a otra profesora: "No sé cómo es que esta niña sale bien en las notas si nunca viene a clases". Yo tampoco entendía. Es más, ni siquiera me había dado cuenta de que iba muy bien en las notas aunque me enfermaba mucho y faltaba con frecuencia a la escuela. Eran tiempos amables, al menos en ese sentido, lo de ser buena en clases se me daba bien sin enterarme, sin sentir sobre mí ninguna presión y, mejor todavía, ninguna expectativa.

Los años escolares que siguieron fueron muy parecidos: siempre en los primeros lugares. Siempre medallita en las clausuras y una mami orgullosa. Pero ya estaban ahí las presiones. Culpo, sin que ella sea culpable, a aquella maestra que me vio durante el recreo con su grandes ojos cafés enmarcados por los colochos pegaditos al cuero cabelludo, porque ahí surgió la primera expectativa de la que fui consciente: me iba a seguir enfermando y, entonces, faltando a clases y, entonces, tenía que seguir sacando buenas notas porque la maestra pensaba que yo era brillante. Y, claro, no la podía decepcionar. Ni a mi mami, porque mi ego de niña de ocho años no me dejó no salir corriendo a contarle que era tan lista que no tenía que ir a clases para sacar buenas notas.

Entonces, todavía faltaban varios años para que la sensación de eterna lucha y eterna derrota se instalara.

Me hizo sentir que lo que lograba se debía a ratos de suerte y no a mi disciplina o capacidad. Que eso de lo que me sentía orgullosa en realidad no era mío, porque yo no era tan buena. Hizo que las expectativas de los demás se hicieran más pesadas, insoportables. ¿Por qué esperan cosas de mí que no soy buena?, pensaba la yo de 15 años que no sabía cómo lidiar con eso. Que no tenía dinero para correr al consultorio de una psicóloga a contarle que la vida me ahogaba porque, con frecuencia, me sentía fracasada. Que ni siquiera había escuchado hablar nunca de la salud mental — ¿deficiencia del sistema de educación público?—. Así que cuando me sentí una impostora, no hice más que interiorizarlo y esforzarme, a veces a niveles insanos, para no decepcionar a nadie. Ni a mí.

Era el síndrome del impostor. De hecho, es bastante común. Desgastante. Asfixiante. Agotador. No da tregua porque hace que una concentre sus energías en pensarse un fraude y, a la vez, en hacer mil cosas para demostrar (se) que no es así. Acaba con la niña de ocho años, todopoderosa, que se cree que puede lograr lo que ella quiera porque es muy lista. La hace sentir que sus logros no han sido más que golpes de suerte, ratos milagrosos. Y que nunca, a no ser que un poder superior la ayude, va a estar a la altura de lo que se le pide o, peor, de lo que ella sueña.

Ahora es más sencillo entender. Y un poco menos complicado, para mí, ir a terapia. Hacer las paces con las heridas del pasado, sin embargo, duele. Reparar implica regresar y verse vulnerable —y puede que también sola—. Verse llorar en el cuarto sin contarle a nadie porque eso, sentirse débil, tampoco es digno de admirar, rompe. Pero muchas cosas cambian cuando una va —como se hace ahora— a buscar a su yo de 15 años para abrazarla y contarle que, en realidad, no era suerte. Que sí es buena y también muy lista.

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