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LAS TAREAS OCULTAS DEL TIEMPO QUE PASA

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LAS TAREAS OCULTAS DEL TIEMPO QUE PASA

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AQUEL ATARDECER QUE SE REPITE

El cielo diurno estaba curiosamente encapotado, a pesar de que abril apenas había emprendido el tránsito entre el verano y el invierno. La tertulia acostumbrada aún iba iniciándose, y ahora con muy pocos concurrentes. El anfitrión preparaba los últimos detalles, porque justamente era detallista y siempre estaba obsesionado por generar algún tipo de sorpresa entre los que acudían a su casa.

--¿Qué tenés de nuevo, Adrián? --le preguntó el que nunca se quedaba callado.

--De nuevo tengo lo de siempre: una reunión sin novedades, porque la rutina es lo más gratificante que existe…

Todos se rieron, tomando la copa de vino que estaba ya servida sobre el azafate que se hallaba en la mesa próxima, aguardando el coro acostumbrado:

--¡Salú, Lulú!

El anfitrión, entonces, se dirigió a los presentes, con la copa ya vacía en la mano:

--Amigos, esta tarde vamos a hacerles homenaje a las palabras inútiles. ¿De acuerdo?

Todos alzaron sus copas vacías en señal de animada aceptación.

--Bueno, pues entonces que alguien comience.

Y fue como si otra vez estuvieran en la misma tertulia, estimulados por la complicidad de la costumbre. Y así volvieron a brindar.

LA LANCHA ESTÁ DISPUESTA

Esa mañana, mientras el sol se despojaba de sus pesados atuendos nocturnos, que lo invisibilizaban por completo, el mar inquieto llegaba al borde de la arena a reconocer sus espacios favoritos, ya que la inspiración terrestre siempre le había sido irresistible.

Al estar ahí, la ola se detuvo, expectante. Muy cerca, la embarcación conocida desde siempre se encontraba evidentemente en actitud de muy próximo despegue. Los tripulantes iban arribando al sitio con todos sus aperos e ingresaban al interior por una escalera puesta al efecto.

Entretanto, el mar parecía irse tranquilizando, como si el hecho de la próxima salida de aquella navecilla que estaba a todas luces en vías de concluir su destino natural despertara en las aguas en movimiento un sentimiento casi fraternal.

Poco después, todo estaba listo para zarpar. Y unos pocos minutos más tarde, la pequeña embarcación empezó a moverse en anuncio de despedida. De inmediato se fue desprendiendo de la orilla, y así empezó la travesía cotidiana.

No tardó en ya no ser identificable desde la orilla. La ruta hacia la isla más cercana, que era su único destino de siempre, parecía solitaria por completo. Y aquella tarde, cuando la lancha no volvió, algún imaginativo de seguro llegó a pensar que ese día la pequeña nave por fin había alzado vuelo.

HAY QUE DESINFECTARSE SIEMPRE

La pandemia global del coronavirus había estado demostrando muchas cosas atinentes a todos, con leves toques de diferenciación respecto de las tradicionalmente acostumbradas. Algunas de ellas tenían que ver con los hábitos cotidianos, como por ejemplo lavarse las manos con estricta frecuencia y evitar el roce de objetos o superficies que pudieran estar contaminados.

--Entonces, ¿quiere decir que ya no puedo besarte como teníamos acostumbrado?

--Bueno, si apagas la luz, las cosas cambian –respondió ella con el ánimo bromista que la caracterizaba desde que se conocieron en las aulas del colegio bilingüe.

--Hablo en serio, Roxana –acotó él, alejándose un paso.

--Perdón –reaccionó ella, acercándosele con su impulsividad propia, abrazándolo estrechamente y estampándole un beso repentino en la boca entreabierta.

--¡Roxana, por Dios! –exclamó él, sin poder evitar relamerse los labios húmedos.

--¡Ah, verdad! Por un par de segundos se te olvidó la prejuiciosa pandemia. ¿Pero no te has dado cuenta de que nadie sabe nada al respecto, y por eso todos están hablando de cosas triviales…? Bueno, pero desinfectarse siempre por lo menos es un consuelo. Celebrémoslo, viejo gruñón…

Y él, rendido y anhelante, repitió el beso, y esta vez con una efusividad que saltaba todas las barreras.

EN LA TRASTIENDA DEL ESPEJO

Los recursos imaginativos de la comunicación virtual ya se ve que tienen cada vez menos límites. Todos estamos a merced de tales recursos, e infinidad de veces ni siquiera nos damos cuenta de ello. En verdad, el vivir del presente es un salón de autoespejos, por el que vamos deambulando a diario, sin que haya escapatoria hacia ninguna parte. Él lo empezó a sentir como una erupción cutánea dentro de la mente.

--Sólo te queda un recurso disponible –le expresó aquella voz que había sido su compañera íntima desde que tenía conciencia de interioridad.

--Ajá, pues dime tú cuál es, ya que me conocés como nadie…

--Pues no sé si te conozco, pero al menos te observo, y eso me da pistas.

Él se quedó en silencio, como si quisiera empezar a oír. La voz carraspeó antes de articular palabra. Y entonces él giró la mirada a su alrededor, hasta que creyó tener un rayo orientador. Ahí enfrente se hallaba el espejo familiar, que venía de muchas generaciones. Se acercó a él, hasta casi tocarlo. Y en ese instante sonó algo del otro lado del espejo.

--¿Qué me querés decir, pues? ¡Soltá prenda de una vez!

--¡Jajá! Que tienes que entender y aceptar que soy una grabación, y que te tengo detectado desde siempre…

EL SAGRADO ENCUENTRO

Aquel domingo el amplio portón de la iglesia dedicada a la Divina Trinidad permanecía apenas entreabierto, pese a que la misa principal estaba ya casi a tiempo de dar inicio. Él, que era un ermitaño por vocación, salió de su pequeño cubículo que estaba ubicado en aquel edificio de apartamentos de los primeros de la zona, y se dirigió a la iglesia con su paso de siempre. Al llegar y hallarse con el portón a medio abrir tuvo la tentación irresistible. Empujó la alta hoja de madera antigua y penetró sin más.

Ya adentro, se dio cuenta de que la amplia nave se encontraba llena de asistentes al rito ceremonial. Se acomodó en la última fila de asientos, y aguardó el inicio. Pasaron los minutos y nadie se movía ni había presencias en la zona del altar mayor. La imagen del Cristo joven que estaba en el centro parecía a punto de impacientarse.

Él cerró los ojos, hincado como estaba, y el silencio se le fue volviendo una burbuja de gracia. Desde el primer instante se sentía envuelto por un aura renovadora. Volvió la mirada hacia atrás, y pudo percibir que el portón principal ya estaba cerrado del todo.

Una voz sin origen perceptible le susurró al oído:

--Por fin estamos solos y en confianza tu misterio y el mío. Lo humano y lo divino necesitan siempre conocerse más a fondo… ¡Comencemos ahora mismo!

PRIMER DÍA DESPUÉS

Los alrededores arbolados se iban reanimando y el jardín que bordeaba la parte posterior de la vivienda comenzaba a mostrar rebrotes reveladores. Aquella mañana los rayos solares irrumpieron en la estancia con una intensidad fuera de lo común, lo cual indicaba que ese año la nueva estación sería especialmente animosa. Ella se incorporó del lecho entre las sábanas revueltas y fue a asomarse a la ventana, luego de descorrer del todo la gruesa cortina.

En ese justo instante la brisa aterciopelada se hizo sentir con impulsos anhelosos y los ruidos de la calle se hicieron presentes, como si acabaran de ser invocados por la hora. Entonces ella se animó a salir al balcón. El tráfico se empezaba a poner nutrido. Entró de regreso a ver el reloj de pared. ¡Claro, eran ya casi las siete de la mañana!

Por impulso inveterado volvió a meterse entre las sábanas, arreglando las almohadas para acomodar la espalda, y prendió el televisor que estaba enfrente.

Sonó entonces el celular que se hallaba sobre la mesa de noche. Lo dejó sonar.

--No me llames por favor. Anoche nos lo dijimos todo. Hoy es el día siguiente. La vida continúa. Voy a arreglarme para salir a la calle como una mujer libre. Hasta nunca, compañero de ayer.

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