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LOS SERES HUMANOS SOMOS HERMANOS GEMELOS DEL CLIMA, EN SU NORMALIDAD Y EN SU INDISCIPLINA

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LOS SERES HUMANOS SOMOS HERMANOS GEMELOS DEL CLIMA, EN SU NORMALIDAD Y EN SU INDISCIPLINA

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AL BORDE DEL RIACHUELO MANSO

Ahí vivían, sí, y lo habían hecho desde que el agua era una corriente que se desbordaba al menor impulso y desde que el borde rocoso parecía una cascada inmóvil. Ahora, todas las cosas alrededor estaban cambiando, tanto las físicas como las emocionales, y ellos lo sentían en carne propia. Y, además, con ellos estaban sus nietos, porque los padres perecieron en un catastrófico accidente de tránsito a consecuencia del descuido de un conductor de rastra.

Los jóvenes, que eran tres con sólo un año de diferencia entre uno y otro, ni se fijaban en la quebradita que fluía a la par, a la que muy de vez en cuando acudían a humedecerse los pies en las épocas más calientes, como esa en la que hoy se hallaban. Pero el famoso "cambio climático" asomaba de pronto, anunciando una de las suyas.

Era tiempo vacacional, y en el curso del día soleado los jóvenes se acercaron en varios momentos al leve flujo de agua fresca que bajaba del cerro vecino. Pero ya al iniciarse la tarde el cielo se empezó a nublar hasta quedar completamente cerrado, y sólo unos instantes después comenzó la lluvia.

Cuando las ráfagas arreciaron, los abuelos y los nietos se reunieron en la estrecha terraza cubierta que daba hacia afuera. El azote mostraba visos de huracán, algo que nunca había pasado en esa zona. Y de pronto el agua colérica lo envolvió todo. La quebradita se convirtió en una avalancha.

Al día siguiente salió el sol como si nada. Ahí, hasta los escombros habían desaparecido.

DON FERMÍN ARMA SU FESTEJO

Todo el vecindario sabía que don Fermín, que ya estaba ahí cuando empezaron a llegar los otros pobladores, era un hombre muy mayor, pero nadie sabía con exactitud su edad. Él vivía solo desde siempre, sin familia, sólo con su gata que se llamaba Elisa, y a la que él le decía Eli. Como las casas habían ido siendo construidas una junto a la otra, Eli recorría los tejados por las noches, tal si fuera un velador nocturno de impecable puntualidad de salto en salto.

Según ocurre en los vecindarios de la índole del aludido, en un cierto momento se empezó a correr la bola de que don Fermín estaba por cumplir años, y que esta vez llegaría a los 100. Y como él no se relacionaba con nadie, aunque se llevaba bien con todos, no había cómo comprobarlo con exactitud.

En el día indicado, Eli dio la señal inconfundible: comenzó a maullar a todo volumen desde el tejado cuando apenas estaba amaneciendo.

Uno de los vecinos se acercó a la puerta cerrada de don Fermín con un plato en la mano. Antes de que llamara, don Fermín abrió:

--Gracias, vecino. Sí, hoy es mi cumple. ¿Y sabe qué? Ya perdí la cuenta.

--Felicidades, don Fermín. ¿No serán los 100 como se rumora por ahí?

--¡Jajajá, no se equivoque, vecino: 100 no es nada, son muchos más, y por eso voy a tener hoy la fiesta con mis antepasados! Sólo estaremos ellos, Eli y yo…

Y Eli, entonces, volvió a maullar con más volumen, como si quisiera que nadie se quedara sin saber lo que estaba por pasar.

EL QUE LLEGÓ DESPUÉS

Tuvieron muchos hijos, al modo tradicional; y aunque su estilo de vida era muy austero, lo que tenían disponible apenas les alcanzaba para irla pasando. Los ocho hijos estaban ahí, esperando la comida en cada tiempo, y casi siempre se quedaban con hambre. Una noche, acostados en su reducido catre, empezaron a tratar el tema, como si fuera nuevo:

--Quizás tendríamos que buscar otras ocupaciones, ¿no te parece? –dijo ella.

--¿Cómo qué? –respondió él, con los ojos entrecerrados.

--Pues a mí se me ocurre hacerme cuidadora de niños.

--Y yo podría ser empleado del tren de aseo…

Dos minutos después ya estaban totalmente privados. Y los sueños fueron

paralelos y contrastantes: él se vio paseando pequeños y ella recogiendo

desechos. Y entonces sin proponérselo cayeron en cuenta dentro del mismo

reposo durmiente de que la vida es un fluido constante que hay que aprender a

manejar sin querer cortarle las alas en ningún sentido.

No hablaron más del asunto, pero tales ideas siguieron revoloteando en las

interioridades de sus conciencias.

Y todo aquello en muy poco tiempo revelaría su profunda inspiración: esperaban

otro hijo, como si todas las salvaguardas se hubieran evaporado.

Sonrieron, esperanzados. Era la normalidad emocional haciéndose sentir con

rostro y cuerpo anunciados. ¡Enhorabuena!

Y FUE EN AQUELLAS CALLES

Sus padres eran vendedores ambulantes, y él se resistió desde el inicio a la disciplina educativa. Los padres quisieron inscribirlo en un colegio religioso de nivel popular, porque ellos eran muy creyentes, pero él se resistió sin vuelta atrás. Así, casi desde niño anduvo circulando por las calles, a la pesca de algo que le ayudara a sobrevivir. Y al estilo de esta época, pronto se relacionó con las células pandilleriles. Pero algo le decía por dentro que eso no era lo suyo, y menos cuando los jefes trataron de hacerle encargos que atentaban contra la seguridad de transeúntes o vecinos. Se escapó como pudo, y se fue a vivir a un barrio que se mantenía inexplicablemente libre de todo aquello.

Como no tenía donde albergarse, se quedó en un cobertizo en plena calle, que era muy transitada y estaba muy cerca de un supermercado. Ahí les ayudaba a las personas muy mayores a llevar su carga y eso le producía algunas monedas como propina. Por las noches se quedaba en el mismo lugar, lloviera, tronara o relampaguera. Y en algún momento empezó a producirse el cambio dramático:

--Muchacho, ya hace tiempo que te conozco. Me llevás la compra, sonriente. Y te voy a preguntar algo: yo vivo sola, sin familia, ¿te gustaría venirte conmigo a ayudarme en la casa? Ahí podrías vivir, y yo te pagaría un sueldito…

Así lo hizo. Estuvo con aquella señora por un tiempo, porque ella pronto enfermó y murió. Y entonces él descubrió que era el heredero de los pocos bienes de su benefactora, en especial la casita donde moraban. ¡Misterios de la vida!

EL TREN RESUCITADO

Desde sus más remotos tiempos de infancia, la mayoría de sus trayectos hacia los entornos de la ciudad donde tenía su centro de vida los hacía en el tren, que era por aquellos entonces el medio de transporte más utilizado por la gente común. Pero un día de tantos, sin embargo, un anuncio cambiaría las cosas de golpe: el tren dejaría de funcionar porque la concesión que le permitía hacerlo terminaría sin remedio. Como siempre, los intereses por encima de las necesidades. Se pararon las máquinas y los rieles se quedaron inútiles.

Él tuvo que resignarse a los autobuses hasta que le llegó el momento de tener carrito propio, ya cuando empezaba a ser adulto; pero la nostalgia del ferrocarril nunca dejó de estar presente en su conciencia. Cada vez que tenía que cruzar una línea férrea abandonada pensaba: "Alguna vez nos encontraremos de nuevo, máquinas queridas y añoradas. Espero estar aún aquí para verlo y gozarlo".

Pero los años fueron pasando y nada, hasta que surgió inesperadamente la noticia de que un tren que recorrería nuestra costa del Pacífico estaba en los planes inmediatos de la gestión gubernamental. Él lo leyó una mañana muy temprano, y se asomó a la ventana entreabierta para gritar: "¡Aleluya!"

Los pajaritos de siempre cantaron al unísono en las ramas del árbol vecino. Él salió a repartirles el alpiste mañanero, y el bullicio armonioso se generalizó. Los rayos solares se unieron, haciendo una orquesta plena.

--¡Apresurate, mañana esplendente, porque si no te va a dejar el tren que ya está por asomar!

CUANDO SE FUE LA GUERRA

Vino en el momento menos pensado y así escapó, cuando casi nadie pensaba que lo haría tan pronto. La pregunta que la acompañaba desde el principio se mantenía flotando en el ambiente: "¿De dónde salió esto que hemos dado en llamar guerra, y hacia dónde se dirigirá hoy que ya se formalizó su documento de extinción?"; y lo único cierto era que las cosas en el ambiente ya no serían en ningún caso como fueron en los tiempos anteriores más distantes.

Aquel señor de edad bien avanzada pero en plena lucidez respondió así cuando le preguntaron al respecto:

--Uy, usted me está hablando de la prehistoria, y yo, que vengo de aquellos entonces, sólo le puedo responder con una frase oída en alguna película en blanco y negro: "La paz es una aurora y la guerra es un crepúsculo, y las dos se alimentan del mismo aire"…

Los jóvenes que le rodeaban, porque él tenía mucho pegue entre ellos, aplaudieron al estilo millennial, diciéndole confianzudamente:

--¡Déjese de envoltorios, joven poeta, que esa frase es suya!

Y no acababan de decirlo cuando empezaron a sonar balazos en los entornos.

--¡Oigan, oigan, oigan, la guerra nos responde! A ustedes y a mí. Ella no se ha ido ni se irá; sólo cambia de vestimenta, igual que la paz. Igual que nosotros en el curso del tiempo. ¡Es la vida!

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