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La increíble historia de la orquesta que tocó en el Titanic mientras la nave se hundía

En tiempos de Coronavirus, los tomamos como un símbolo de cómo la música nos devuelve la esperanza en medio de la adversidad

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En "Titanic" (1998) el director James Cameron no olvidó incluir a los músicos que conservaron el temple durante el hundimiento.

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Lo llamaron “Insumergible”, antes de salir en su primer y única travesía del puerto de Southampton, Inglaterra, el miércoles 10 de abril de 1912. Cuatro días después, el Titanic se hundió en las aguas del Atlántico, rumbo a Nueva York, tras colisionar con un iceberg a las 11:40 pm del domingo 14. Muchos pasajeros, dormidos en su camarote, ni siquiera sintieron el impacto. Esa noche no hubo baile y la orquesta había terminado su jornada. Sin embargo, fueron los músicos los primeros miembros de la tripulación en actuar frente al desastre.

Los músicos del Titanic, como publicó el diario Illustrated London News el 27 de abril de 1912. De arriba a abajo y de izquierda a derecha: violinistas Fred Clarke y P.C. Taylor. En el centro, G. Krins, Wallace H. Hartley y Theodore Brailey. Abajo, Jock Hume y J.W. Woodward (chelista). Roger Bricoux (chelista), no está registrado.

En su libro “El Titanic: La extraordinaria historia del barco a prueba de naufragios” (1997), el periodista británico Geoff Tibballs señala que poco después de medianoche, Wallace Hartley, violinista de Lancashire de 33 años, se ubicó en la entrada de primera clase con los siete músicos de su banda para calmar a los pasajeros. Más tarde, cuando los pasajeros empezaron a abandonar el barco, se ubicaron en la popa de la cubierta de botes. A la 1.15 a.m. el Titanic dio un vaivén que inclinó aún más la cubierta, sin embargo, la banda siguió tocando, dignamente, sus marchas, valses de Strauss y el pegadizo ragtime, el ritmo de moda por entonces. La música ayudaba también a silenciar los alaridos.

Una hora después, cerca de las 2:10 a.m., Hartley decide finalizar el concierto, pero su banda no pestañea. Siguen en su puesto. Tibballs especula con aquel último repertorio, pudiendo ser los himnos cristianos “Autumn” (otoño) o “Nearer, My God, to Thee” (Cerca de ti, Señor). En cualquier caso, para el autor debió ser una melodía que los músicos conocieran bien, pues la ejecutaron en total oscuridad, con el barco totalmente inclinado antes de irse a pique.

La fama de la Wallace Hartley Band se la debemos a Mary Hilda Slater, pasajera sobreviviente del Titanic, quien contó la historia al Worcester Evening Gazette de Massachusetts solo un día después de pisar tierra, el viernes 19 de abril. Más tarde, otros supervivientes confirmarían aquél concierto épico. Ningún músico sobrevivió. Sus representantes, la Black Talent Agency de Liverpool, escribirían luego a los familiares una carta, no para ofrecer el pésame, sino para cobrar los 5 chelines por concepto de gastos por la pérdida del uniforme.

EL ÚLTIMO CONCIERTO

 

Muchos son hoy los artistas que se han inspirado en aquel acto de valentía en medio del caos en cubierta para ofrecer sus mejores interpretaciones a pesar de la crisis. Sin embargo, como señala la escritora Giovanna Pollarolo, la inquietante metáfora puede entenderse de varias maneras. “Voy a mencionar tres: de un lado remite al trabajo bien hecho, al compromiso y a la responsabilidad en las antípodas del actuar despreciable de quienes abandonan su tarea y escapan. Pero de otro lado, también a la falta de reacción, a la resignación. Hay una tercera, que creo la mejor: el arte, en este caso la música, nos acompaña en los momentos más difíciles, nos transporta a un mundo perfecto ajeno al dolor y al miedo”, afirma.

Para el pianista y docente Fernando de Lucchi, desde relatos tan antiguos como el de David tocando su arpa para calmar la angustia del rey Saúl hasta los últimos estudios de psicología musical, evidencian que los poderes de la música son asombrosos para generar sentido de unión entre las personas. “Tocar o cantar frente a otros, implica un profundo amor y respeto por los compositores, las composiciones y los oyentes. Creo que los músicos del Titanic fueron conscientes de que podrían “morir en su ley”, pero, ¡qué mayor honor que dar lo mejor de sí para los demás, propiciando sentimientos de unión entre todos en un momento tan terrible a través de la armonía y belleza de la música!”, explica.

Por supuesto, nadie sabrá las causas por las cuales aquellos músicos se mantuvieron en su puesto. Quizá continuaron tocando para enfrentar el caos y la desesperación reinantes, o para sentir placer en medio de tanto dolor, reflexiona el escritor Marco García Falcón. “Pero, sobre todo, creo que continuaron su música para acompañar a los otros y acompañarse a sí mismos. Porque el arte alivia y nos conecta”, señala.

Por supuesto, también la leyenda puede interpretarse desde un ángulo pesimista. Como advierte el periodista Rafo León, la orquesta del Titanic da una forma bastante “kistch” de conservar la esperanza. “La peste negra que se llevó a un tercio de la Europa entre 1347 y 1353 creó un género de pintura en el que la muerte triunfante llega para llevarse a todos, del rey al paje, en un trance de atroz sordidez y horror. Sin embargo hay cuadros flamencos y alemanes de la época que muestran a gente ricamente vestida, bebiendo en copas de oro y danzando sobre altísimos zancos a una gran distancia de masas humanas devoradas por esqueletos, soportando efluvios pestíferos de diablos renegridos. El leitmotiv llamado veritas, pretende desde la pintura recordarnos qué cosa somos”, dice. Por su parte, aunque De Lucchi lamente que haya quienes asocien el acto heroico de la Wallace Hartley Band al acto de seguir cantando cuando el mundo se hunde, reconoce que la música también ha sido utilizada para evadir la realidad a través de la unión en el temor.

¿Sabes lo que ocurre si buscas Titanic en Google Maps? Conoce qué encuentras en el mapa. (Foto: Google Maps)

EL EJEMPLO URGENTE

El crítico y escritor José Carlos Yrigoyen prefiere citar al poeta chino Tu Fu, cuando dice “La mejor poesía es la de épocas de hambre”. “Esa frase podría aplicarse a esos músicos que no dejan de tocar ante el cataclismo inminente. En medio de la desesperación y el horror, surge la convicción de que el arte no solo se vuelve un consuelo frente a lo inevitable, sino que en esas circunstancias se hace incluso más excelso y poderoso”, afirma.

Como conclusión, para el guionista Eduardo Adrianzén queda claro que los músicos del Titanic son admirables. “Vencieron el miedo y murieron como leyenda”, afirma. Y, sin embargo, el confiesa ser incapaz de tal sacrificio. “Solo puedo ser creativo sacando lo mejor de mí, en la calma. Los que creo mis mejores trabajos, nacieron en épocas de entusiasmo. Sin duda la música es el arte más perfecto. Los envidio”, señala.

“Si fuese músico, quizá haría como ellos. Quizá vencería mi pánico a morir ahogado y tocaría hasta el fin. Cómo saberlo. La vida nos ha puesto frente a otra catástrofe”, añade.


 

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