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La provocación de Pedro Ipiña

El pintor salvadoreño se mueve donde va el arte y en la actualidad se encamina cada vez más hacia Honduras, donde ha encontrado una tremenda acogida y una vasta fuente de inspiración para seguir creando.

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"Buscate en Playboy o donde sea algunas figuras humanas, dibujalas y las traés, vos tenés algo diferente", le dijo un profesor al joven bachiller en artes Pedro Ipiña durante una clase de dibujo arquitectónico.

"Yo le agregué más desnudos y al profesor le pareció", revela. Entonces encontró un camino por el cual andar, pero siempre con más base empírica que profesional y una timidez que reñía con la necesidad de guiar una familia a temprana edad.

Para entonces, Ipiña no lograba un empleo en su área hasta que Carlos Cañas, quien pintaba el mural de la cúpula del Teatro Nacional, le dio una oportunidad. La experiencia fue enriquecedora y finalmente fue contratado por el Museo Nacional para realizar dibujo arqueológico.

Era 1980, y una de sus pinturas arqueológicas creada para el Día de la Madre, fue vista por Silvia Arce, quien había llegado desde España. Arce casi rogó a Ipiña para que se dedicara a la pintura y, tras más de 15 intentos fallidos por convencerlo, le advirtió por última vez que hiciera su portafolio y que si aceptaba, ella hablaría con María Silvia de Cohen para que los expusiera en la Galería 1-2-3. Fue así. Ipiña creó cuadros con acuarela, más de dos decenas, y todos fueron vendidos en tres meses. Tras ello, su futuro cambió.

"Eso fue primordial. En mi poca experiencia me dio la idea de que era algo que me gustaba y que podía hacerlo. Puedo decir (ahora) que sí vale la pena (el arte) y que es bueno probar, (porque con ello) no se pierde nada", complementa.

Por los próximos 35 años se vinieron exposiciones individuales y grupales dentro y fuera del país, cuyos frutos le permiten decir con solvencia que ahora solo vive del arte.

Un salto de calidad

En la actualidad sus años transcurren entre El Salvador y Honduras, país vecino donde su arte es muy apreciado y hasta ha alcanzado convenios de varios años con hoteles de prestigio para exposiciones permanentes.

Pero no solo es lo económico que le ha dado al cuscatleco la inspiración para seguir produciendo arte o, en alguna medida, que su nombre se escuche más en San Pedro Sula, que en su tierra natal.

El artista ha evolucionado en su trabajo. Sigue pintando todo el tiempo, es su vicio. Se la pasa reinventándose y encuentra hoy en la costa sampedrana fuentes vastas para ampliar su repertorio.

En piezas burdas, maderas sin valor aparente y hasta rocas moldeadas en el tiempo por la fuerza de la naturaleza, el artista es "provocado" y termina por crear algo valioso.

"Yo le digo a mi esposa: ‘Esto me provoca, tiene que agarrar vida’, lo llevo, lo trabajo, lo pinto y finalmente desemboca en algo artístico", cuenta.

Y es que para Ipiña, "el arte es envolvente y nos motiva a hacer otras cosas". Pone como ejemplo a Salvador Dalí, "que era un genio para hacer joyas y otras cosas que nos son desconocidas, pero es porque el arte genera conceptos amplios que nos empuja a hacer esto o aquello", refuerza.

Sin detenerse

A sus 59 años, el pintor salvadoreño asegura: "Hoy tengo más fuerzas que nunca" y agrega: "Mi ambición sana es que mi trabajo crezca y seguir mi contexto de ocupar el arte como una plataforma para que la gente busque un referente en él".

Lo dice revisando cuidadosamente lo que pasa a su alrededor, principalmente en lo que concierne a avances tecnológicos y señala que aunque "la perfección" venga a través de los obras digitales, jamás las creaciones humanas serán superadas.

"Podrán hacer lo más exótico, las cosas más perfectas, pero nunca van a superar el factor calor humano, jamás", indica.

"Pueden pasar cien mil años y la tecnología puede superarnos, ya lo hace, pero entre un trazo perfecto (de un robot) y un trazo humano siempre habrá una exagerada distancia", completa.

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