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Las semillas de Fernando Llort

En 1972, un joven hippie y ex seminarista llamado Fernando Llort arribó a La Palma. Llegó cantando. Luego se casó con una palmeña y con el arte. Poco tiempo después cambió la forma de vida de todo este pueblo chalateco. O al menos eso es lo que dicen algunos de los palmeños con los que desarrolló una artesanía distintiva. Ellos, los artesanos pioneros, tratan de explicar el cuadro de su historia, donde Fernando Llort, ahora de 62 años, es un antes y un después.
 
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Llort fue un artista reconocido por crear el estilo

Llort fue un artista reconocido por crear el estilo "Palmeño" en la década de los setenta, el cual se consolidó con el paso de los años como punto de referencia para la iconografía de El Salvador en el mercado internacional.

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Un gran mosquero al mediodía. Una polvazón levantada tras el paso esporádico de un camión hondureño. Una suma de chichipates, pinares y tejas. Así dicen que era La Palma en 1972.

Casi 40 años después, busco a Fernando Llort para que me cuente cómo encontró a este poblado chalateco. Pero él no está aquí para hablarme de cómo empezó un fenómeno de conversión artesanal que lo involucra a él y a varias generaciones de palmeños.

Desde hace más de 30 años, Llort radica en la capital. Allí donde recién cumplió 62 años. Y donde volvió a decir no a una entrevista. Ya llevo dos años en el intento. Por eso estoy en La Palma. Para conocerle desde los palmeños, los otros protagonistas. Al preguntar aquí, medio mundo conoce trozos de sus vida y obra. Sabe el que vende minutas. El de la ferretería. El dueño del hotel. La señora del correo. La pupusera. La sacristana...

—Él venía a La Palma desde su infancia. Su papá, Baltasar Llort, tenía una propiedad aquí.
—Lo llamamos Fernando porque, a pesar de ser de una familia adinerada, jamás le gustó el título de don o licenciado. Él siempre fue de “aquí todos somos iguales, llámenme Fernando”.

—Él quiso ser cura. Antes de venirse a vivir aquí, en 1972, estuvo en un seminario en Colombia y Francia. Allí estudió filosofía y psicología. Pero mejor se vino. Él se andaba buscando a sí mismo.
—Fernando era hippie. Él vino aquí con otros amigos hippies de pelo largo y collares de “peace and love”. Armaba unos desmadres buenos, cantaba en un grupo llamado “La banda del sol”.

En el centro de La Palma, alguien me dio el nombre de Carlos Rivera como uno de esos primeros discípulos de Llort. Y tras aporrear la puerta de su casa color rosa, él asoma. 

Carlos Rivera cabe en el estereotipo físico que se les endilga a los chalatecos. Es robusto y chele. Y dueño de unos enormes ojos amarillos. Parece hiperactivo. En segundos, me confiesa tener 52 años y me muestra una toalla Hilasal con “su propio diseño”, uno muy similar a las obras de Llort, pero que él insiste en que ya patentó en el CNR. En su acelerada conversación incluye que es primo-hermano de Estela Chacón, la humilde palmeña con la que Llort se casó el 28 de enero de 1972 y una invitación a visitar los vestigios del primer taller de Llort, que está “a un tiro de piedra”. 
A petición, Carlos Rivera me guía hasta una colina parchada de pinares y casas de buen ver. Y se detiene frente a un predio que parece abandonado.

—¡Aquí es El Espino! Este terrenote es de Llort. Aquí estuvo el primer taller La Semilla de Dios...
Lo dice mientras atraviesa un paso de horqueta. Y se cuela en ese enorme predio forrado de zacate y pinares. Todo luce verdoso a excepción de un montículo de adobes y los restos de un corredor de concreto. Carlos dice que son las ruinas de “la casa hippie”. Allí donde Llort y otros familiares de Estela Chacón, como él, empezaron a probar hacer artesanías en su ya mítico taller. Y donde a veces pernoctaban algunos de sus amigos hippies, de esos que pasaban quemando incienso, tocando guitarra o flauta, o tarareando música de Los Beatles o de Violeta Parra.

Yo era un cipote que no tenía nada qué hacer. Aquí vine atraído por la bulla que se tenían Llort, y sus amigos hippies que de repente cantaban o se echaban sus toques de hierba. Pero, Llort mejor me dio chance de aprender a dibujar. ¡Y entre todos aportábamos ideas! Por ejemplo, antes, Llort marcaba sus dibujos con reglas y un plumón grueso. Yo sugerí que mejor se usara un rapidograph, un bolígrafo más fino para detalles –recuerda su aporte con la mirada hincada en los viejos adobes. 
Carlos Rivera parece nostálgico. Sonríe mientras rememora que aquí, su jornada laboral era de 8 de la mañana a 5 de la tarde. Y que empezaba, y terminaba, con una oración a Dios. A Carlos hasta se le enrojecen los ojos, parece que va a llorar. Dice que casi se puede ver junto a otro grupo de palmeños elaborando artesanía, con música suave, clásica, y a Llort, a un lado, supervisando. 

—¡Hagan bien las cosas! Procuren que todo sea de calidad. Sientan que les gusta lo que están haciendo. No lo hagan solo por plata, sino con sentimiento.

Luego de ver los vestigios del taller, Carlos Rivera me conduce hasta la casa de campo de Llort. En el sendero, me platica que, además de su toalla Hilasal, ha logrado pasear sus cuadros por Europa y Nueva York. Allí subastaron uno por $3,000. Aquí, en la capital, aclara, son más asequibles, unos $1,000. Mientras digiero los precios, detrás de un cerco de púas, miro la quinta de Llort. Se trata de dos solitarias casitas –una de ellas devorada por la hiedra– que parecen aferradas a una ladera para no caer al precipicio. 

Muy cerca, en medio de un cerrado pinar, hay una descomunal piedra en forma de papa.

—Antes, esta piedra sirvió de altar. Aquí Llort, y algunos de sus amigos hippies hacían una especie de ritual. Rituales de sanidad, milagros. Pedían que saliera el diablo de los cuerpos. ¡Fuera Satán! ¡Fuera Satán! Pedían la conversión a Dios –recuerda el período en que Llort fue parte de un movimiento de renovación carismático católico. Quizá una reminiscencia de su intento por ser cura. 

Unas horas antes, en La Palma, me platicaban que Llort fue parte de ese movimiento porque era muy amigo de unos frailes que vivían en el pueblo. Dicen que entonces Llort cambió, se hizo más de familia, y prohibió a todos fumar o que llegaran bolos al taller. De hecho, al inicio de la guerra, creen que su “religiosidad o misticismo” lo camufló un tanto de los acosos del ejército y la guerrilla. En cambio, dicen que uno de los miembros de la comuna hippie, Santiago Elías, fue asesinado en un lugar cercano a este. El resto de amigos de Llort –entre los que estaba Max Martínez, nieto de Maximiliano Hernández Martínez– agarraron sus cachivaches y se fueron.

—Durante la guerra, continuamos haciendo artesanía, quizá más. Hasta venían los soldados a pedirnos dibujitos para sus fusiles. Luego amenazaron a Llort y él tuvo que irse un tiempo a México.
Prosigue Carlos Rivera mientras caminamos rumbo a su casa. Detengo el paso, sugiero marchar hacia el parque central de La Palma. Allí me encontraré con otros dos palmeños que integraron esa primera generación de artesanos. 

El parque central luce excesivamente llortiano. Pero de esto hablaré después. De momento, aquí me saluda un sonriente Roberto Burgos, de 53 años. A su lado hay una morena más bajita, y perfumada, con aires de mujer exitosa. Se llama Aminta Mancía, tiene 63. Al ver a Carlos Rivera, se abrazan por largo rato, como cuando uno ve a los ex compañeros de bachillerato muchísimos años después. Cómo estás. Qué gordito estás. Qué tal te va.

Burgos, un tipo alto y bigotudo, arranca la plática. Dice que era un niño, cuando otro niño llamado “Carlos Rivera” le contó que estaba trabajando para Llort. Y le preguntó que si no habría alguna oportunidad para él. Y Carlos lo llevó ante Llort para una entrevista. ¿Y qué sabes hacer? Ahorita nada, yo quiero ver qué es lo que se hace. Pues venite, má el pincel pues. 

Al escuchar todo, Aminta, la morena chaparrita, no desdibuja la sonrisa. Ella recuerda que a inicios de los años setenta La Palma era ruralísima y pobre. Habla de calles de piedra y polvo, y alguna corta esporádica de café. Y que poco o a poco, la ciudad se hecho de un nombre. Que hasta el concurso de Miss Universo de 1975, que tomó como sede a El Salvador, eligió a La Palma y su artesanía como uno de los escenarios más exóticos del país. Dicho esto, Aminta hace abstracción de sí misma.

—Antes de 1972, para mí, brocha y pincel eran lo mismo. Lo único que sabía hacer y vender eran quesadillas. Fernando Llort me dio chance de entrar en su taller, en El Espino. Hasta allá caminaba todos los días, me hice dibujante. En las madrugadas a veces hacía un gran frío. Allí pasábamos con chumpas mientras llovía. Cuando recuerdo todo eso se me ruedan las lágrimas. Desde entonces, han transcurrido cuatro generaciones de artesanos. Mis bisnietos ya trabajan en lo mismo.
Aminta resume que La Palma no sería lo que hoy es sin Llort, su amigo.

—¿Fernando Llort aún es su amigo? Dicen que en 1979 Llort la despidió de La Semilla de Dios, cuando el taller era ya cooperativa...

Sí, yo lo considero mi amigo porque me adiestró. Pero sí, él me despidió, junto a otro grupo, de la cooperativa. Eso provocó que la artesanía se esparciera como semillas por toda La Palma.
Aminta ya ni quiere recordar el motivo del despido que incluyó también el de algunas de las cuñadas de Llort. Dicen que se dio por desavenencias administrativas entre algunos artesanos y la directiva de la cooperativa, este que en 1978 bendijo aquí Monseñor Óscar Arnulfo Romero. Aminta prefiere decir que tras su despido sintió que se bastaba a sí misma, porque ya conocía el oficio. Puso su taller, El Madero de Jesús. Lo mismo hizo el resto de despedidos que sumaron más de 16. En La Palma, muchos estiman que entre 1970 y 1980 el 100% de la población se dedicó a la artesanía. Ahora, algunos organismos estiman que la cifra se ha reducido al 35%. Pero sigue siendo la principal actividad económica.

Entretanto, Aminta, Enrique Burgos y Carlos Rivera no dejan de abonar en favor del mito de Llort. Burgos, por ejemplo, quien dirige la Casa de la Cultura, dice que ya ha viajado a Venezuela, Chile y otros países donde ha visto que tratan de copiar, sin éxito, los diseños llortianos o palmeños. 
Aminta añade que cree que los palmeños tienen cierta predisposición al arte, porque ya más de alguien ha intentado llevar la artesanía a pueblos hondureños o salvadoreños y la gente no “agarra el hilo de esto”.

Ahora les pregunto si han visto últimamente a Llort, si está bien de salud. Lacónicos, me responden que a veces tiene días mejores. Que su pulso a veces se pone trémulo. Carlos Rivera, por ejemplo, me cuenta que hace un tiempo, fue a verle a San Salvador, a su tienda, El Árbol de Dios. Y que lo vio bien.

—Estuve allí en El Árbol de Dios. Lo único ya era de noche y de repente él se fue, y dejó todo abierto, las ventanas, las puertas... A mí me tocó cerrar su negocio.

El mercadillo de artesanías se ubica detrás de la iglesia palmeña. Aquí se exhibe parte de lo que producen más de 7,000 artesanos como Aminta o Burgos. 

Entre cofrecitos y semillas de copinol pintadas, una delgada y chele vendedora me explica que durante la guerra vendían más. “Vendíamos lástima a ONG y extranjeros que trabajaban en organismos humanitarios. Después de la guerra, se le apostó a la calidad a mejorar el producto”, dice y trata de venderme algo.

—¿Y no va a comprarme nada? ¡Mire este lienzo “mejorado”!

La misma vendedora me exhibe un lienzo donde se dibujan la mitad del rostro de una campesina; un paisaje montano de fondo. Todo con “aires llortianos”, pero pintado de manera distinta: Con fuertes colores primarios que se degradan. La joven me pide $40 a cambio de uno.

—Estos lienzos son los que más están pidiendo los turistas gringos. Ellos dicen “esto sí se nota que lo hace alguien que sabe”, porque el resto de la artesanía podría pensarse que la hace un niño de 10 años –habla de la apariencia infantil o primitivista que algunos critican al diseño de Llort.
—¿Y quién pinta estos lienzos?

—Este diseño lo inventó un muchacho que se llama Juan Carlos Morán. Lástima que él no patentó su dibujo, porque medio pueblo se lo llevó de encuentro y le copiaron. Así es aquí, sale algo que vende y todos lo copian –dice la vendedora, mientras me despliega una toalla nueva. Una con viñeta marca Hilasal con idéntico diseño.

Tras la visita al mercadillo, visito a Juan Carlos Morán. Él vive en un caserío llamado El Jardín que bordea la carretera que va a la capital. Su casita, color aqua, asoma detrás de una loma moteada de una platanera y un árbol de mango. Juan Carlos es moreno y delgado. Tiene 34 años, y una mata de rizos amarrada en una coleta. Parece ocupado, en el corredor de su casita hay un rimero de bateas y lienzos que esperan unas pinceladas suyas. Y le pregunto si su obra no tiene nada de Llort.
—No. Yo no utilizo los dibujos de Fernando Llort. Mi diseño es otro.

Como lo hizo Oscarín, Juan Carlos me explica que su diseño difiere del de Llort: “Yo pinto atardeceres, rostros menos abstractos y tengo mucha línea curva. El diseño de Llort es más simétrico, lineal”, lo dice con alguna propiedad porque trabajó en la famosa cooperativa La Semilla de Dios, pero cuando ya no era timoneada por Fernando Llort sino que por aprendices.

Con tranquilidad, Juan Carlos prosigue. Dice que sabe que Hilasal hizo de sus lienzos una toalla, pero que no quiere pedirles nada, más que ofrecerle otros diseños. Y dice conocer de sobra que en La Palma lo imitan, “pero no pueden”, se consuela. Eso no ha significado que le compren mejor sus lienzos. Recibe $10 por el lienzo que a mí me quisieron vender en $40. Al menos, trabajo no le ha faltado. Ha pintado, con su diseño, más de 150 casas del municipio chalateco de Dulce Nombre de María. Los muros del mercado capitalino de artesanías. Y mañana, dice, que a va a pintar dos enormes murales en el Hotel La Palma. De la nada, Juan Carlos parece hacer puchero mientras razona algo.

—En La Palma, los artesanos buscan agremiarse. Yo prefiero trabajar solo. Allá critican que todo lo vendo barato... Si ellos cobran $1,000 por un mural, yo cobro $300 o $400. 

Juan Carlos vende más barato que en La Semilla de Dios. La misma cooperativa donde trabajó a finales de los ochenta, cuando Llort se volvió un socio honorario que pasa más tiempo inmiscuido en su cosas en la capital. Por eso, al igual que yo, Juan Carlos no lo conoce en carne y hueso.
De regreso en La Palma, busco la famosa cooperativa, que hoy está integrada por unos 30 palmeños que trabajan a manera de maquila. Unos cortan la madera. Otros dibujan sobre ella. La pintan. La barnizan. La exportan en cajitas rotuladas.

Vista desde afuera, la cooperativa luce como una típica casa de adobe, al sur del poblado. Pero por dentro se desdobla más grande y moderna. Allí, en una oficina, encuentro a Gregorio Díaz. Un moreno que timonea la cooperativa que el año pasado dice que facturó $135,000. 

Gregorio podría jurar que la mayor parte de la producción se exporta a Estados Unidos y Europa. Sin embargo, me hace ver que las plantillas que dejó Llort han debido modificarse o sustituirse porque “la clientela internacional se cansa del mismo diseño”. De hecho, en Italia, dice, le han pedido artesanías con colores más pálidos. Colores tierra, ocres, musgo.

—En Estados Unidos, por ejemplo, la tienda Ten Thousand Villages nos pide otros tonos, formas y dibujos. Y lo hacemos, no hemos dejado de producir en años.

En La Palma, casi todos saben quién es Óscar Jiménez, u Oscarín. El más joven de los “discípulos” de Llort, que ha destacado por la calidad de su obra.

Oscarín cabe también en el estereotipo del típico chalateco. Es bajito, chele, y dueño de unos enormes ojos verdosos. Me invita a pasar al interior de su casa, en donde también ha instalado su tienda y su taller. Adentro huele a madera de pino, a cebollines recién picados por su esposa y a pintura fresca.

Mientras tomo asiento en un sofá marrón, miro en el acogedor entorno todo tipo de objetos con diseños llortianos. Y le pregunto lo que medio poblado dice o se pregunta.

—¿Es cierto que, a veces, Fernando Llort firma tus pinturas como suyas?

—Digamos que sí, pero no es tan así... Es un trabajo compartido. A veces él me hace un dibujo sobre papel o metal, yo le pongo el color. –empieza a explicarme Oscarín.

Oscarín es el único palmeño que tiene la venia de Llort para hacer tal cosa. Eso a pesar de ser uno de sus discípulos más jóvenes, ¿o será por eso? Tiene 45 años. Desde que tenía 17 años de edad, en 1983, asegura que vive del diseño que Llort desarrolló con aportes de lugareños. Lo considera su amigo. Tanto, que me sugiere que de llegar a entrevistarlo ni le mencione que a algunos salvadoreños, como Alejandro Cotto, no les simpatiza el mosaico con el que revistió la fachada de la Catedral capitalina en 1997. A la que apodan “La Toallona” al encontrarle parecido con las famosas toallas con diseños llortianos que Hilasal fabrica desde 1977.

—Yo creo que sí se podría molestar que le mencionen eso, o que le digan que sus dibujos son “primitivistas”. Bueno, el arte y el fenómeno social de la artesanía es siempre controversial...
—¿Fernando Llort no es un tipo bromista, de contar chistes?

—Contar chistes solo le salía bien a algunos de sus amigos hippies. Fernando Llort siempre ha sido serio. 

No hay consenso a la hora de definir el carácter de Fernando Llort. Unos lo describen como “delicado”, porque dicen que buscaba que la artesanía fuera de verdad artística. Y prefería que los palmeños dibujaran con plantillas, y no a mano alzada. Y lo más importante, debían trabajar en silencio. María José Llort, la hija menor de Fernando, en San Salvador, me lo describió como un tanto voluble. Ella me platicaba que su papá se enojó cuando hace unos años el cura de La Palma decidió pasarle una mano de pintura blanca al mural que había pintado en la fachada. La mayoría de palmeños, sin embargo, lo definen como muy humano, humilde, muy peace and love. El dueño de una ferretería me platicaba: “Fernando Llort era de los pocos del pueblo que tenía carro. Un jeep casi de lujo, una Land Rover Santana. Él la ocupaba de ambulancia para las parturientas del pueblo. A veces, a media noche salía pijiado rumbo al hospital de Chalatenango”.

Tras el paréntesis, regreso a casa de Oscarín. Él ahora me muestra una de sus obras. Un enorme lienzo que, como ya he escuchado en otra parte, asegura es distinto a lo de Llort. La diferencia, dice, es su técnica de coloreo. Oscarín pinta con delicados tonos iridiscentes.

—¿Y qué pasa aquí, existe un diseño llortiano o un diseño palmeño?

Oscarín me observa con seriedad y me explica: “El diseño no solo es de Llort. Los cusucos, pájaros y el resto de dibujos son una fusión de la inventiva de Llort y de la de dibujantes que se desarrollaron en el taller, como Carlos Rivera, Julio Pérez y Bernardino Rodríguez...”.

Antes de despedirme, le pido a Oscarín que me acompañe aquí cerca, al parque central. En el breve trayecto, me resume cómo acabó en esto. Dice que antes de él, Luz Marina, su mamá, trabajó junto a Llort. “Allá por 1979, mi mamá era la que rotulaba la artesanía. Llort decía: ‘Este no es trabajo. Pero no hay nadie que lo haga como Luz Marina’. Cuando la iba a visitar, siendo yo un chamaquito, la veía en medio de telas, latas y lienzos pintados con colores intensos. Parecía un taller místico. ¡Allí empezó el embrujo para mí! Luego entré a hacer grabados. Ganaba un montón: 60 colones. Eso me dio chance de ir a San Salvador a estudiar artes plásticas en la universidad Matías Delgado”.
Oscarín lo dice en medio del arbolado parque. Este que él convirtió en un enorme cuadro llortiano-palmeño-tridimensional. Alrededor de una pétrea torre del reloj, construida en 1932, colocó un enorme torogoz de concreto. El suelo lo convirtió en mosaico. Y las bancas las onduló y escamó con trocitos de azulejos franceses al mejor estilo Gaudí-Llort, al fin y al cabo ambos apellidos son catalanes.

En el mismo parque hay también un antiguo quiosco de concreto en forma de ovni. En su techo hay un extraño mural que desentona. El mural dice: 15 de marzo de 1973, Fe Yollotl. ¿Fe Yóllotl?
—Fe Yóllotl era un pseudónimo de Fernando Llort que usaba cuando vino aquí alrededor de 1972. Yóllotl significa corazón en náhuat. Por esa época, Llort dice que estaba buscando su estilo. Fue en su período de hippie que pintó eso: una mezcla de cuestiones precolombinas con mezcla de símbolos del ying-yang, cruces... Él es más místico que religioso.

—Yo no conozco a Fernando Llort, llevo dos años buscando entrevistarlo pero nada, ¿cómo era cuando dirigía La Semilla de Dios? ¿Andaba así como en las fotografías antiguas, barbudo, con pantalones arremangados, enchancletado y con collares?

—A él nunca le han gustado las entrevistas. Pero sí, él andaba enchancletado, con guayabera y un montón de collares de semillas y cruces...

El parque central de La Palma, con todo y su estilo llortiano-palmeño-tridimensional, luce vacío. No hay turistas merodeando sus formas. Tampoco hay jóvenes estudiantes que preguntan ¿y las fotografías que están tomando son para alguna cosa de turismo? Turistas y jóvenes palmeños parecen ser solo espectadores superficiales del diseño artesanal que hace más 35 años engendró Fernando Llort junto a varios palmeños.

Poco antes, aquí estaban Aminta, Roberto Burgos y Carlos Rivera, algunos de los artesanos pioneros. Entre ellos platicaban que tenían que hacer algo para que los palmeños más jóvenes se integraran al cuadro de su historia. Pero, además del museo a Llort que construyó hace tres años la alcaldía, no se les ocurría que otra cosa que hacer. Aminta decía: “Pensemos en algo que salga de nuestro bolsillos, ¡Porque después de a Dios, La Palma le debe todo a Fernando Llort!”
Escaparate. En 1983, durante la visita del papa Juan Pablo II al país, los diseños llortiano-palmeños fueron utilizados como un símbolo salvadoreño.

Estilo. Algunos palmeños dicen tener un estilo diferente al de Llort. Como Juan Carlos Morán que pintó este mural. Los colores difieren, pero sus líneas y firma son llortianas.

Pioneros. Carlos Rivera, Aminta Mancía y Roberto Burgos son algunos de los iniciadores de la artesanía palmeña. Hoy, ellos narran su historia.

Esta crónica fue publicada originalmente el 8 de mayo de 2011 en la revista 

Misticismo. Carlos Rivera, de pie, recuerda que era un niño cuando empezó a trabajar la artesanía al lado de Llort. Sobre esta piedra dice que Llort hacía rituales. 

Patrimonio. En La Palma, los artistas y artesanos se calculan en más de 7,000. Óscar Jiménez es quien más ha sobresalido por su calidad. Él remodeló el parque. 

*Esta crónica fue originalmente publicada el 8 de mayo de 2011 en la revista Séptimo Sentido. 

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