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Historias sin Cuento - David Escobar Galindo

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TODOS LOS RÍOS HABLAN

Cuando llegaron a la orilla de la corriente, todos hicieron un gesto de devoción, cada uno a su modo, como si estuvieran ante una imagen fluyente. Cualquiera hubiera podido pensar que se trataba de un grupo de profesantes de un mismo culto religioso, pero en verdad se trataba de una excursión de amigos que se conocían desde siempre y que por eso compartían las memorias acumuladas a lo largo del tiempo; y todos sabemos que eso va creando una comunidad que se parece mucho a un ejercicio de fe compartida, del que nadie se puede sentir ajeno.

Aquel río los había visto crecer hasta forjar vida propia, y hoy los reunía con periodicidad que parecía calculada, pero que era una disciplina espontánea, como es generalmente la disciplina de los procederes asumidos con voluntad profunda.

--¿Quieren bañarse? –preguntó el mayor de ellos.

Todos los que se estaban ahí comenzaron a desvestirse sin decir palabra. Era la costumbre de siempre. Cuando quedaron desnudos se fueron introduciendo en las aguas, que los recibieron con una especie de aleteo de inspiración, como si aquel rito les recordara de inmediato su misión de servicio purificador.

Al estar todos sumergidos se comenzó a oír una voz que parecía provenir del centro de la corriente incansable:

--¡Gracias, amigos, por seguir reiterándome su milenaria confianza!

DESPERTAR QUE SE CUELA

La pasada noche llovió de principio a fin, hasta el punto que los canales de desagüe colapsaron ya cuando el día se anunciaba en el aire. El niño, que estaba a punto de llegar al límite entre la niñez y la adolescencia, no sólo no se asustaba por las lluvias torrenciales sino que cada vez les iba tomando más cariño, como si fueran seres vivos.

--Y lo son, como todo –le aclaró aquel señor que era su profesor más joven.

Él se quedó en silencio, observando los residuos de la tormenta que acababa de pasar.

--Y lo que más reconozco de ti es tu voluntad impecable de ser puntual, pase lo que pase. En eso te pareces al día, que sea como sea siempre está aquí a su hora.

En cuanto el profesor lo dijo, él miró a su alrededor como para comprobarlo. Y, en efecto, aunque la nublazón imperaba, la presencia del sol se hallaba ahí, colándose por donde le era posible, hasta por las hendiduras más inverosímiles.

En un instante, la claridad solar se manifestó con intensidad casi mágica, como para corresponder a los conceptos enunciados.

--¿Y ahora qué hago, señor maestro?

--No me digas así, sino compañero, porque los dos estamos aquí para dar testimonio de la vida natural, de la que formamos parte. Yo soy un árbol de larga data y tú eres un pequeño arbusto que está empezando a crecer. ¡Crece, pues, que es lo que te toca!

AQUELLAS SECRETAS LÁMPARAS

Eran seis niños, tres hembras y tres varones, que fueron naciendo casi al unísono en los alrededores del parque que se hallaba en el centro de aquella comunidad marginal. Las respectivas familias tenían las características de casi todas las provenientes de la misma condición social y económica, con escaseces y limitaciones incontables. Las hembras eran de una familia y los varones eran de otra, y eso hacía que entre ellos se diera una especie de comunicación espontánea, que evolucionó con el tiempo.

Al arribar a la adolescencia, uno de los varones y una de las hembras iniciaron entre sí, sin proponérselo de antemano, una relación sentimental. Cuando el hecho se hizo notorio, todos sintieron que algo en su respectivo interior parpadeaba como un foco anhelante. No hablaron de eso en ningún momento, pero algo cambió definitivamente.

--Estamos aquí para ser parte de un destino compartido. No lo vayamos a olvidar nunca.

¿Quién dijo eso? Fue simplemente una voz, que podía ser de cualquiera de ellos, y que actuó como hilo conductor de las relaciones siguientes.

En los meses posteriores las otras dos parejas también se formalizaron, y en el curso de la última boda aquella voz volvió a aparecer:

--Ahora sí, a alumbrar el camino entre todos. La misión será eterna.

ANOCHECIDA CON MENSAJE ANÓNIMO

Él era un niño que residía en una calle del Barrio San Miguelito. La suerte separó muy pronto a sus padres, y cada uno de ellos se quedó por su lado; él entonces fue necesariamente a vivir con su abuela materna en una casa alquilada de aquel barrio, en esa breve ruta ascendente que llamaban Pasaje Rovira, ubicado frente a la boca de la Calle 5 de Noviembre. La casita estaba situada entre otras al final del Pasaje, y desde ahí se oían las voces del Colegio María Auxiliadora, que se hallaba a las espaldas.

En una atardecida invernal, el niño sintió de pronto que una de esas voces se le estaba acercando al oído. Se apartó hacia un rincón para tratar de identificar lo que ocurría. Y aunque ninguna de tales voces se le hacía identificable, algo le hizo sentir que estaba a punto de recibir una orden superior:

--Tienes que irte a dormir al Campo de Marte.

Así lo hizo, sin ningún titubeo. Nadie se percató de la salida. Pero a la mañana siguiente, una sombra se acercó a su cama, ubicada en un rincón:

--Despierta, muchachito. No te asustes, soy el otro yo de tu abuela, que viene a acompañarte… Recuerda que yo también vengo del campo, allá en Nuevo México, y me encanta que tengamos ese otro lazo de unión. ¡Buenos días, para siempre!

LLEGAN NUEVOS VECINOS

Hacía sólo algunos años lo que había en el lugar era solamente una hilera descontinuada de viviendas sencillas al máximo; pero de unos cuantos años a esta parte, y por efecto del crecimiento habitacional expansivo, la zona comenzó a poblarse con rapidez cada día mayor. Ahora todo aquello se había convertido en un vivero de colonias, que se multiplicaban sin cesar. Ellos, aquella pareja de adultos en trance de madurez, vivían ahora en el centro de aquel oleaje de construcciones, entre las que sobresalían las que iban hacia arriba.

Con lo que les tocaba por sus respectivas cantidades de retiro, que habían solicitado con anticipación, juntaron lo necesario para adquirir un reducido espacio donde vivir, y ese era hoy su refugio para el resto de la vida.

En ésas estaban, arreglando eso que llamaban "su plataforma para el vuelo", ya que sabían por firme intuición que de ahí partirían hacia el siguiente plano.

Entretanto, el flujo de nuevos vecinos se hizo sentir. Eso tenía a los vecinos de siempre a la expectativa, porque todos los márgenes de novedad estaban abiertos.

--¿Ya conociste a los más recientes?

--Sí, son jóvenes y apenas se dejan ver.

--Entonces, vamos a buscarlos. Cuando me vaya quiero estar en paz con todos. Absolutamente con todos. Esa debe ser la nueva normalidad.

¿LO CONOCÉS? ES EL CREPÚSCULO

--Vengo fatigado de la jornada, porque el trabajo se aglomeró y el calor de la atmósfera lo llenó todo…

Su señora, que había oído mil veces expresiones como esa, apenas le puso atención. Pero en esta ocasión él insistió:

--Oíme, Lucy: vengo agotado. Necesito algo estimulante. Tú sabes…

--Sí, lo sé, porque con cualquier excusa estás pidiéndome una copa de algo…

--Pues te equivocás, porque hoy no quiero beber nada…

--¿Y eso?

--Lo que necesito es simplemente un gesto especial de cariño. ¿No te has dado cuenta de que lo necesito desde hace mucho?

Y tal expresión, que llegaba cargada de emociones acumuladas desde quién sabe cuándo, la dejó a ella sin nada que decir.

--¿Entendiste, Lucy?

Y la voz masculina se quedó resollando suavemente. Lucy fue a abrir la ventana que daba al poniente, donde la claridad solar iba desvaneciéndose.

Era el crepúsculo, que a todas luces andaba ya buscando acomodo en todos los rincones disponibles, y que había llegado con intención evidente de pedir asilo. Ambos sonrieron. El gesto de cariño estaba ahí, por obra de la luz.

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