PALABRAS VAN, PALABRAS VIENEN, Y EL SILENCIO SE MANTIENE IMPÁVIDO A LA ESPERA DE QUE LE LLEGUE SU MOMENTO

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PALABRAS VAN, PALABRAS VIENEN, Y EL SILENCIO SE MANTIENE IMPÁVIDO A LA       ESPERA DE QUE LE LLEGUE SU MOMENTO

PALABRAS VAN, PALABRAS VIENEN, Y EL SILENCIO SE MANTIENE IMPÁVIDO A LA ESPERA DE QUE LE LLEGUE SU MOMENTO

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CON LA VENIA DEL ANOCHECER

Se conocieron en una taberna penumbrosa, en la que había todo el tiempo un conjunto de antes interpretando música de siempre. Aquella noche ellos se vieron por enésima vez, y ya era hora de pasar al contacto más directo que, como era natural dadas las costumbres aún imperantes, le correspondía emprenderlo al varón. Se acercó, pues, a ella, y la abordó sonriente:

--Hola, muchacha bonita. ¿Cómo te llamás?

--¿Te dirigís a mí, verdad?

--¿Por qué te extraña?

--Pues porque eso de "muchacha" me suena a cumplido de un señor miope a una señora madura.

--¿Madura? ¿Cómo fruta de estación? Mis ojos están perfectos luego de que mi operación de cataratas resultó impecable; y nunca he tenido la fea costumbre de burlarme de nadie, y menos de una dama joven como tú…

Ambos se rieron, animados; y, desde aquel momento no dejaron de verse en el mismo lugar cuantas veces se animaban a hacerlo, que eran todos los días. Hasta que llegó un punto en que ya aquello no les bastaba. Y esta vez fue ella la que tomó la iniciativa, que él ya estaba esperando:

--¿A dónde vamos hoy: a tu casa o a la mía?

--Pues mejor a un lugar desconocido, para conocernos con más libertad, sin moros en la costa.

--¡Perfecto: vamos! De seguro tendrás pensado algún lugarcito donde las almohadas nos guarden el secreto. Yo soy tímida por naturaleza, ¡jajajá!

ALGO SERÁ QUE EL RÍO NUNCA DUERME

Muy cerca de nuestra casa de entonces, al norte de Apopa, en una finca poco poblada de arboleda, fluía en reducida corriente el río Las Cañas. En aquel lugar abundaban los cerros de diversos tamaños, y la casa de habitación se hallaba ubicada precisamente en una pequeña explanada abierta por manos humanas. Desde ahí se podía observar, en perspectiva, el lecho de la corriente fluvial y el predominante cerro El Sartén, en la ruta del ferrocarril de entonces.

No sé por qué afinidad surgida en armonía con mis raíces ancestrales, tuve siempre un vínculo con aquellas reducidas aguas, y uno de mis placeres mayores fue andar descalzo por las arenas vecinas a la corriente. Sentado en una roca de la orilla me animé a escribir mis primeras palabras propias, y eso estrechó aún más el lazo de afinidad con todos aquellos elementos naturales que me rodeaban por efecto vivo de las circunstancias de mi vida familiar.

Una noche desperté de pronto, con el ansia irresistible de salir al aire y así encontrar antiguas afinidades que me serían profundamente aleccionadoras. Salí al exterior sin que nadie lo advirtiera, ni siquiera los perros bulliciosos que me seguían por doquier. Y de repente me encontraba en la máxima proximidad con el agua, y así tuve la impresión de que ella se dirigía a mí como a un amigo de gran confianza:

--¡Gracias, como siempre, por estar aquí, a mi lado! Entiende mi destino, por favor: yo reparto a diario la frescura virginal a mi alrededor, y esa es la mayor emoción que existe…

NOS CONOCIMOS EN EL TRASFONDO DE UN VITRAL

En múltiples ocasiones a lo largo del tiempo me he preguntado en silencio cuál es mi razón de estar aquí, en el calendario y en el aire. Permanecer y respirar: las dos condiciones básicas de toda existencia, incluida la mía. Y ahora, cuando estoy a punto de enlazarme con otro ser ante el altar de nuestra fe compartida, esa pregunta parpadea con más fuerza. Y no puedo contener el impulso de compartirla con ella, que se me queda viendo con expresión sorprendida:

--No entiendo qué es eso que quieres saber, porque siempre he pensado que todas las respuestas básicas sobre la vida de cada uno son irrevocablemente personales. Y por eso tú y yo nos llevamos tan bien: porque somos diferentes al máximo. Esa es la clave del anhelo de compartir lo incompartible. ¿Estamos?

--¿Y desde cuándo nos conocimos, entonces?

--Desde que alguien se fijó en nosotros y nos llevó a convivir en un vitral, obra suya de artista y de profeta.

--¿Artista y profeta?

--Sí, porque el artista respira y el profeta permanece…

El no pudo contenerse, y se le acercó a ella hasta unirse en un beso fragante y trascendente, que encarnaba el entendimiento puro y pleno entre dos destinos complementarios, que ahora mismo estaban uniéndose para siempre sin tener que celebrar ninguna ceremonia.

LOS MEJORES SUEÑOS SON LOS QUE NOS MANTIENEN VIVOS

--¡Salud, amigo, por estar aquí, sanos y alegres, y por que sigamos así!

--¿Hasta cuándo?

--Mientras el cuerpo aguante.

--Digamos mejor: mientras la mente aguante…

--¿Cómo así?

--Es que el cuerpo no piensa y por eso no puede hacer ningún plan de supervivencia

organizada, y en cambio la mente sí es capaz de realizar labores conductoras.

--Hombre, eso es tan sencillo y natural que quizás por lo mismo se nos escapa.

--Bueno, yo no quiero agenciarme ningún mérito, pero lo que sí me gusta es que se te haya iluminado una mejor conciencia sobre lo que nos pasa en la vida, sea cual fuere nuestra vivencia o nuestra condición.

--Brindemos, pues, aunque no sea con champán del bueno.

--Ah, pero sí será con tequila del mejor.

--Lástima que no podamos brindar con licor de esperanza, que es el que alimenta los sueños y los invita a sobrevivir…

--Entonces nos quedaremos en guardia porque los mejores sueños son los que nos mantienen vivos. Y esa es la verdad más antigua que existe.

--Vivámosla, pues, mientras el cuerpo aguante y la mente se anime.

UN EJERCICIO DE RAZÓN ESPONTÁNEA

Levantó el rostro, y se puso a observar el horizonte que estaba frente a él. Lo había visto a cada instante, desde que tenía memoria, y a diario le encontraba un detalle adicional, casi siempre insospechado. La mañana, ese día, estaba más clara que nunca pese a que la noche anterior había sido tormentosa al máximo. Eran los contrastes de este tiempo, en el que todo podía pasar imprevisiblemente, en la Naturaleza y en la vida. El horizonte parecía estarlo llamando para que al fin pudieran conocerse cara a cara. Y, movido por ese impulso, salió de inmediato hacia afuera.

Como vivía en un suburbio, muy pronto estuvo a campo abierto, con unas cuantas viviendas desperdigadas por doquier. Él no se detuvo, queriendo llegar lo más pronto posible al fondo del paisaje; pero, como era natural, a medida que caminaba se iba

alejando la línea del horizonte. ¿Pero cómo era que se había dejado llevar por aquel impulso tan ingenuo?

Entonces otro caminante pareció alcanzarlo y se puso a su lado:

--No se perturbe, amigo, porque todos caemos en la misma trampa infantil: imaginar que las distancias existen a nuestro servicio, cuando en verdad nunca se mueven a nuestro antojo. Acéptemoslo y dejemos al horizonte donde debe estar: instalado en

nuestra conciencia…

Se detuvo y giró lentamente hacia el rumbo del que venía. Y la convicción de que el horizonte estaba donde él se lo propusiera le llegó sin tardanza.

ADOLESCENCIA CON VELÁMENES

Noviembre tiene, como todos los meses del año, su encanto especial; y en cada zona del mapa ese encanto se manifiesta con peculiares características. Hoy voy remontarme a tiempos pasados, y entonces las imágenes van adquiriendo tintes de encendida nostalgia. Es noviembre, sí, pero de 1957, y acabo de arribar a un suburbio de París llamado Boulogne-Billancourt, donde está el apartamento al que vamos, en el 118, Rue du Château. Cielo cerrado propio de la época del año; aire casi frío, al estilo de la zona en ese tiempo del año; escasos transeúntes sin duda por el mismo motivo…

Esa noche, luego de ir a cenar en un restaurante de los alrededores con mi abuela, que vino conmigo en el viaje transatlántico,y con mi tío, que nos esperaba aquí, los tres nos retiramos a dormir en nuestras respectivas piezas junto a las ventanas que dan a la calle desde el segundo piso. Y el sueño me embarga como un soporífero de profundo efecto.

Amanece. París está ahí, a la mano. ¿Será verdad?

Salgo a la calle, sin rumbo fijo. No conozco nada de lo que me rodea y ese es elmejor estímulo para un adolescente precoz, que es fanático de Alejandro Dumas y de Victor Hugo. Cuando regreso a la casa, un par de horas después, anuncio en alta voz:

--Ya conozco París, y eso me anima a seguirlo conociendo dentro y fuera de mí…

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