PRÁCTICAS COTIDIANAS DE LA LUZ QUE DESPIERTA ENTRE LOS PÉTALOS

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David Escobar Galindo

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HAY QUE ROMPER EL HIELO

En aquella familia todo había transcurrido de modo estrictamente normal a lo largo del tiempo, y tal normalidad significaba dos cosas a la vez: que la imaginación apenas tenía cabida en curso de los días y que no se daban las rupturas emocionales que son tan comunes en otros ambientes cotidianos. Era una familia de ocho que acabó siendo de dieciséis, y no porque creciera el número de los descendientes sino porque se iban sumando los ascendientes, que aparecían como por obra de magia.

En ésas estaban cuando se empezó a dar una especie de congelamiento de todas las relaciones, hasta el punto que ya apenas se hablaban entre sí. Entre los más jóvenes surgió entonces una inquietud que tuvo que concretarse en palabras:

--¿Qué nos estará pasando? Cada vez somos más desconocidos…

Y una noche, cuando los dieciséis se hallaban reunidos por la mera formalidad del cumpleaños de alguno, la señora mayor se alzó con la palabra:

--Familia, ¿de verdad somos familia?

Las miradas furtivas menudearon de inmediato, y también las risitas intencionadas.

--¡Entonces, rompamos el hielo, y para eso lo mejor es una pachanga!

A la mañana siguiente lo que había en el lugar era un montón de escombros de todo tipo y el eco de las carcajadas que chorreaban por todos lados.

EL AZAR NUNCA DUERME

--¿Y usted cómo se llama, amigo?

--Sócrates, para servirle.

--¿Sócrates, como el filósofo griego?

--Pues si usted lo dice.

--¿Y qué anda haciendo por estos lados?

--Descubriendo discípulos.

--¿Cómo así?

--Pues eso: buscando pensadores espontáneos que estén dispuestos a acompañarme en las tareas del pensamiento cotidiano, ese que no nace en los libros, sino que llega a ellos por las vías menos pensadas…

--¿Cómo por ejemplo?

--Un encuentro casual en alguna esquina, mientras el semáforo vuelve a marcar verde… ¿Le parece sensato lo que le digo?

--La verdad no lo sé. Yo son un vendedor ambulante de objetos esotéricos, y eso me da para sobrevivir en los dos sentidos más relevantes del término: tener alimento para los tres tiempos de cada día y contar con los insumos anímicos que me mantienen ligado a la trascendencia…

--¡Qué bien merecido tiene su nombre, compañero de viaje!

EN EL CONVIVIO DE VELÁMENES

La época invernal estaba iniciándose prematuramente, y en todos los entornos se presentaban las señales de ello. Y él, en aquellos minutos iniciales del día, lo estaba experimentando como una impresión inédita de sucesos por venir. Lloviznaba con cierto aire burlesco, y entre las ramas de los árboles andaba circulando una especie de suspiro natural, quizás largo tiempo reprimido.

Ella, que desde luego dormía junto a él, hizo un giro en la cama, y los rostros quedaron frente a frente. Ninguno de los dos abrió los ojos, aunque todo indicaba que se estaban mirando.

--¿Qué quieres que hagamos hoy que es nuestro último día en este lugar tan hermoso?

--No sé. Quizás quedarnos así como estamos. ¿Qué te parece?

--Pues yo preferiría embarcarme para gozar el vaivén del mar, que quiero que se me quede grabado en la memoria para siempre para que represente nuestra vida.

En ese justo instante se oyó en las más próximas cercanías un aleteo entusiasta y feliz.

--¡Son las velas de las embarcaciones que se encuentran en el muelle inmediato!

Y entonces ambos se abrazaron piel con piel, envueltos en una emoción poblada de temblores gozosos.

--¡Se cumple nuestro mutuo anhelo: quedarnos aquí, abrazados para siempre, y a la vez incorporarnos a la aventura de los velámenes felices! ¡Luna de Miel en pleno! ¡Gracias, Providencia!

CRISTALERÍA DEL ANHELO

El día que le anunciaron su ascenso laboral en la empresa donde trabajaba llegó a su casa por la tarde con una sonrisa de amplio espectro que no le era habitual. Su esposa, que era desde luego la persona que lo conocía más a fondo y en detalle, lo miró de pronto sorprendida, mientras preparaba la mesa para la cena tempranera, en la que apenas se dirigían la palabra, porque él volvía del trabajo cada vez más enconchado:

--Luis, ¿qué traes de nuevo?

--Algo que debió haber ocurrido hace ya mucho tiempo: mi nombramiento como gerente general. Me lo anunció el dueño esta mañana.

--¿Y eso qué significa además de un sueldo mayor, con el que vienes soñando desde hace mucho, casi siempre poniendo cara de pocos amigos?

--Pues significa que voy a tener que estar mucho tiempo visitando sucursales, aquí y en los países vecinos donde tenemos presencia…

--Vas a tener que viajar mucho.

--Sí, mucho.

Se quedaron en silencio, y al hacerlo algo pareció empezar a crujir a su alrededor, como si se tratara de cristales que estuvieran aguardando una señal para activarse. Y todo siguió sin novedad aparente, aunque en el interior de cada uno de ellos se iban encendiendo luces novedosas.

ARRIBO DEL SEÑOR QUE TRAÍA LA CLAVE

Cuando aquel desconocido tocó a su puerta, el señor de la casa hizo lo que no hacía nunca: salir a abrir, como si esperara a alguien muy especial:

--¿Me estabas esperando, verdad? –dijo con naturalidad el recién llegado, ya con el impulso de pasar adelante.

--Pues la verdad es que no sé qué me hizo hacer lo que nunca hago. Y perdone, pero yo, no sé por qué ni de dónde, tuve la impresión anticipada de que usted era mucho mayor…

--¿Yo? Sí lo soy aunque no lo parezca. ¿Me estabas esperando, entonces?

--Me avisaron en un correo anónimo, y eso me hizo creer que se trataba de una visita fuera de lo común. ¿Y es así, no es cierto?

--Bueno, no se trata de algo fuera de lo común, aunque eso depende de cada quién…

--¿De usted o de mí?

--Quizás de ambos, porque ambos estamos en la misma jugada.

--Eso no lo entiendo. Explíquese más claramente, por favor.

--Bueno, aunque no me reconozcas, nos conocemos desde siempre. Nuestra relación es constante y cotidiana, y ya es hora de que tomes conciencia de ello.

--¡¿Pero quién es usted, por Dios?! –le preguntó con impaciencia a punto de ser airada.

--Te lo voy a decir por fin: tu otro yo, el administrador de tu destino.

AVENTURA AROMÁTICA

Eran jóvenes aún, sobre todo en lo referente a los sentimientos y a las actitudes, pese a que el calendario sonreía sarcásticamente al menor descuido cuando les oía alguna referencia al tema. Ellos, de seguro para escapar de los recordatorios disfrazados de inocencia mecánica, habían desterrado de todos sus entornos los recordatorios gráficos de las fechas.

Aquella mañana, sin embargo, él, mientras se desperezaba con intensidad gratificante, le preguntó a ella, que ya andaba alrededor preparándose para iniciar la jornada:

--¿Qué día es hoy, mi amor?

--¿Hoy? Viernes –respondió ella, sorprendida.

--Entonces, día de juerga –apuntó él, que seguía en la desperezada animosa, como si quisiera dejar a punto todos los músculos posibles.

Después, el día transcurrió con entera normalidad. Y ya cuando la tarde estaba anunciando su despedida, se empezaron a alistar para salir por la noche.

--¿A dónde vamos? –le preguntó él, tanteando el terreno.

--Pues donde tú quieras, siempre que haya cómo escapar de la rutina.

--Ah, pues entonces a aquel bar que está al final de la calle, donde las sillas sirven también para recostarse –se rió él, haciéndole una seña sonrientemente impúdica.

--¡Cabal, dijo Varela! –reaccionó ella, acercándosele hasta casi rozarle la piel--. ¡Qué rico hueles este día!

--Igual digo. Y hoy nos toca fusionar los aromas hasta el fondo del alma. ¡Aleluya!

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  • Historias sin Cuento
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