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TEMBLOR VIRTUAL DE LA MEMORIA

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Historias sin Cuento

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LITURGIAS CON MENSAJE

Pronto se dio cuenta de que aquellas caminatas mañana y tarde que tuvo que emprender en ida y vuelta prácticamente desde el inicio de la vida le producían una sensación inquietante y a la vez confortadora, que le acompañaría en el curso de su experiencia personal. Y es que todo, en definitiva, es partir y volver, como cuando iba al Colegio desde la casa en el Barrio San Miguelito hasta la Plaza de San José, subiendo y bajando por la Calle de Mejicanos. Después las caminatas tomaron diversos rumbos, según el momento de la vida, y así de seguro seguiría ocurriendo.

Pero en los días más recientes empezó a sentir que su ser interior se iba descascarando sin que él pudiera hacer nada al respecto; y entonces se animó a ir a visitar al psíquico que tenía su sencillo despecho a la vuela de su casa de siempre.

--Estoy perdiendo la orientación del día a día. ¿Qué puede ser?

--¿Duerme bien y tranquilo?

--Sí…, pero es durante el día cuando me despisto. ¿Esto es común?

--Puede ser que usted ya no quiera estar aquí, y su voluntad se resista a reconocerlo.

--¿Quiere decir que tengo que pasar a otro plano?

--Probémoslo esta noche. Piérdase dentro de sí mismo. Y tómelo con ilusión. ¿Se anima?

LA LUZ ESTÁ SIEMPRE A TU LADO

Cuando aquella mañana se sentó frente al timón de su vehículo tuvo la inmediata impresión de que ese día iba a tocarle hacer un trayecto por espacios desconocidos. Activó de inmediato el motor sin tener ninguna certeza de cuál iba a ser la ruta del recorrido. Como acababa de jubilarse, ya no tenía ataduras laborales en el día a día, lo cual le generaba más inquietud que complacencia, porque después de tan prolongada disciplina de trabajo, hoy la libertad se le volvía una zona de emociones desconfiables.

De pronto, se encontró en aquel mirador que daba hacia la parte antigua de la ciudad. Lo había visitado con frecuencia desde los lejanos días de la infancia, pero hoy todo aquello parecía tierra de nadie, en la que todo se podía esperar.

Sin saber de dónde había surgido, se hallaba ahí, junto a él, aquella presencia que, a plena luz del día, mostraba una condición fantasmal que lejos de asustar tranquilizaba.

--Gracias, madrina, por no fallar ni un solo día en tu tarea de indicarme el camino…

--Y así será para siempre, recuérdalo. Y como hoy tenemos más tiempo libre para desplazarnos por los campos abiertos, aprovechemos la oportunidad de compartir…

--Sí, claro, madrina. Tú eres la luz, y como siempre andas descalza, conoces la tierra como nadie. Sube al auto, pues, y vámonos a compartir vigilia.

MANHATTAN, 9 A.M.

Se asoma por el cristal de la ventana del onceavo piso, sobre la 2ª. Avenida, ahí donde empalma con la Calle 78. Los edificios alrededor están, como todos los días, expectantes en su oficio habitacional, mientras por las calles se desplazan los que viven en todas esas plantas. Es un día de fines del invierno, ya con avisos primaverales rebosantes de promesas cálidas. De su edificio en el justo cruce va saliendo Ariel, aquel inmigrante que ha logrado establecerse desde que llegó como indocumentado hasta hoy que es un emprendedor tecnológico ya con su estatus en regla. Pero algo le falta…

Cruza la avenida y va rumbo a la estación del metro, que queda más arriba. Ya incorporado al vagón que observa menos atestado de viajeros laborales, va a ubicarse en el único asiento disponible: junto a aquella dama de media edad, que irradia gracia.

Él no puede resistirse y se dirige a ella en su inglés imperfecto:

--Madame, ¿va cómoda junto a mí?

Ella lo mira y le responde en perfecto castellano:

--¿Usted que cree?

Él sonríe, y aquella sonrisa, que aspira a ser correspondida, tiene de pronto un magnetismo irresistible. Las manos se rozan, como por descuido, pero ese gesto se convierte de inmediato en clave de vida. Manhattan en verdad está amaneciendo.

TARDE DE LLUVIA EN MARZO

Salió de su oficina jurídica luego de una jornada de trabajo que había sido excepcionalmente intensa, y al salir a la calle lo primero que sintió fue la tentación de ir a deambular por algún lugar arbolado. Eran las reminiscencias escondidas de sus tiempos de caminante por las veredas de la finca de sus padres, que venían del campo y nunca se desprendieron de él, sobre todo anímicamente. Él heredó dicha nostalgia tupida, y eso lo sentía como la parte más viva de sí mismo.

De inmediato empezó a caminar sin rumbo definido hacia las colinas inmediatas, donde había vegetación que aún sobrevivía al agresivo avance de la construcción residencial con su verticalidad cada vez más imperante.

Aquella tarde, en esa ruta de ascenso se sintió de repente poseído por el ansia de perderse en la espesura, y en ese justo instante comenzó a cernir la lluvia, que no era propia de aquellos días de marzo. La vegetación se encerró en sí misma, y sólo unos pasos adelante apareció aquella construcción que mostraba visos de supervivencia ancestral. Llegó junto a la amplia puerta y tocó la aldaba, que sonó como eco gozoso.

--¡Bienvenido, señor, lo esperábamos desde hace tanto tiempo!

La puerta se abrió, y él pasó adelante. Ahí al pie de la amplia escalera de piedra estaba ella.

--¡Amor mío! –dijo él acercándosele como si fuera una imagen sagrada--. La lluvia imprevista me ha traído hasta ti, para que no nos volvamos a separar nunca…

BIENVENIDO, CANDOR DEL ALBA

La temporada del calorcito veraniego estaba iniciándose, y aquella pareja de recién llegados apenas iba retomando su rutina habitual en un ambiente que les era tan propio, y que allá afuera les había provocado tantas nostalgias.

--¿Qué decís: nos levantamos o nos quedamos un rato más en la cama?

--No sé. Aquí somos libres, porque no tenemos horario fijo.

--En algún momento vamos a tener que tenerlo. Pero para mientras…

--Que

--¡Salgamos a caminar antes de que las piernas se nos tullan!

Sin decir más, se levantaron al unísono, se pusieron las ropas que habían dejado sobre las sillas vecinas y salieron al aire. Estaban en una de las posadas de los alrededores del centro de la villa, a la que habían llegado por consejo de las redes sociales, y muy cerca se hallaban dos conglomerados contrastantes: un cementerio y un bosque empinado.

--¿Por dónde empezamos, mientras el sol nos deje andar tranquilos?

--Hay que echarlo a la suerte. ¿Cara o cruz?

Unos instantes después, caminaban entre las lápidas. Pero de inmediato salieron corriendo hacia afuera.

--¡No, no, si hemos venido a respirar en libertad, hagámoslo, y que la luz solar nos guíe!

--El bosque entonces les habrío los brazos.

EL INFINITO A CADA INSTANTE ASOMA

En un comienzo imaginamos que la vida va a ser eterna, y a medida que el tiempo pasa vamos reconociendo que cada día es un trozo de eternidad que se pierde.

Entonces, la conciencia de estar aquí se nos va volviendo más y más resignada, hasta que las horas ya no pueden ocultar su condición de gotas que caen en un recipiente inútil.

--Tu mirada ya no es la de antes. ¿Qué te ha pasado?

--¿A mí? Nada que no sea lo que a todos nos pasa: que nos vamos convirtiendo en involuntarios coleccionistas frustrados…

--¿De qué?

--De pétalos rotos que ya no reconocen su jardín original.

--¡No, no! Repiénsalo. Porque el jardín al que te refieres es la vida, y el destino de la vida nunca deja de existir, aunque nos cueste reconocerlo. Míralo, está ahí, junto a ti, obsérvalo y reconócelo.

--Ay, ¿pero cómo voy a hacerlo si todas las limitaciones de la condición humana prevalecen en mi ser?

--¡No, no! El que ahora te habla es ese destino, y estoy aquí para guiarte y acompañarte entre la infinitud de lo insondable…

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