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EUA deporta a cientos de centroamericanos que huyen de pandillas

La simple sospecha de ser leal a una pandilla rival es una sentencia de muerte. Muchas víctimas de este tipo de violencia suelen ser enterradas en fosas comunes y nunca llegan a ser encontradas.
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Travesía. Son meses de viaje por Guatemala y México, solo para ser encarcelados y deportados al llegar a Estados Unidos.

Travesía. Son meses de viaje por Guatemala y México, solo para ser encarcelados y deportados al llegar a Estados Unidos.

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¿Por qué lo hizo? ¿Por qué viajó más de mil millas en autobús y luego vadeó el Río Grande con un pequeño grupo de viajeros desesperados? ¿Por qué se adentró en el árido paisaje de Texas con nada más que la gorra negra de su esposo para protegerse del sol?

Es simple, dijo la mujer.

Había perdido a dos hijos por la violencia de las pandillas que reina en El Salvador. Su miedo, explicó, era que los asesinos “quieran terminar con la familia”.

Así que la pareja puso rumbo a Estados Unidos el 13 de mayo con la esperanza de llegar a Houston y reencontrarse con el único hijo que les queda vivo, que cruzó la frontera estadounidense hace un año.

Pero no lo lograron. Apenas una hora después de entrar a Texas, fueron capturados por la Patrulla Fronteriza, separados y encarcelados. La madre, con las muñecas y los tobillos encadenados, fue deportada el jueves junto con aproximadamente 100 migrantes a El Salvador.

Miles de personas están en su misma situación: huyen de las pandillas extremadamente violentas de El Salvador, Honduras y Guatemala, pero son interceptados cerca de la frontera de Estados Unidos y devueltos a sus países por la política de “tolerancia cero” del presidente Donald Trump.

En el año fiscal 2017, la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos realizó 310,531 detenciones de personas que estaban en el país de forma ilegal, pero solo el 0.09 % de los casos pertenecía a las maras que operan en Centroamérica, según las estadísticas de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza.

En 2000, los agentes fronterizos interceptaron a 1.6 millones de inmigrantes en la frontera suroccidental. De ellos, el 98 % eran mexicanos y apenas 29,000 procedían de otras naciones.

Pero en 2017 las autoridades estadounidenses sorprendieron a casi 163,000 migrantes de El Salvador, Guatemala y Honduras frente a unos 128,000 mexicanos.

“Esta es gente que, en su gran mayoría, está huyendo de la violencia”, señaló Kathy Bougher, una estadounidense que investiga el costo humano de la inmigración. “Y necesitan seguridad”.

Son personas como la mujer que estaba en el centro de inmigración para “repatriados”.

“Tengo miedo”, señaló.

Por temores sobre su seguridad, la mujer habló con The Associated Press solo bajo la condición de que no sería identificada.

Temía retornar a una localidad en la que las calculadoras pandillas ejercen el control, a un lugar donde sus miembros a menudo obligan a mujeres jóvenes a convertirse en esclavas sexuales, y matan a las que se niegan.

Un día del pasado noviembre, la hija de 19 años de la mujer salió de su casa. Iba a ver a una amiga, contó.

“Ella me dijo: ‘mirá mami, ya voy a venir. Voy allí no más’”, recordó la mujer. “Pero de allí no regresó ella”.

Estigmas. El presidente Donald Trump dice que los migrantes que llegan a Estados Unidos son pandilleros, pero la realidad es que los centroamericanos huyen de las maras.

La mujer explicó que acudió a la policía y a la fiscalía, pero nadie siguió el caso.

Cuatro meses más tarde, su hijo de 15 años le dijo que iba a comprar. Tampoco regresó y la madre decidió marcharse antes de que ella y su pareja desaparecieran también.

En la capital de El Salvador la amenaza de las maras no está presente a simple vista. El caótico tránsito de San Salvador discurre junto a hoteles, restaurantes de comida chatarra estadounidenses, edificios de oficinas de concreto y verdes rotondas.

Incluso La Chacra, la colonia donde se ubica el centro para inmigrantes detrás de altos muros de piedra, está controlado por la MS-13.

Se estima que el 90 % de las personas que son deportadas desde Estados Unidos vuelve a intentar llegar apenas unos días después, explicó Mauro Verzeletti, un sacerdote que dirige el Centro Pastoral para Migrantes.

La mujer deportada dijo que no sabe si volverá a intentarlo. Preguntada por quién la esperaba en su pueblo, miró al suelo y respondió en un hilo: “Nadie”.

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