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El desamparo de los retornados

El joven, de cabello castaño claro y tez blanca, tenía un trabajo, asistía a la iglesia, tenía una novia y, de vez en cuando, visitaba los terrenos de su hermano en el departamento de Cabañas. Todo eso quedó atrás antes de emprender el viaje hacia el norte.
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Unas lágrimas se escapan de los ojos cansados de Nelson. Es difícil para él contenerse cuando está a pocos minutos de llegar a El Salvador. No viaja solo, junto a él llegan otras 86 personas. De dónde viene es lo de menos, la razón por la que se fue tampoco interesa.

En la mente de Nelson solo existe una mezcla de miedo, tristeza y frustración. El sol apenas está saliendo por la mañana de este lunes de junio y, tal como estaba planeado, el grupo ha llegado a la frontera de La Hachadura, en el departamento de Ahuachapán. La altura y complexión doble de Nelson (nombre ficticio) ocultan los 21 años que cumplió hace unos meses, cuando estuvo detenido en las “hieleras” en Estados Unidos (EUA). El joven, de cabello castaño claro y tez blanca, tenía un trabajo, asistía a la iglesia, tenía una novia y, de vez en cuando, visitaba los terrenos de su hermano en el departamento de Cabañas. Todo eso quedó atrás antes de emprender el viaje hacia el norte.

Por esas cuatro razones, Nelson debía cruzar una calle que hace las veces de frontera imaginaria entre pandilleros rivales y entrar en zona contraria donde habitaba. Razones que fueron suficientes para que la pandilla que opera donde vivía lo tachara de “soplón” y recibiera una amenaza de muerte. Desde ese día de octubre de 2015, cuando el rumor llegó a sus oídos, Nelson no ha vuelto a poner un pie en su casa ni en su colonia. Desde ese momento, su único objetivo ha sido emigrar a Estados Unidos y no ha parado de luchar para conseguirlo.

Los 86 pasajeros vieron la oportunidad perfecta de conciliar el sueño en los asientos cómodos de los buses color gris que los llevan hacia la Dirección de Atención al Migrante, en la comunidad La Chacra, San Salvador. Cuando llegaron a la dirección, el sol lucía radiante en el centro de un cielo despejado. Las mujeres son las primeras en bajar. Con las manos tratan de cubrirse los ojos, bostezando, entreabriendo los ojos y acomodándose el cabello descienden las gradas del bus y se dirigen a los compartimentos para sacar su mochila o bolsa. Tras el grupo de mujeres del primer bus, bajan los hombres.

—¿Maleta, señor?

—No –contesta un hombre en yinas con el pasaporte en la bolsa del jeans.

Minutos después, llega el segundo bus. Se repite la misma acción. Es como retroceder la grabación y volver a ver al mismo grupo bajar sin cintas en los zapatos y sin cinchos. Según el coordinador de prensa del centro, Esteban Martínez, cuando están detenidos se los quitan para evitar un suicidio u homicidio.

La mayoría baja en silencio y los que hacen ruido y bromas parecen felices de regresar a su tierra o solo es otra manera de sobrellevar su preocupación. Quizá a eso se refería el presidente de la Red Nacional de Emprendedores Retornados (Renaceres) y miembro de Conmigrantes, cuando dice: “Los retornados traen una carga psicológica, tras haber estado presos allá, vienen y no les espera nada”.

“Cuando venía en el bus, no venía alegre para mi país”, dice Nelson con una mirada penetrante que esconde un poco de enojo e insatisfacción.

Nelson es de los que bajó en silencio. Quién sabe cuántos de los migrantes, que más que la mochila, vienen cargando el miedo a la muerte y deciden callarlo.

Ese miedo con el que carga Nelson, que lo empuja cada día a estar lejos de su país y que ha hecho que esta vez sea la cuarta en ser retornado a El Salvador.

Es la primera vez que se dirige a la Dirección de Atención al Migrante. Dos veces ha llegado al Aeropuerto Internacional Monseñor Óscar Arnulfo Romero, donde a diario arriba un aproximado de 135 deportados. En lo que va del año, vía aérea van 13,550 deportaciones hasta el 26 de junio pasado. Aunque nunca ha estado en el centro, sabe que esta vez no va a ser diferente a las otras ocasiones, donde después de notificar a su familia, lo llegan a traer y se va donde unos familiares.

Las 19 mujeres y los 67 hombres que llegaron este lunes se suman a los 10,137 retornados vía terrestre en los que va de 2016. El protocolo es el mismo, el grupo se ubica en la sala de recepción, les regalan cintas de zapatos, zapatos si no llevan, reciben las indicaciones generales y posteriormente el personal de cancillería ubicado en el centro les ofrece sus servicios para quienes estén interesados en insertarse en el mundo laboral o académico, o esa parece ser la promesa.

Mientras tanto, unos platican, se levantan al baño, comen las pupusas que les han dado o hablan por teléfono. Después de eso, solo quedan a la espera de ser llamados para la entrevista con un miembro de la Dirección General de Migración y Extranjería (DGME), donde dan sus datos y cuenta su experiencia para recibir ayuda.

—¿Vas a intentarlo otra vez?

—Claro, ¿qué voy a estar haciendo acá? Si de todos modos aunque me vaya para otro lugar, la pandilla por todos lados tiene conectes.

La respuesta de Nelson fue rápida y segura, aun después de haber escuchado la charla del personal de cancillería.

Este joven es uno de los que según el informe de 2015 de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), “la creciente violencia” en El Salvador, Guatemala y Honduras ha obligado a miles de personas a abandonar sus hogares para emigrar, principalmente, a México y Estados Unidos. A escala mundial, 65 millones de personas han huido a causa de la violencia.

Tarea que desde 2014 se les ha hecho más difícil a los salvadoreños. Desde la “crisis humanitaria”, las fronteras del Triángulo Norte y México han intensificado su seguridad evitando el paso de emigrantes desde Guatemala. La jefa de Atención al Migrante, Ana Solórzano, dice que dichas medidas han hecho que México se convierta en el primer país en deportar salvadoreños, dejando a Estados Unidos, que históricamente ha estado en primer lugar, en segundo.

Mientras espera su turno, Nelson recuerda todos los riesgos que ha tenido que pasar en los últimos meses. Hace un esfuerzo por decirlos, pero la voz se le empieza a quebrar y sus ojos se cristalizan. Se calla un momento mientras ve sus zapatos, aún sin cintas, y dice:

“No es fácil, imaginate cuánto tiempo llevo, ya voy a cumplir un año. Cuando me agarran, saber que voy para atrás y que no puedo llegar a mi casa, a mi colonia. Tener que volver a empezar de cero el viaje. Eso es lo que a veces más duele, porque uno sufre mucho en el camino”.

En una de las dos ocasiones que Nelson estuvo detenido en Estados Unidos encontró una manera de solucionar su problema y pidió refugio. Su solicitud pasó a ser parte de las 109,800 personas que solicitaron refugio en 2015, según el informe de ACNUR.

“La vez que lo pedí me preguntaron si había hecho la denuncia, pero acá si vos le decís a los policías, quiénes te han amenazado, ellos mismos le dicen a la pandilla. Es peor hacerlo, por eso yo no la hice. Es bien difícil probarles una amenaza”.

El problema que el director ejecutivo del Instituto Salvadoreño del Migrante (INSAMI), César Ríos, ve con respecto al refugio es que hay una “contradicción” entre el discurso de las personas que lo solicitan con la versión del Gobierno. Aunque reconocer que hay violencia pueda causarle problemas “geopolíticos” al país debido a la negociación de los millones que EUA dará a países del Triángulo Norte. “Estados Unidos le exige demostrar eficiencia en sus políticas de protección del país. Entonces, cómo el Gobierno se va a poner a decir que la violencia está causando la migración”, dijo Ríos, quien agregó que el Gobierno debe insistir en un “tratamiento humano social de esta movilidad humana y no ponerse al ritmo de los que quieren proteger sus fronteras a base de leyes obsoletas de migración”.

Nelson no contó su historia a los agentes de DGME, nunca lo ha hecho. En el fondo, se siente solo, sabe que contarlo no cambiará su situación. El Diagnóstico Sobre la Caracterización de la Población Salvadoreña Retornada con Necesidades de Protección, con información recopilada entre 2012-2013, consigna que el ámbito de acción del Estado salvadoreño para los retornados se “reduce al mero registro migratorio de ingreso al país”.

A pesar de que la violencia es uno de los tres factores principales que causan migración junto con problemas económicos y reunificación familiar, según el director de INSAMI, el Estado no cuenta con un programa de ayuda para este grupo de personas que no solo está emigrando, sino que es obligado a huir, no tiene otra alternativa.

Cuando los Estados “tienen la obligación de brindar apoyo para su reintegración holística”, dijo el jefe de Misión de la OIM para El Salvador, Guatemala y Honduras, Jorge Peraza Breedy, al preguntarle cuál sería el amparo ideal que debe de brindar un Gobierno a su población retornada.

No es mediodía aún y el centro está vacío. Con el grupo que llegó ese lunes, la cifra de retornados, hasta el 27 de junio de 2016, aumenta a 23,775. En 2014 fueron 51,252 y 2015 cerró con 52,188, según estadísticas de la DGME.

“Cada vez que voy y caigo en migración paso encerrado, vengo aquí y encerrado también”, dice Nelson, quien solo está a la espera de la llamada de su coyote para volver a intentar llegar como indocumentado a Estados Unidos.

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