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Ha pasado un año de las elecciones presidenciales más inverosímiles

El 9 de noviembre de 2016 Estados Unidos despertaba incrédulo a un terremoto político. 
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Hillary Clinton no logró romper el techo de cristal.

Hillary Clinton no logró romper el techo de cristal.

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La demócrata Hillary Clinton fue considerada durante meses vencedora segura de las elecciones en Estados Unidos. "The New York Times" llegó a cifrar sus posibilidades en el 85 por ciento. Donald Trump, estrella de "realities" y empresario multimillonario, tenía el 15 por ciento.


Así es como Estados Unidos llegó a la noche del 8 de noviembre de 2016. Y entonces esa curva de probabilidades se estrelló contra el suelo. Sin ninguna experiencia política, Trump fue elegido el presidente número 45 del país.


La historia de aquella jornada electoral es una de errores, falsas suposiciones y deseos expresados como si fueran realidades. Luego están los intentos masivos de influencia electoral desde un tercer país y la pregunta sobre el papel que tuvo el FBI en el resultado electoral.


Con pocas, muy pocas excepciones, nadie vio venir la victoria de Trump. Cuando el multimillonario anunció su candidatura en su torre de Nueva York el 16 de junio de 2015, todo fueron burlas.


Trump no tardó en comenzar a romper todas las reglas y los chistes se fueron apagando. Su carrera por la nominación del Partido Republicano avanzó sin dificultades. Coronado en la Convención de la formación en Cleveland, él enfocó hacia la meta. Y aún entonces, muchos no lo tomaban en serio.


Al finalizar la histórica noche electoral, Trump había logrado 304 votos en el colegio electoral frente a los 227 de Clinton. Que la demócrata tuviera un dos por ciento más de votos que su oponente no solo es señal de un anticuado sistema electoral, sino también de la división del país.


El mundo fue testigo incrédulo del camino de Trump al Despacho Oval. Rompió todos los tabúes, traspasó todas las líneas rojas. Cada vez que alguien pensaba que sería incapaz de sobrevivir políticamente a un escándalo, él ganaba más fuerza. Hubo escándalos machistas, racistas, nacionalistas, atacó a los judíos, a los discapacitados, a los inmigrantes. Y nada le dañó.


Su populismo arraigó en una parte de los estadounidenses. Y utilizó los miedos a la globalización. Cuánto lo hizo solo se vio después, porque sus contrincantes y, sobre todo, quienes informaban de la campaña, estaban en los lugares equivocados. Muchos pensaban que el liberalismo y la unidad de los años de Barack Obama eran el ADN de los Estados Unidos y se equivocaron.


Trump ganó esas elecciones también porque se opuso al establishment de forma vehemente y con demagogia. Muchos estadounidenses ven en Washington el símbolo de la inmovilidad, años de política de pasos pequeños. Y se pusieron del lado de Trump. 


Las elecciones podrían haber sido distintas si Clinton no hubiera sido la candidata equivocada en el momento equivocado. No había ruptura, no había aire fresco, no había previsión de un nuevo comienzo. La demócrata perdió estados que controlaba hasta entonces su partido. Perdió el cinturón industrial, Michigan e incluso Wisconsin. Apartar a Bernie Sanders dañó al partido.


La previsión de la primera mujer al frente del país no fue suficiente para convencer. Pocas figuras polarizan tanto en Estados Unidos como la de Clinton. El equipo de Trump canalizó ese odio y la demócrata cometió errores.
Que el entonces jefe del FBI, James Comey, informara al Congreso poco antes de las elecciones de que en el marco del escándalo de los e-mails de la ex secretaria de Estado se estaba haciendo una nueva revisión pudo influir en la votación.


Quienes votaron a Trump fueron siempre más parte de un movimiento que de un partido. Que expresara ideas autocráticas, entusiasmara a nacionalistas y extremistas de derecha, todo eso no les molestaba. Muchos trabajadores blancos votaron por él.


Trump fue además el primer candidato en utilizar Twitter como lo sigue haciendo. Las discusiones objetivas sobre contenidos, la civilidad y la competición sobre ideas quedaron como algo obsoleto del siglo XX.


Si la campaña de Trump trabajó con Rusia para influir en los comicios es algo que hoy se sigue investigando. Está demostrado el intento de influencia a través de Facebook: desde Rusia se hicieron contenidos entre junio de 2015 y agosto de 2017 que alcanzaron a 126 millones de usuarios en Estados Unidos.


Poco antes de cumplirse el primer aniversario de los comicios, Facebook se mostró arrepentido ante el Congreso y admitió que aprendió una "dolorosa lección", aunque quizás fue tarde.


Las elecciones presidenciales de hace un año no solo fueron una sacudida en Estados Unidos. Transformaron el país y también las relaciones internacionales. Trump es hoy el hombre más famoso del mundo y dónde conducirá todo esto no lo sabe nadie.

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