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La MS comienza a perder poder en Long Island

Sus crímenes son macabros y crueles. Sus víctimas: jóvenes que viven en zonas pobres, marginados. Pero en las calles de Long Island, en Nueva York, la Mara Salvatrucha 13 (MS-13) no es ni la sombra de lo que es en El Salvador.

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FOTO DE LA PRENSA/Carmen Rodríguez  Brentwood.  La nieve cubre las calle que conduce a la escuela donde estudiaban Kayla Cuevas y Nisa MIckens. Ellas fueron dos víctimas de la brutalidad con la que la MS-13 comete sus crímenes. Las mataron a puros golpes con bates.

FOTO DE LA PRENSA/Carmen Rodríguez Brentwood. La nieve cubre las calle que conduce a la escuela donde estudiaban Kayla Cuevas y Nisa MIckens. Ellas fueron dos víctimas de la brutalidad con la que la MS-13 comete sus crímenes. Las mataron a puros golpes con bates.

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El clima es frío, el invierno apenas empieza y ha nevado toda la noche. Faltan pocos días para Navidad. Las calles del barrio de Brentwood están cubiertas de nieve y parecen brillar por los destellos de las lucecitas de las decoraciones de los jardines. En los suburbios donde habitan familias de migrantes latinoamericanos, salvadoreños, indocumentados es raro que pase el “bulldozer” limpiando la nieve del camino, como sí lo hace en los barrios donde residen los ciudadanos estadounidenses. Entonces, la nieve se ha acumulado en las calles.

Brentwood es famoso entre los latinos y los que habitan las ciudades de Long Island. Esta isla queda a unas dos horas del bullicio, los turistas y el glamour de las principales ciudades de Nueva York, la capital del mundo.

Llegué a Brentwood desde la Gran Manzana con la intención de confirmar, como dicen algunos noticieros y algunas personas, si este barrio tiene algo parecido a las colonias de Soyapango, Ilopango o El Pino, en Santa Tecla, donde los que saben quién entra o quién sale de sus calles y los que mandan son los pandilleros.

“Los pilares de la MS-13, los que fundaron la pandilla aquí, están muriendo y cuando ellos se terminen, la pandilla se termina”. 
Élmer, pandillero retirado en Nueva York

Pregunté a varias personas si conocían a algún pandillero que quisiera contar su versión de lo que pasa. Todos conocían a uno: el amigo de un amigo, el primo de un amigo... Pero ninguno estaba en el área cuando le llamaban por teléfono.

Brentwood está lleno de restaurantes de comida salvadoreña y de los llamados “delis”, una especie de tienda de conveniencia. Hay uno de estos en cada cuadra.

Un compatriota, que me acompañó en mi recorrido por el barrio, mientras señalaba un deli, me dijo:

— En estos lugares es donde se mantienen estos muchachos (los pandilleros) solo que hay horas y días en los que se les ve por ahí. Ahora, como está haciendo frío, pocos salen.

El estigma del inmigrante

Mientras esperaba para entrar a la oficina del cónsul, me dediqué a seguir mi trabajo. Meticulosamente, veía a las personas que esperaban por algún servicio en la sede consular para ver si alguno tenía el peinado o la ropa de los MS.

Entonces, recordé las pregunta que me hizo un afroamericano hace tiempo.

— ¿Cómo es un pandillero? Me imagino que como eres salvadoreña puedes reconocer a uno de inmediato. Supongo que entre ustedes se reconocen, ¿no?

“No podemos tolerar este derramamiento de sangre de vidas hermosas, vibrantes... No podemos tolerar esta violencia un día más”. 
Donald Trump, presidente de Estados Unidos

Minutos después, pude hablar con el cónsul.

“La MS existe en Long Island. Pero decir que todos los salvadoreños son pandilleros o que están relacionados con las pandillas es irresponsable. La comunidad salvadoreña se ha dedicado a trabajar en este país. Muchos comentarios u opiniones, de republicanos especialmente, o gente que no quiere a los migrantes, con respecto del tema, son opiniones sin fundamento que se han politizado”, dice Miguel Ángel Alas, el cónsul de El Salvador en Long Island.

De acuerdo con los datos sobre asistencia a salvadoreños que tienen algún conflicto con las leyes estadounidenses, solo el 5 % de estos tiene que ver con las pandillas de manera directa o indirecta.

“No ha habido ningún cambio sustancial en relación con las atenciones por delitos relacionados a pandillas. El 80 % de los casos que atendemos tienen que ver con casos de salvadoreños detenidos por violencia intrafamiliar y estupro. Solo ha sido en 2008 que el consulado registró varias atenciones a personas por casos relacionados con pandillas”, explica el cónsul.

Los pandilleros están en las escuelas

En uno de los barrios de Long Island, conocí a Ana (nombre ficticio para proteger su identidad). Ella llegó desde Honduras con su mamá hace 10 años, cuando ella tenía solo cinco 5 de edad.

— ¿Cómo te va en la escuela?, le pregunté.

— Bien. A veces llego tarde. Entro a las ocho, pero como me quedo dormida, llego a las nueve. Le llaman a mi mamá para decirle que no he llegado, pero ella sabe que me agarra la tarde.

Como Ana, muchos jóvenes hijos de migrantes centroamericanos se la pasan solos en la casa, mientras sus padres trabajan todo el día. Algunos se involucran en las actividades de la escuela, pero otros se gastan el día jugando videojuegos o chateando con amigos.

— ¿Has visto pandilleros por aquí?

— Aquí por la colonia a veces se mantienen por la cafetería. Pero hoy, como la policía anda detrás de ellos, solo se dejan ver en la escuela… ¡Ahí sí hay bastantes!, dijo riéndose.

Luego pregunté si la habían molestado o amenazado alguna vez.

— Ellos solo se meten con los que van llegando y dicen que son pandilleros o los que sí parecen pandilleros. A mí (me molestaron) solo una vez que me puse unos zapatos que acababa de comprar. Esos que usan ellos, los Cortez. ¿Sabe de cuáles?

— Sí, sé de cuáles.

La plática con Ana sigue. Le pido que me explique cómo son los MS aquí: si usan tatuajes o cómo se visten.

— Si tienen tatuajes, no se les ven. Algunos se conocen porque todos dicen que son de la pandilla y porque tiene la gran cara de malo. Otros usan un corte de pelo que se dejan una colita atrás y usan pañuelos rojos o azules. Muchos en la escuela sabemos y no nos metemos con ellos, mejor.

En los suburbios ya conocen bien qué situaciones son un potencial peligro para que un joven decida ser miembro de pandilla. “El problema es que los jóvenes se pasan solos. Entiendo que los padres tienen que trabajar, pero en la escuela la comunidad migrante no se involucra en las actividades. Los padres no preparan a los jóvenes antes de traerlos a Estados Unidos y cuando el joven se encuentra con otra realidad ahí empieza a buscar el amor en las calles. Empieza a buscar cómo sentirse parte de algo”, dice José Aby Lino, que trabaja con las oenegés de la zona.

Lino me explica que muchos jóvenes llegaron a Long Island huyendo de círculos violentos en sus países y el odio que traen crece cuando se encuentran con que Estados Unidos no es lo que pensaron. Además, se encuentran con otra violencia muy parecida a la que vivieron en sus países, pero que en el fondo es la misma: discriminación y marginación.

“Muchos vienen con un trauma por la violencia que viven en sus países: en El Salvador, Guatemala, Honduras… Se encuentran solos todo el día y empiezan a frecuentar amigos que son mala influencia. Caen en drogas, en el alcohol y vuelven al círculo de violencia y así el odio que traen viene creciendo”, dice Lino.

La muerte baila en Long Island

La MS se ha hecho “famosa” por la barbarie con la que sus miembros asesinan con bates y cortan miembros con machetes a sus víctimas. Este sello se imprimió en los crímenes que cometieron pandilleros, incluidos salvadoreños, en Long Island.

En menos de dos años, 17 jóvenes fueron asesinados por pandilleros de la MS. Y, según la fiscalía estadounidense, el FBI y la Unidad Especial Antipandillas de la Policía federal, lo hicieron para ganarse el “miedo y respeto”. Igual que en las colonias pobres de El Salvador.

En el transcurso de 2017, la fiscalía estadounidense pidió la pena de muerte o cadena perpetua para un grupo de 17 pandilleros acusados de varios delitos, entre ellos: participar del crimen organizado y homicidios.

El asesinato de Kayla Cuevas, de origen puertorriqueño, y Nisa Mickens, su mejor amiga, fue la que terminó de estigmatizar a los miembros de la estructura criminal. Los pandilleros le propinaron a estas dos jóvenes una paliza brutal.

Después, vino el discurso del presidente Donald Trump y dos de sus funcionarios más cercanos: el general retirado y jefe de Gabinete de la Casa Blanca, John Kelly, y el actual titular del Departamento de Justicia, Jeff Sessions.

“Empiezan a frecuentar amigos que son mala influencia. Caen en las drogas, en el alcohol y vuelven al círculo de violencia y así, el odio que traen, viene creciendo” 
José Aby Lino, neoyorquino que trabaja con ONG

Pero estos no son los únicos crímenes macabros que han ocurrido en Long Island.

La Policía y el FBI todavía investigan otra docena de homicidios atribuidos a un asesino en serie que aún ronda en los barrios neoyorquinos.

Este asesino, del que las autoridades no tienen ni una pista, mató a más de 10 prostitutas entre 2009 y 2015, y dejó los cuerpos enterrados en una zona boscosa de las que abundan en el área, como también lo hizo la MS con varias de sus víctimas.

Además, este año, los fiscales presentaron en un tribunal neoyorquino un pliego de acusaciones por más de 12 crímenes, incluidos homicidios, en contra de miembros de la pandilla Bloods, formada por afroamericanos.

Los crímenes de la MS no son los únicos. Desde finales de los años noventa hasta el año pasado, Long Island ha tenido varias olas de violencia y asesinatos, cometidos por pandilleros estadounidenses y tres asesinos en serie, incluido un cartero que conocía la zona.

“La MS no es la única amenaza ni la única pandilla en Long Island. Aquí también hay Creeps, Bloods, que también tienen que matar por la sangre, verdad, porque eso significa su nombre (blood es sangre en inglés). Hay Latin Kings, hay dominicanos, hay (Barrio) 18 y también hay una pandilla que se ha formado recientemente los SWP, Salvadorean With Pride”, me dice un pandillero retirado de la actividad, pero que igual pidió no ser identificado, por seguridad.

El enemigo de todos

El último día que estuve en la ciudad, conocí a Élmer (nombre usado para resguardar la identidad real del expandillero).

Una familia me habló de un “hermano de la iglesia”, un salvadoreño que durante años fue pandillero en Far Rockaway, otro condado de Long Island, que ahora “da testimonio de la obra de Dios” en la iglesia. La familia arregla la reunión para que Élmer me cuente su versión y su historia.

“Lo que ha hecho este presidente con todos sus discursos antipandillas y antiinmigrantes es poner a la MS en una posición que no tiene. La MS no ha podido crecer ni salir de Long Island, porque no domina en la zona, porque no domina las cárceles. Sí, los pandilleros de aquí se comunican con los del El Salvador para pedir luz verde para ciertas cosas, pero en las calles solo forman grupos de dos o tres o hasta cinco y solo ellos no hacen nada”, me dice Élmer.

— ¿Cómo no ha podido crecer? ¿Y los crímenes que han cometido en Suffolk, en Brentwood y Central Islip, no son nada?, le pregunto.

— Bueno no podemos decir que esos crímenes no son nada, pero estos han sido casos, digamos, diferentes. Las pandillas siempre han estado aquí en Long Island, lo que pasa que ahora los políticos, las noticias, la gente han hecho más escándalo. Los MS, los (Barrio) 18, los Bloods son igual de violentos y siempre han existido en Far Rockaway, en Queens, en el Bronx, me responde Élmer.

— ¿Quién manda en las calles entonces?, insisto.

“Aquí las cosas no son como en El Salvador. La policía persigue, la policía arresta. Las pandillas no mandan en las calles: mandan en sus barrios. Pero no como en El Salvador, porque la policía aquí los persigue hasta sacarlos de las calles o hasta arrestarlos a todos y en este país la MS no es organizada, no tiene una organización como la de los Latin Kings, por ejemplo”, explicó Élmer. Y señala con seriedad: “Además, aquí la MS no ha podido crecer porque no es organizada y porque no solo tiene al (Barrio) 18 como rival. Todas las pandillas, los (Latin) Kings, los Bloods, los Creeps, los dominicanos, la misma Policía, todos ven a esta pandilla como el peor enemigo”.

Entre tantos rivales, entonces, ¿por qué arremeten en concreto contra la MS-13? Incluso The Washington Post y canales de televisión les han dedicado amplios reportajes. Élmer aclara:

— Cuando nosotros, los viejos, empezamos en esto fue por cuestiones raciales, por cuestiones de marcar el territorio donde crecimos. Hoy los jóvenes quieren dinero fácil para drogas, para celulares, para ropa. Los jóvenes ahora creen que es bonito morir por el nombre de la pandilla cuando en realidad los que mueren lo hacen por nada.

El fin de la MS en Estados Unidos, ¿está cerca?

Élmer ahora se dedica a su trabajo. Tiene una pequeña empresa que da empleo a varias personas en los alrededores de Long Island. Además, está yendo a una clínica para borrarse los tatuajes de la pandilla, porque quiere ir a El Salvador y quiere abrir una escuela de inglés para niños que viven en situación de riesgo.

Después de explicarme sobre reglas, códigos y experiencias en la pandilla, Élmer guarda silencio unos minutos y suspira para decirme que tiene pesadillas por las noches y que su primo le ha dicho que eso se llama estrés postraumático. Piensa en todos los pandilleros que se sienten atrapados.

“Los que sobrevivimos a las pandillas y que ahora estamos ya tocando los 40 no queremos nada de esto para nuestros hijos. Muchos de los que conocí están en la cárcel o muertos y otros ya no queremos esa vida. Los pilares de la MS, los que fundaron la pandilla aquí, están muriendo y cuando ellos se terminen, la pandilla se termina, porque a los jóvenes ahora no les interesa ni su vida”, dice Élmer con cierta nostalgia en los ojos.

— ¿Hay posibilidades?, le pregunto.

Pero parece que el expandillero de la MS no encuentra ninguna. “Todo tiene un fin. Nosotros no queremos ser deportados, no queremos que nos separen de nuestras familias, de nuestros hijos que nacieron en Estados Unidos, que son (ciudadanos) americanos. Todo tiene un comienzo y los pilares de las pandillas en Estados Unidos se están muriendo”, finaliza.

17
 pandilleros de la MS condenados a las penas máximas en EUA.


 40
 de los 50 estados de la unión norteamericana tienen presencia de la MS-13.

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