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La historia de Gabriela Mónico, la salvadoreña que migró hacia EUA siendo adolescente y ha sido admitida en prestigiosas universidades como Yale y Harvard

Tras migrar a EUA, Gabriela tuvo que vivir en un tráiler, pedir posada en la casa de amigos o dormir en las oficinas de la universidad para obtener su pregrado. A veces tampoco tenía para comer. Además, tuvo que soportar comentarios desalentadores ligados a su condición económica y estatus migratorio irregular, así como amenazas a ser reportada al ICE. Su admisión en Yale, Harvard o Columbia es un logro no solo para ella sino para la comunidad latina, privada de recursos en el transcurso de la historia, considera.

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Gabriela Mónico tenía 16 años cuando migró hacia Estados Unidos con una visa de turista. Era el año 2005 cuando la adolescente dejó atrás su vida en la capital salvadoreña y se quedó viviendo en el país norteamericano.

Su padre se había ido dos años antes, en el 2003, “en busca de mejores oportunidades” y ella decidió “seguirle los pasos”, relata Gabriela, quien ahora tiene 31 años, un pregrado en estudios étnicos, ciudadanía y trabaja como asistente legal (paralegal) en un despacho de abogadas de inmigración.

“Al vencer (la visa) yo me quedé en EUA de forma indocumentada, lo cual me llevó a vivir muchísimas dificultades”, cuenta.

Después de una década y media en Estados Unidos, Gabriela ha cosechado varios éxitos en su formación profesional. Uno de los más recientes es su admisión a Yale, Harvard y Columbia, las más prestigiosas universidades en ese país, donde estudiará un doctorado en leyes. “Yale es la universidad número uno en derecho en EUA”, explica.

Sin embargo, el trayecto para que una joven salvadoreña indocumentada y de pocos recursos llegue hasta ahí incluye varios obstáculos que superar.

Gabriela Mónico, en el puesto de su abuela en el mercado central de San Salvador. Foto: cortesía

Gabriela cuenta que nació en Santa Tecla pero creció en San Salvador. Tiene un hermano llamado Ricardo nueve años menor. Cuando era niña, su madre trabajaba vendiendo frutas y verduras en el Mercado Central, como lo hizo antes su abuela, y años después puso una venta de almuerzos. “Mi madre es del cantón Las Pilas, Chalatenango. Ella es de orígenes muy humildes y no alcanzó un nivel alto de educación debido a la falta de oportunidades. Me ha contado que cuando estaba joven ella y su familia tenían que esconderse en hoyos debajo de la tierra durante el conflicto armado”, recuerda.

Sobre su padre, Gabriela relata que es originario de San Salvador y proviene de “una familia de clase media”. Antes de migrar hacia Estados Unidos, hace 17 años, en El Salvador trabajaba empastando libros.

La casa de los abuelos paternos fue el lugar Gabriela creció junto con su hermano y sus padres. También vivían ahí sus tíos paternos, primos y su bisabuela. “Mis padres emigraron a Estados Unidos en diferentes momentos, así que hubo ciertos años en los que mi familia extensa tuvo un rol importante en mi crianza”, explica.

Cuando ella se fue a vivir a EUA, se mudó con su padre y continuó sus estudios. “Yo no era bilingüe en el idioma inglés cuando empecé a vivir en EUA. Al empezar el bachillerato en Azusa High School, una escuela en el condado de Los Ángeles donde la mayoría de estudiantes son latinos y de familias humildes, tuve muchas dificultades en comunicarme con docentes y otros estudiantes en la escuela. También tuve dificultades adaptándome al sistema educativo de acá, que es diferente. Hubo muchas veces que me iba a dormir a las 3:00 de la madrugada estudiando materias de bachillerato, porque tenía que compensar por la barrera del idioma”, recuerda.

Para ese entonces, ella vivía con su papá y la pareja de este en “un tráiler Winnebago muy viejo que estaba estacionado en el patio de la casa del dueño”.

Gabriela vivió en un tráiler en sus primeros años en Estados Unidos. Foto: cortesía

“Era difícil salir adelante para mi padre, ya que no tenía los recursos ni el estatus migratorio en regla para ello. No teníamos muchas cosas que en EUA se consideran básicas, como aseguranza médica”, dice.

En esas condiciones, y por la falta de espacio dentro del tráiler, Gabriela estudiaba afuera, “a menudo en la noche” e “incluso en el invierno”.

“Cuando llegue a un nivel en el que dominaba más el idioma, traté de tomar clases avanzadas que me iban a facilitar la entrada a la universidad. Los profesores que impartían esas clases accedieron a que yo fuera su estudiante. Sin embargo, mis consejeros en el bachillerato cambiaron mis clases porque no creían que alguien tan recién llegado podría tener éxito en ese tipo de clases. En ese momento tuve que abogar por mi misma para que cambiaran de parecer”, relata.

Durante la escuela tuvo que soportar comentarios desalentadores sobre su futuro académico. “No creían que alguien como yo podía llegar a la universidad, debido a mi estatus de indocumentada y la falta de recursos”.

Sin embargo, cuando obtuvo su diploma como bachiller y fue hora de la universidad, Gabriela fue aceptada en varias instituciones estatales. “A pesar de no tener los medios económicos, decidí asistir a la Universidad de California, Berkeley”. Esta no es cualquiera, se trata de “la mejor universidad pública de EUA”. “Fue difícil entrar debido a que tiene un proceso de admisión competitivo”, explica.

En este punto, fue necesario que Gabriela se mudara del sur de California hacia el norte. Lo hizo por su propia cuenta, siguiendo su sueño de asistir a la universidad, y “sin saber qué pasaría”.

“Mis padres no pudieron ayudarme en esta etapa de mi vida, ya que son de bajos recursos. El primer semestre pude asistir gracias a becas privadas que pagaron la colegiatura. Aún así, me tocó vivir en una ciudad lejos de la universidad, ya que no podía costear la renta en Berkeley. Viajaba por horas en transporte público a diario para poder estudiar”, cuenta.

Gabriela Mónico, el día en que se graduó del pregrado en la Universidad de Berkeley. Foto: cortesía

Gabriela comenzó su vida laboral mientras cursaba su pregrado. “Aún así tuve dificultades para salir adelante. A veces no tenía ni qué comer. Hubo un momento en el que no podía pagar la colegiatura de la universidad y estuve a punto de dejar mis estudios”.

Recuerda que continuó gracias a una beca privada que obtuvo “a último minuto”.

Su paso por la universidad estuvo marcado por varias penurias. “Hubo un semestre en el que no tenía dónde vivir. A veces me daban posada compañeros de universidad y otras veces pasaba las noches en una oficina en la universidad. Salir adelante con mis estudios fue muy difícil, ya que la prioridad no era el estudiar, sino el sobrevivir”, relata.

Gabriela obtuvo un pregrado en estudios étnicos en la Universidad de Berkeley. Foto: cortesía

Además de la falta de dinero, la discriminación por su estatus migratorio también era otro problema que encontró. “Hubo un compañero que me acusó de tomar el puesto de ciudadanos estadounidenses en la universidad. Él me amenazó con reportar mi información a las autoridades migratorias ICE”.

Por otra parte, Gabriela destaca que la universidad “fue un espacio de crecimiento personal y como líder”. Conoció a otros estudiantes con situación similar a la suya y se organizaban para promover actividades en apoyo a los derechos de los inmigrantes. “Debido al involucramiento de estudiantes en diferentes partes del país, se lograron victorias como el programa DACA, del que se han beneficiado muchos jóvenes”, recuerda.

“Hubo un compañero que me acusó de tomar el puesto de ciudadanos estadounidenses en la universidad.

Gabriela se involucró como activista por los derechos de los inmigrantes durante sus años en la universidad. Foto. cortesía

En Berkeley obtuvo su pregrado en estudios étnicos, que es una “materia interdisciplinaria que explora temas relacionados con los conceptos de raza, etnia y la relación de estos con la sociedad de hoy en día”. Indica que se especializó en eso porque su experiencia “como mujer latina e indocumentada en EUA” la hacía identificarse con dicha especialización.

Además, su activismo y estudios sobre raza y etnia confluyeron para que participara de un trabajo de investigación independiente que combinaba con el tiempo en la universidad y cuyos resultados serán publicados este año en un capítulo en un texto académico de la editorial Duke University Press, de la Universidad de Duke.

La ciudadanía llegó hasta hace poco para Gabriela, en 2019, cinco años después de contraer matrimonio con un ciudadano estadounidense.

“Desde que solucioné mi situación migratoria en EUA, he sido asistente legal (paralegal) en la oficina de la abogada Helen Lawrence, un despacho de abogadas de inmigración. Este despacho es uno de los mejores en el área de la bahía de San Francisco y provee muchos servicios, incluyendo representación para personas en detención”, dice la salvadoreña, que ahora vive en Berkeley. Su trabajo se encuentra en Oakland, a pocos kilómetros de su ciudad.

Gabriela trabaja como paralegal en un despacho de abogadas de inmigración en Oakland, California. Foto: cortesía

Actualmente, además de trabajar en el despacho, estudia para prepararse con anticipación para estudiar el doctorado en leyes en una de las universidades en las que se ha ganado el ingreso tras su aplicación en 2019.

“En EUA, el área de derecho es un doctorado y no se puede estudiar como parte de un pregrado. El proceso de aplicar fue un reto, ya que los programas de derecho aquí son muy competitivos. Tuve que tomar exámenes, escribir ensayos y asistir a entrevistas”, explica.

Yale, Harvard y Columbia son universidades de las cuales se han graduado la mayoría de los jueces de la corte suprema de Estados Unidos.

Que Gabriela haya podido acceder a ellas es admirable, tomando en cuenta las condiciones a las que se ha enfrentado. “Este ha sido un logro muy importante para mí, mi familia y mi comunidad”, manifiesta. Destaca que “en EUA, solo el 3 % de los abogados son de origen latino a pesar de que los latinos forman el 17 % de la población en general”. Considera que eso se debe a la falta de recursos a los que esa comunidad ha tenido acceso en el transcurso de la historia.

Ayudar a muchas personas, incluyendo salvadoreños y centroamericanos, es uno de los propósitos de Gabriela, que continúa cultivando sus conocimientos en leyes de inmigración.

“También quiero especializarme en derecho penal, y en la rama que estudia la intersección entre el derecho penal y de inmigración”, cuenta. Espera que su admisión en Yale y Harvard abran muchas puertas. “Las posibilidades son muchas”, concluye.

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