Silencio en Langley Park, Maryland

Suelen estar frente al “Seven Eleven” durante todo el año. A partir de noviembre, cuando el frío empieza a apretar, llegan un poco más tarde, a eso de las 7 de la mañana.
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Entran a la tienda y salen, casi siempre, con un pan dulce y un café –unos $3 por el desayuno– que entretendrán durante las horas que siguen, mientras esperan a ver si sale algo de trabajo. Los jornaleros de Langley Park son, desde hace década y media, una estampa adherida a este 7-11.

Ayer había menos. ¿El frío –cero grados Celsius por primera vez en lo que va de este invierno tímido que dejó un diciembre con temperaturas de hasta 20 grados Celsius? “Puede ser”, dice Miguel (nombre cambiado), un boliviano de rostro duro que acepta hablar tras advertirme que ni se me ocurra sacar el celular para tomarle fotos. “Pero es más todo esto de la migra”, matiza.

Langley Park, un barrio-ciudad ubicado en el distrito de Takoma Park, en el estado de Maryland, a unos 20 kilómetros de la Casa Blanca, es uno de los lugares en que se ha establecido la comunidad centroamericana desde inicios de la década pasada. Es un lugar dinámico, cuyo centro es la inmensa bocacalle formada por el University Boulevard, que une a Wheaton, Silver Spring y Hyattsville, también cónclaves migrantes, y la New Hampshire Avenue, que lleva hasta el centro de Washington.

Alrededor de esa bocacalle hay centeneras de negocios: casi todos, excepción hecha de los infaltables McDonald’s o Starbucks, son latinos o africanos. Aquí está el Pollo Campero, hay restaurantes peruanos, está la pupusería El Comalito... Aquí se habla y se vive en español. Aunque no hay cifras exactas, organizaciones de atención a migrantes calculan que buena parte de quienes viven en Langley Park no tienen papeles. Esa circunstancia, la de no tener documentos legales, no suele ser un obstáculo mayor en Maryland: con una licencia, accesible en este estado para indocumentados, se puede hacer casi de todo, desde alquilar un apartamento hasta abrir una cuenta de banco. Los indocumentados de Langley Park y alrededores viven, digamos, bajo una sombra menos intensa que en otros lugares del área, como Virginia, al sur. Pero desde las fiestas de diciembre, la sombra ha crecido.

El sábado anterior, por ejemplo, Alejandra (nombre cambiado), residente en un complejo de apartamentos en la calle Carroll, posteó en su Facebook que a eso de las 7 de la noche recién salía de Megamart, un supermercado latino, cuando vio agentes de ICE cerca de un retén que la policía local, del condado de Montgomery, suele poner cerca para detectar conductores borrachos. “Vi que unos policías se llevaron a alguna gente”, dijo luego en un mensaje directo. (ICE no ha hecho comentarios sobre esta y otras denuncias, pero la Policía de Montgomery ha desmentido que haya habido redadas de ICE en el área).

La alarma se había extendido el fin de semana a los padres de familia indocumentados que se disponían a mandar a sus hijos a las escuelas locales el lunes, luego del asueto navideño. Sin embargo, la Asociación Nacional de Directores de Escuelas (NSBA, en inglés) hizo público ayer mismo un comunicado en el que explica que una resolución de la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos, conocida como Plyer, garantiza a los niños indocumentados acceder a educación y dificulta el acceso de DHS a las bases de datos sobre el estatus migratorio de los estudiantes enlistados.

Por ahora, en el condado de Montgomery, organizaciones que trabajan con los migrantes de Langley Park, con sus jornaleros –como Miguel–, sus jóvenes, sus comerciantes y sus estudiantes tienen programado reunirse con la policía local esta semana para aclarar cómo se ejecutarán los lineamientos de detención y deportación de indocumentados de ICE y DHS.

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