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Alianza se sacó la espina

El Alianza tuvo más fútbol y fue el rey de la final con más morbo y rivalidad de los últimos años, premiada con su copa 14. El FAS termina la década sin títulos.

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Al Alianza no le pesó la carga de jugar una de las finales más esperadas de los últimos años y concluyó la exitosa misión con su cetro número cinco en una década repleta de memorias, anécdotas, trofeos y sobre todo, mucho fútbol.

Era su séptima final seguida y se notó con creces esa experiencia, coronada con un gol del trabajador Narciso Orellana para despertar la fiesta blanca y amarrar su trofeo 14 en el fútbol salvadoreño.

Con fútbol suficiente en sus pies, la oncena de Alianza llegó ayer al Cuscatlán, a pelear codo a codo con un FAS huérfano de copas en este periodo de 10 años eternos... y secos.

Ni esa necesidad reavivó la grandeza del cuadro santaneco, que tropezó ante un elefante que fue valiente y no renunció a su idea en esta final del Apertura 2019, jugada en una fiesta a estadio repleto, asfixiado de almas que cantaron cada gol, cada jugada.

Los albos deben este triunfo a su buena labor en cancha, en donde las pinceladas de Monterroza, la visión de halcón de Olivera y dos trenes balas imparables en las bandas amarraron un triunfo que, en la previa, era pensable, pero no con la autoridad con que los paquidermos lo consiguieron.

Y si bien es cierto que el FAS luchó con lo que tenía a la mano y dio sensación de que se quedó corto a las expectativas, el aparato defensivo de Alianza mostró sus credenciales y Narciso, luego "Clavito" Portillo y los siempre atentos Henry Romero e Iván Mancía se encargaron de anular a la delantera fasista.

Un fas valiente

Lo intentaron los de Memo Rivera, tuvieron enorme mérito, y más de alguno de los miles de hinchas que llegaron como en peregrinaje al Cuscatlán reconoció que su equipo cayó con el cuchillo en la mano.

Pese a tener la llave en las manos, con un juego de posesión y de mucho desborde, Alianza y FAS bien pudieron irse a la prórroga, pero un cabezazo de Narciso, desviado en el pie de Ibsen Castro, cambió la ruta de la final y el destino de la copa fue la capital.

Desde antes del pitazo inicial y su posterior conclusión, con Alianza saltando en el engramllado y festejando una nueva gloria deportiva, el Cuscatlán fue un concierto de voces que endiosaban a sus ídolos, aficionados que se dejaron las energías en los dos sectores divididos por una línea negrita de policías en el sol general y algunas vallas en el resto de graderíos populares.

La guerra de cánticos, de ondeo de banderas y dedicatorias entre aficiones solo se cortó por un homenaje a los mundialistas históricos que pusieron a la nación en el mapa décadas atrás.

Se fue la tregua en las gradas y los minutos previos eran un hervidero de emociones; los jugadores, bajo el intenso sol, pero con el corazón caliente desde mucho antes, sabían lo que se les venía. Era una final caliente.

Y hubo nervios, pero sobre todo en el Tigre, que mostró desorden, desentendimiento en las coberturas y muchas facilidades a un Alianza que fue dominante, hasta sin quererlo, en la primera mitad del partido.

Wilson Gutiérrez, el mejor estratega del torneo regular, vestía ropa oscura, similar a un reflexivo hasta el último segundo Memo Rivera, que llegó de negro y una corbata que lo asfixiaba cada vez que los albos armaban una acción peligrosa.

Minutos nerviosos

Sin acelerar, pero con criterio y muchas libertades en la zona de creación, los elefantes se fabricaron la primera llegada gracias a un descuido de Xavier García, errático en los primeros 45, quien dejó pasar un balón y permitió un centro al velocista máximo, Óscar Cerén, que mandó a "Cabrita" Portillo.

Un salvador Ibsen Castro bloqueó el que pudo ser un 0-1 caótico, ante un mar de almas que gritaron "Ufff" en la sábana azul y roja al sur del estadio y una multitud que se tomó la cabeza, pintada de blanca, y lamentó que no llegara el gol inaugural, el que habría descompresionado.

Pacheco, en la portería tigrilla, fue de menos a más y casi se gana la amonestación por hacer tiempo. Al 6’, despejó mal uno de varios balones largos que regaló a los ingenieros del medio campo albo y uno de esos creadores, Monterroza, sacó un torpedo sin dirección.

El FAS, sin argumentos en una extraviada cintura de cancha, comenzó a repartir patadas; el Alianza tampoco se hizo del ojo pacho y regaló una que otra acción que rozó la ilegalidad del reglamento.


 

Finalmente la conexión Gil - Rivera en punta permitió desahogar el desconcierto de la zaga tigrilla y generó una combinación de pases que culminó con un remate del mismo "Torito" a las manos de García, que saltó sobre su ángulo izquierdo.

Cerén dribló a placer desde la banda diestra, dejó mal parados a Siliázar y Diego Chávez, nóveles en una final con la camiseta rojiazul y quienes pagaron con sacrificios en su zona.

La afición jugaba su partido en la grada. "Que lo cobre Pacheco", gritó un seguidor del Tigre en un tiro libre desperdiciado por Julio Amaya, recordando a uno de los viejos íconos de la playera occidental.

Pero más allá de los pelotazos buscando a "Torito" o al espigado Gil Hurtado, otro de los debutantes en un juego cumbre, la fórmula no calaba y los albos se vieron ante un oponente que lo que menos mostraba era colmillos.

El elefante, con carretera desierta al momento de recibir, no tuvo problemas en armar combinaciones entre sus jugones. Monterroza, bailarín en el ecuador de la cancha, Olivera, un 10 destrabado y repartidor, y Narciso, que lejos de marcar, se dedicó a ser un tercer creativo.

Portillo y Cerén se dispararon por los costados y el FAS no veía pronto el pitazo del medio tiempo, hasta que llegó un descanso alargado por un aterrizaje paracaídista con los escudos de ambas instituciones que tomó más de lo esperado.

Pero no solo Monterroza y Narciso -desde la media distancia- probaron a Pacheco. El cafetero Peñaranda se dio el lujo, a los 39’, de darse vuelta y rematar suave a los guantes del arquero. Romero también lo hizo, tras una mala salida del cancerbero; hasta Jiménez probó, pero sin brújula en el botín.

Era más Alianza, con lo justo, sin ahondar en las formas y mantenerse en lo práctico, pero sobre todo, haciendo valer la calidad posición por posición.

Acabó la charla de los 15 minutos, que se extendieron a 21, y los equipos saltaron a la cancha con la idea de romper la barrera entre lo que se les dice y lo que deben hacer. El Alianza entró relajado, había hecho su juego con tranquilidad y llegó a sentirse más local que nunca.

Para el FAS la tarea era corregir los yerros de una errática primera parte.

Pero quien hizo los primeros arreglos en su dibujo fue Wilson, Gutiérrez, que sacó al capitán Monterroza, golpeado en la parte inicial, y dio ingreso a Isaac Portillo, siempre efectivo en las entregas, con unos desmarques constantes y que fungió como sabueso para liberar un poco de la tarea del marcaje a Narciso, quien se volvió un creador más ante la poca presión fasista.

Y la receta del estratega colombiano siguió dando frutos. Peñaranda tuvo una ocasión tempranera que mandó al poste y le botó la bebida a más de un seguidor ansioso. La acción también despertó un diluvio de insultos al asistente por un fuera de lugar que la gente del FAS clamó fervorosa.

Pero tras ese rayo de Peñaranda, fue el felino el que comenzó a aruñar, porque con fútbol no lo hacía el cuadro tigrillo, sino con puro riñón, entrega y mucho empuje.

Y ahí apareció un lúcido Rafa García, que sacó un venenoso tiro libre de Landaverde, que se colaba en la esquina.

Memo, con traje oscuro, pero rojo como el fuego, vivía su partido, con intensidad, esa que mostraron sus jugadores hasta el complemento, en donde Stradella mejoró su performance y lanzó un centro que Henry Romero casi mete en propia meta.

Llegó Quiñónez por un batallador Rivera, a quien el hambre de protagonismo le permitió aparecer en pocas ocasiones, pero sin el punch que buscaba Memo con el veterano Jeison.

el desenlace

Pero el Alianza se reanimó, sin mover piezas, simplemente reactivó su maquinaria y en un mano a mano en la banda, Peñaranda la hizo de Cerén y le ganó el balón al ecuatoriano Moscoso, mandó un globo a la cocina y un inesperado Narciso llegó para cabecear imperial, solo, y cambió el palo a un vencido Pacheco con alguna complicidad de Ibsen Castro, en cuya rodilla se desvió el balón.

Se agrandó el elefante, que aun sin su principal cerebro en la cancha tuvo neuronas y manejó la posesión hasta la entrada de Marvin Ramos, que llegó como luminaria a prender brevemente los focos de un medio campo fasista en el limbo.

Se puso el overol, como gusta decir a los DTs, y comenzó a combinarse con Landaverde, quien extrañó a un socio para armar jugadas y ya no recurrir tanto al balonazo.

Restaba poco y solamente el sector de sol, en ambos extremos del recinto, explotaba con tambores y y gritos. El epílogo estaba próximo.

Puso llave con razón Wilson y dio luz verde a la llegada de Óscar Rodríguez, novato en finales, para oxigenar en el marcaje. También llegó "el Cacho" Larín, a quien curiosamente no le llovieron tantos silbidos pese a su pasado fasista.

En FAS, con Jeison y Gil en la punta del puñal, Rivera se jugó la última carta y metió a un tercer atacante, Bryan Paz, que apenas pudo tocar bola.

Llegó el silbatazo final y la conclusión de un juego electrizante desde el momento en que la pólvora se encendió en la previa y que en 90 minutos tuvo a un justo ganador en la oncena blanca, que cierra la década con su tercera copa arrebatada al FAS. Los santanecos deben ahora recomponerse de un golpe histórico de su archirrival.

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