Aquellas amistades

En pleno día del amor y la amistad, recordamos a parejas destacadas del deporte.
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Como Asterix y Obelix, Calvin y Hobbes o como Mafalda y su grupo de amigos. ¿Qué sería de la vida sin amigos? Los que dan la mano para levantarse cuando uno ha caído (después de haberse reído) o los que también ponen su hombro para apoyarse (si no es que se apartan para hacer otra vez la broma de la caída) en los problemas.

El deporte, como modo de vida, también ha tenido a lo largo de los tiempos parejas simbólicas, amistades eternas. Las que trascendieron las rivalidades, las que marcaron época en una disciplina, otras en las que no importó la edad, amistades a partir de ser alumno y maestro, o las amistades-odio de los que se pelean y se vuelven a contentar al instante.

Y los ejemplos sobran a montones. Asociaciones mágicas, como la de Earvin “Magic” Johnson y Kareem Abdul-Jabbar, que dominaron la segunda mitad de la NBA en los ochenta, o la inolvidable Ronaldinho-Leo Messi, en la que el argentino se convirtió en heredero de la magia del brasileño.

Empero, también, de menos espacio mediático pero más impactantes en el alcance que tuvieron está la de Nelson Mandela y Francois Pienaar, capitán de los “Springboks”, el equipo de rugby de Sudáfrica campeón del mundo de 1995. Una amistad que rompió barreras raciales y sirvió como enganche para llevar a un equipo hasta el título del mundo y a un país a romper un pasado lamentable manchado por el Apartheid.

Al final, son las cosas que quedan de la amistad: recuerdos, momentos que cambian la vida y que, en el caso de los deportistas, también marcan un antes y un después. Parejas míticas, aquellas amistades...

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