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Bolt está a un oro del “triple-triple” olímpico

"No necesito probar nada más. ¿Qué más puedo hacer para probar que soy el más grande?", afirmó Bolt, ya ante los micrófonos, con su habitual suficiencia.
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Cumpliendo todos los pronósticos, el jamaicano Usain Bolt conquistó ayer la triple corona olímpica en los 200 metros lisos al imponerse con 19.78 segundos en la final de los Juegos de Río de Janeiro.

Con una superioridad incontestabale en el Estadio Olímpico de la metrópolis brasileña, Bolt sumó un nuevo oro a los ya logrados en Pekín 2008 y Londres 2012, e igualó en el 200, su prueba preferida, el triplete que ya había conquistado en el 100.

Sin el récord mundial que pretendía, pero con gran distancia respecto a sus rivales, Bolt se situó así a tan sólo un paso de redondear el insólito "triple-triple" que vino a buscar a Río 2016.

Si este viernes se sube al escalón más alto del podio con el relevo 4x100 jamaicano, el mejor atleta de la historia completará, dos días antes de celebrar sus 30 años, su tercer triplete en el sprint (100, 200 y 4x100 metros) en tres Juegos consecutivos.

"No necesito probar nada más. ¿Qué más puedo hacer para probar que soy el más grande?", afirmó Bolt, ya ante los micrófonos, con su habitual suficiencia.

"Estoy intentando ser uno de los más grandes deportistas de la historia, estar entre (Muhammad) Ali y Pelé", añadió en un guiño hacia los brasileños. "Y espero que después de estos Juegos esté en ese grupo".

De lograrlo, y todo apunta a ello, se habrá ganado sin duda la inmortalidad que reclama en los Juegos de Río. Como muchas de las gestas deportivas que ya protagonizó el astro jamaicano, tampoco ésta tiene precedentes en la historia del atletismo.

Bolt, lo dijo ya hace cuatro años en los Juegos de Londres, arribó al deporte para hacer historia a lo grande. Cumplió una vez más, aunque no pudo regalar el récord del mundo que anhelaba ni rebajar la barrera de los 19 segundos.

El público esperó su actuación con la misma expectación que los organizadores dan a la prueba. Y como ya sucedió en la final del hectómetro, las pantallas gigantes del Engenhao fueron descontando desde la tarde las horas que restaban para la segunda gran final del "rayo" jamaicano.

Y el estadio se fue llenando de a poco, en un goteo casi constante, mientras los contendientes del decatlón iban enlazando una prueba tras otra, a la espera del gran fenómeno, que de nuevo cerró la jornada de atletismo en el Estadio Olímpico.

Su sola presencia en las pantallas, mientras aguardaba en la cámara de llamadas bailando con unos auriculares sobre la cabeza, provocó las primeras reacciones entusiastas de un público totalmente rendido al astro.

Luego, cuando pasadas las diez de la noche, Bolt se plantó en la pista e intentó unos pasos de samba durante su presentación, la hinchada enloqueció. Antes incluso de que el plusmarquista mundial del 100 y los 200 metros protagonizara otra apabullante exhibición.

Pese a la fina lluvia caída sobre la pista, Bolt intentó con todas sus fuerzas rebajar un récord del mundo que parece hoy en día lejos de cualquier ser humano. No hubo sonrisas ni relajación, sino dientes apretados hasta la línea de meta.

Tan convencido estaba de su victoria, que el oro pareció no bastarle y no ocultó su malestar tras cruzar la meta y ver que el tiempo quedaba lejos de su objetivo.

"Corrí fuerte en la curva, pero en la recta, mi cuerpo no respondió", explicó el hombre que acumula ya ocho oros. "Me estoy haciendo viejo".

Las lesiones -sufrió la última justo un mes antes de los Juegos y las alarmas se encendieron- y también los años mantienen al mejor sprinter de la historia en una dimensión ligeramente más humana. Pero inalcanzable, en cualquier caso, para sus rivales, que también hoy tuvieron que resignarse a cruzar la meta tras él.

A sus dos gestos de fastidio, sin embargo, siguió después una sonrisa y varias reverencias al sector jamaicano del público, que le lanzó una bandera de su país con la que Bolt, ya feliz, inició su vuelta al estadio a ritmo de Bob Marley.

Tarareando y bailoteando, recogió también un emblema de Brasil, antes de pararse con el otro gran grupo jamaicano de la grada para hacerse un selfie y avanzar de nuevo hasta la línea de meta.
Se paró en la calle seis, por la que había corrido, se agachó, la besó y, cuando se elevó de nuevo, dedicó al público su famoso y esperado gesto del arquero.

El show había concluido. El mejor atleta de la historia está a un paso del "triple-triple". Si lo consigue, se cansará de celebrar.

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