Gustavo Camilo: el futbolista colombiano que lucha por sobrevivir en El Salvador

Vino al país con la idea de triunfar en el fútbol profesional salvadoreño, pero lo dejaron tirado y ha tenido que trabajar de todo, menos como futbolista.
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El reloj indicaba las 6:41 de la tarde y el calendario marcaba la celebración el Día del Padre en El Salvador. Ese 17 de junio es el día del cumpleaños 22 de Gustavo Camilo y desde su tierra natal, su madre, María Luz Camilo, le escribió en  Facebook una felicitación por la especial fecha.

“Te quiero mucho, te extraño mucho, mi Tavito, te me creciste, Dios te bendiga hoy y siempre”, fue el mensaje de  felicitación de la madre.

Lo lee Camilo, quien dejó en Colombia a su madre y a su hija  Asly Saraí (hoy de cuatro años de edad) con la intención de militar en el fútbol salvadoreño, desde Santa Tecla. A ellas no las ve desde hace un año y medio, pero las lleva en su corazón y lucha, asegura, en El Salvador, por forjarles un futuro mejor.



Ocho minutos después del afectivo saludo de la madre, llegó la respuesta del hijo: “Yo también la extraño, a mi felicidad le falta mi otra parte, espero que estés bien, ‘ma’ querida”. A esa hora, Camilo se dirige en un microbús, bajo una leve llovizna, rumbo a un bar y restaurante de playa de la costa salvadoreña, para amenizar una fiesta con el grupo musical Sonora Dinamita.

Como no se logró colar en ningún equipo salvadoreño y como no tiene dinero para comprarse un boleto de avión para regresar a su país, se ha rebuscado por encontrar varios trabajos para subsistir y luego, si se puede, enviarle a su familia. Uno de esos es ser músico.

Entre el ritmo de cumbias emerge sobre el escenario Gustavo Camilo tocando el cencerro (campana de mano), suenan las trompetas y los timbales, el güiro, el güache y dos bailarinas al frente animan el baile, lo mejor está por venir: cumbia colombiana hasta que el cuerpo aguante de este reconocido grupo musical de 12 integrantes.



Este trabajo lo realiza los fines de semana, un amigo colombiano lo recomendó, pese a que no sabía nada de música. “Me ayuda económicamente, tomé la decisión para subsistir mientras me llega la oportunidad dentro del fútbol. El fútbol lo llevo en la sangre, llevo ratos intentando (que un equipo lo fiche), aún guardo las esperanzas que me den la oportunidad”, asegura.

Su madre no está de acuerdo en que desempeñe este tipo de actividades, pero no le queda de otra. “Mi mamá sabe que me dedico a esto, no está muy de acuerdo, a veces me comprende, pero guarda la esperanza de verme jugando al fútbol. Me pregunta qué pienso hacer, le digo que tomé la decisión de quedarme para seguir intentando jugar al fútbol, pero no está muy a gusto”.

Terminó la lluvia. El baile también y es el momento de regresar a casa, a su “hogar”. Es de madrugada, está muy cansado, pero ganó dinero para subsistir y también para enviar a su familia.

CAMBIO DE CANCHA
“No quiero regresarme a Colombia con las manos vacías”, repite constantemente el delantero Gustavo Camilo, parado frente a una dura mesa de una panadería mientras elabora con sus manos el pan dulce, con el sueño truncado evidentemente en su rostro de ser futbolista profesional en El Salvador.

También limpia las latas con las que se hornea todo el pan. Para eso fue “contratado”. Convirtió la panadería Canaán de Santa Tecla en su lugar de trabajo luego de que no pudo destacar con el desaparecido San Pablo, equipo de fútbol de la segunda división.



Llegó al país el 28 de enero de 2016 porque le prometieron que sería contratado por un equipo de la primera división, pero todo se trató de un engaño: fue abandonado en San Pablo Tacachico, jugó sin recibir salario  ni alimentación y ni siquiera habitación digna.

Cuando terminó el torneo quedó con las manos vacías. El San Pablo desapareció del mapa del fútbol profesional por irregularidades dirigenciales, fue sancionado con la pérdida de puntos que desencadenó el descenso por suplantar a un jugador por otro durante 2016  y Camilo se quedó sin equipo. Una joven que conoció por medio de la red social Facebook (no se conocen en persona, aún) fue el puente para que lo aceptaran en la panadería.

Llegó para limpiar las latas que se utilizan a diario en la elaboración de todo el pan. Tras seis meses ya puede hacer pan dulce. Es muy aplicado, con iniciativa. Aprender a elaborar el pan francés es el siguiente paso en esta panadería que lo acobija en una pequeña bodega donde se almacena la leña que sirve para calentar los hornos.

En ese pequeño espacio descansa el colombiano. Es su refugio. Duerme  y cada noche sueña con algún día volver al fútbol profesional, destacar y ganar dinero para enviar a sus familiares hasta Colombia y pagar las deudas que adquirieron para viajar a El Salvador.

Rosa Amalia Marín de Cañas, encargada de la panadería, le ha dado su confianza: “Es una persona respetuosa, trabajadora, es un buen muchacho. Lo apoyamos, le ha puesto esmero, cuando una persona quiere aprender, lo hace y trabaja honradamente”.

Igual opinó José Leodán  Salinas, empleado de la panadería y maestro de Camilo en la elaboración de pan. “Él entró para limpiar latas, luego dijo que quería aprender a elaborar pan, aprendió rápido. Ya hace la semita alta, peperechas, pan menudo: pasteles de piña, pichardines, santaneca”.

NO PIERDE EL TOQUE
Camilo cambia las latas, los hornos, las gabacha y las harinas de la panadería  por un paño que utiliza para limpiar mesas en un bar que atiende los viernes y sábado de 5 de la tarde hasta el domingo a las 2 de la mañana.

Atiende a la clientela, les sirve las bebidas, la comida y hasta aprendió a manipular el hookah  (dispositivo que se utiliza para fumar tabaco de distintos sabores, filtrado por agua), la especialidad del New Moon, reconocido bar del Paseo El Carmen, Santa Tecla, hogar nocturno del colombiano.



Su aventura comenzó como guardia de seguridad en otro bar de la zona. Cuando lo cerraron, un amigo le consiguió trabajo como mesero en el bar New Moon. “Lo conozco desde hace siete meses, me cayó bien desde que lo conocí, quería luchar por algo mejor. Atiende las mesas, le da servicio al cliente, aprendió el proceso de la hookah. Es una persona que da buen servicio, amable, sonriente siempre, ha venido al país a luchar por un futuro mejor”, reconoció Roxana Salguero, dueña del bar.

Por las noches, Camilo da un giro radical a su vida. “Siempre quise jugar al fútbol, pero esto es algo que me gusta porque he aprendido cosas diferentes. Pero por la necesidad de salir adelante, uno le hace por aprender. Cuando uno no tiene dinero debe de entrarle a las oportunidades que le da Dios, la clientela me pregunta que de dónde soy y qué hago trabajando en este bar, les digo que es una historia larga, que ‘quizás jugaba al fútbol’, pero hoy soy un mesero atendiéndole a ustedes (ríe Camilo)”.



LO QUE MENOS HACE
Llegó a El Salvador en la búsqueda de un futuro mejor a través del fútbol, pero lo que menos hace es pegarle al balón. Se resignó tras su travesía en la liga de plata  a jugar al fútbol amateur en torneos donde a cambio de jugar un partido cada fin de semana recibe un salario.

Por ahora juega en el Atlético Juvenil, de Nuevo Cuscatlán. Antes lo hizo en equipos de Tepecoyo y San Juan Opico.

Está en un nivel inferior al que soñó, pero al que el destino lo llevó ante la falta de oportunidades profesionales. “Seguiré esperando una oportunidad, confío en Dios que llegará”, dice, antes de entrar al terreno de juego y celebrar.

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