HABEMUS BARÇA

Todavía no hay papa, pero sí Barcelona para rato, luego de la remontada de ayer sobre el Milán que metió a los culés en cuartos de final de la Champions.
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Mientras entre las paredes de la Capilla Sixtina se dirime quién será el nuevo papa, en la basílica del Camp Nou no hubo cónclave posible ante el Milán (4-0). En apenas dos horas, la fumata fue azulgrana y Messi obró una vez más el milagro de una remontada para la historia de este equipo.

El debate “intramuros” se desarrolló bajo el mejor fresco posible para la ocasión, un Camp Nou que partió con un espectacular mosaico de 95,000 cartulinas con los colores azulgranas y de la bandera catalana, con un lema claro: “Somos un equipo”. Voltear el 2-0 de la ida era el objetivo. Afición y equipo estuvieron a la altura.

No se requirió grada de animación alguna, porque la mejor aparece cuando vuelve el mejor Barça. Se reencontró el vestuario con su juego, con su espíritu, con la fuerza perdida e, incluso, con la suerte del campeón, cuando Niang estrelló un balón al poste que derivó en el segundo tanto de Messi en la jugada posterior.

La afición pasó del llanto a la locura en décimas de segundo. Ya había explotado con el primer tanto de Messi a los cinco minutos. Pero fue el segundo del argentino, el tercero de Villa y el culminante de Alba, los que alejaron toda depresión. Barcelona era, a las 10 de la noche (hora de España), un “Harlem Shake” de dimensiones descomunales.

El hambre, el hambre, el hambre. Esa que Alves decía añorar en la previa. La que parecía haberse esfumado en la ida en San Siro o en los dos deprimentes clásicos. El hambre que regresó en la presión de la defensa en cada balón dividido, en el ansiado acierto de Villa, en la genialidad de Messi, en la carrera desbocada de Jordi Alba.

Al cuarto de hora del segundo tiempo, toda la grada coreaba el nombre de “la Pulga”, haciendo estremecer las entrañas de un coliseo que tuvo tiempo también de ovacionar el regreso de Bojan a la que fue su casa y cuna.

No hubo nuevo papa, no, porque el de siempre estaba sobre el césped. Nunca había marcado Messi en jugada a un equipo italiano. Ayer se fue con dos bajo la sotana y un pedazo de historia en el regazo.

El 4-0 final fue el mejor resultado posible, el mayor homenaje al fútbol, en la noche en la que el Barça se volvió a reconocer frente al espejo. Curiosamente, el mismo marcador que había anotado cuando sus partidos coincidieron con otros cónclaves vaticanos. El 26 de octubre de 1958, la víctima fue el Real Madrid, mientras los cardenales debatían la elección del nuevo pontífice, que acabaría siendo Juan XXIII. En 1978, un 14 octubre, el UD Las Palmas perdía con idéntico resultado, mientras Karol Wojtyla se convertía en Juan Pablo II. Una vez más se repitió este guiño del destino. Todavía no hay nuevo papa, pero sí habemus Barça.

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