In extremis

La Azul rescató un gran punto ante Honduras y sigue con vida.
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Color previo al juego entre El Salvador y Honduras

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Pese a que tiene a una de las peores dirigencias de toda su historia, pese a que tiene un técnico que ha dirigido ocho partidos y aún no suma un triunfo, pese a que el divorcio con su afición es evidente y ayer el estadio Cuscatlán extrañó mejores asistencias, pese a que estuvo dos veces contracorriente en el marcador... pese a todo, la selección salvadoreña renegó de su destino, se resistió a morir y sumó un punto al rescatar un empate en un partido que tenía perdido hasta el minuto 89 y que recuperó en un arañazo que golpeó a Honduras y le sacó los tres puntos de la bolsa que ya creía tener.

Se sacó un empate que pudo ser derrota. Que pudo ser si Anthony Lozano hubiera embocado bien uno y dos remates que tuvo ante el arco solitario de Derby Carrillo cuando la H ganaba 1-2 pero que, en cambio, tiró afuera.

Pudo ser derrota pero no lo fue. Fue un empate que rescató algo de la poca moral y orgullo que aún le queda al fútbol cuscatleco, nostálgico de mejores tiempos pero convencido de que al menos ayer no tocaba morir en casa.

Mínima pero con mejoría evidente con el trabajo de los legionarios, la selección falló por la apuesta arriesgada del “Primitivo” de usar en portería a Derby Carrillo, que no jugaba un partido desde agosto del año pasado y al que ni siquiera había sido tomado en cuenta para los entrenos del último mes. Apostó y perdió. Y con él, casi pierde toda la eliminatoria también.

Porque perder ayer era condenarse a intentar ganar en suelo catracho para no quedar definitivamente relegado en el camino a Rusia. No se perdió. Tampoco se ganó, que era la obligación y el estado ideal. Se empató y por eso las cosas siguen en el mismo estado que se encontraban antes: un punto arriba de Honduras, dos debajo de Canadá. Nada más que con una vida menos que perder en el camino.

Maradiaga dijo que el preparador de porteros, Raúl García, le había hablado bien de Carrillo y le tomó la palabra al mil por ciento. Tampoco es que Hernández y Arroyo hubieran dado mayores muestras de confiabilidad en los amistosos. Sin embargo, lo que más sorprendió de ese once titular fue la aparición de Derby en el arco.

Porque el meta fue un manojo de nervios. Cada salida era jugar la ruleta rusa con el revólver y en dos ocasiones tocó pegarse un tiro en el pie. Primero, al 18', cuando chocó con Henry Romero y el balón quedo suelto para que Albert Ellis lo empujara al fondo. 0-1. Segundo, al 59', cuando le tapó un remate al mismo Ellis y dejó suelto de nuevo el esférico para que lo empujara Lozano. 1-2. Dos veces en desventaja y dos veces por yerros del guardameta.

Sin embargo, a comparación de los encuentros amistosos que jugó el mes pasado, esta vez la selección tuvo un poco más (un poco nada más) de orden para tocar el balón. Con el oficio que le dan los legionarios y que no tuvieron los de la liga local en las dos primeras fechas de la eliminatoria, Menjívar le dio aguante y Cerén oxígeno. Pineda puso insistencia en la banda y Punyed paciencia.

La zurda

Sin embargo, el que más destacó en el combinado nacional no fue un legionario sino un juvenil. Hace poco más de un año, Juan Barahona era el lateral izquierdo de la sub-20 que no pudo ir al mundial y ahora es el dueño de la misma posición pero en la selección mayor. Y confirmó el mérito de su convocatoria y titularidad con las asistencias para ambos goles. Ambas de factura.

Al 47', Barahona vio a Punyed tirar la diagonal al centro del área y se la puso exacta para que el “20” recibiera, controlara, pusiera bien el físico para abrirse espacio y soltara el riflazo que no se detuvo hasta que sacudió la red catracha. 1-1.

El tanto despertó a la selección de cara al segundo tiempo. Trabajó, pero le costó tener profundidad en la segunda mitad, por lo que no generó más que un cabezazo de Álex Mendoza que se fue alto, pero tampoco pasó mayores apuros hasta que Derby falló y sufrió el segundo tanto. A continuación fue perdonada una vez sí y otra vez también por los catrachos y, por una vez, aprovechó no haber sido sentenciado por el rival.

Al minuto 89, con el partido prácticamente perdido y un clavo más en el ataúd podrido del fútbol salvadoreño de tanto que ha sido utilizado, pasó el milagro. Barahona volvió a levantar la cabeza y esta vez vio a Bonilla. Puso la pelota (como que fuera) con la mano y Bonilla se elevó, cabeceó y venció. Empate. Aflictivo. Milagroso. Cuidados intensivos. Pero aún se niega a morir.

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