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Miguel, “el Conejito” generoso de La Reina

En el ámbito futbolero lo conocen como “Chalate” y en su pueblo natal La Reina, en Chalatenango, le dicen “Conejito”, un joven al que todos aprecian por su corazón, capaz de desprenderse de lo material para ayudar a los demás.
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Llegar a una copa del mundo no ha sido un camino de flores para el lateral izquierdo de la selección salvadoreña sub 20, Miguel Ángel Lemus Ochoa, quien sufrió la muerte de su padre hace cinco años y una grave lesión de rodilla hace tres. Golpes muy duros para un adolescente que perseveró pese a los problemas, y ahora cumple uno de sus sueños: estar entre la crema y nata de esta categoría.
 
Según su madre, la señora Francisca Ochoa, desde que nació Miguel fue un pequeño travieso con hambre de jugar fútbol, y confiesa que el ahora mundialista aprendió a caminar con una pelota en sus pies, cuando apenas tenía un año de edad. “Se iba detrás de la pelota y así caminó, jugando con su papá”, dijo.
 
Su familia relata que cuando Miguel apenas estaba en cuarto grado en la escuela Julio Enrique Ávila, equipos de octavo y noveno grado peleaban para que el pequeño, en aquel entonces delantero, jugara con ellos y así ganar los partidos en ese centro escolar.
 
El padre del jugador, don Jesús Lemus Valle, era el que impulsaba a este pequeño a jugar, lo llevaba a las canchas donde participaban equipos federados en La Reina, para que comenzara a empaparse de este deporte.
 
Juntos jugaban en su casa, donde simulaban que la sala del lugar era la cancha y la puerta principal y la que lleva al patio eran las porterías, contó la madre, quien recuerda entre risas cuando padre e hijo le quebraban los cuadros que tenía ella colgados en las paredes. “El papá me llegaba a pedir perdón y me decía que él me lo iba a reponer”, rememora doña Francisca.
De ahí viene el apodo de “los Conejos”, como les dicen a todos los Ochoa, una familia donde todos juegan fútbol y son muy saltarines en la cancha.
 
 En 2005, llega la Fundación Educando a un Salvadoreño a la vida de Miguel, quien apenas contaba con 11 años y era el más diminuto de todos. Y don “Chusito”, como era conocido su padre, así como su madre y su hermana Roxana se encargaban de acompañarlo hasta Apopa, donde pasaba a recogerlo el bus de FESA que lo conducía hasta el internado.
 
 “Miguel no tuvo problemas con estar allá, porque todas las noches me llamaba, me daba las buenas noches y estábamos comunicados”, dice su madre. A lo que Roxana agregó: “También hablaba conmigo, siempre me decía ‘rezale a Dios, dale gracias por la comida y por la vida’”.
La vida del zurdo cambió en abril de 2008 cuando su padre se dirigía a vender queso muy temprano, por la mañana, y a causa de una imprudencia del conductor del bus en el cual se transportaba sufrió un accidente que le provocó la muerte. Con apenas 14 años, Miguel tuvo el coraje se seguir adelante con el fútbol, por el amor que su padre le había inculcado a ese deporte.
En 2008 tuvo la oportunidad de viajar a Pachuca, para probarse en las fuerzas básicas del equipo, pero una lesión de rodilla lo obligó a retornar al país y pasó seis meses sin jugar.
 “En la clínica donde lo operaron me dijeron que Miguel ya tenía el alta, pero que tenía que pagar mucho dinero para sacarlo de ahí. No pasó mucho tiempo cuando llamó don Jorge (Bahaia) y me dijeron en la clínica, ‘señora ya se puede ir’”, recordó la señora, quien reiteró su agradecimiento por la ayuda y formación que le han brindado a su hijo.
 
Aunque Miguel es el más pequeño de la familia, para todos es un ejemplo a seguir, ya que su madre, lo califica como “regalón”, porque pasa obsequiando sus cosas a sus amigos y gente que necesita ayuda. Así lo confirman su hermana y su tío Fernando. “Una vez allá en FESA, él llevaba un billete de $5 y tenía un compañero que su familia no tenía ni para comer los tres tiempos y, cuando era momento de regresarse a sus casas Miguel le dio el billete que le habíamos dado nosotros y regresó a la casa sin un cinco”, dijo su madre, quien añadió: “Él es de los que se pueden quedar sin comer y darle lo suyo a otros”.
 
 “A veces pedía más dinero para ayudar a otras personas”, dice su hermana, quien cree que “Chalate” salió generoso como su mamá, pero la misma señora dice entre risas: “Pero él me gana”. 
 “A veces le decimos que no regale todo, porque hasta los zapatos casi nuevos regala, pero él mismo me dice a mí, ‘ay deja, que ellos lo necesitan, a mí Dios me lo va a recompensar’”, confesó Roxana.

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