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Peregrinos en el Mundial de Rusia 2018

De todos lados, cada uno con su sacrificio y su sueño, ayer miles de hinchas confluyeron finalmente en Rusia 2018.
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Peregrinos en el Mundial de Rusia 2018

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Y el Mundial se hizo.

Y decenas de miles de peregrinos de la pelota llegaron hasta el estadio Luzhniki y sus alrededores como si fueran peregrinos en la Meca, cada uno sufriendo privaciones, cumpliendo viejas promesas, persiguiendo un sueño de pelota.

Uno de ellos es Will Célica, un salvadoreño que se nos presenta como "el Ocho copas". Es que no se ha perdido Mundial alguno desde Italia 1990. Originario de Lourdes, Colón, y radicado en Los Ángeles, California, ha venido para apoyar a Argentina. Para completar su casi religiosa marcha mundialista cada cuatro años, tiene programados sus ahorros en un plazo fijo. "La primera vez fui a la Copa del Mundo sólo por molestar", dice.

Otro cuscatleco, este oriundo de Metapán, también se encamina al estadio con el brillo de conquistador en los ojos, casi llegando a El Dorado. Es Geovanny Martínez, y asegura que le tocó que vender los animalitos, los cerditos y las gallinas para poder costearse el viaje.

Dos peregrinos enfundados en un rojo ceremonial salen a nuestro paso, ella rusa, él salvadoreño. Son esposos: Svetlana Kolesnikova es de Siberia, y David Callejas es de Mejicanos. Llevan dos años juntos, intentando romper el choque cultural y lingüístico. Se conocieron a través de un amigo, y luego el e-mail y el Skype y el amor hicieron el resto. Casados en El Salvador y radicados en Guatemala, esto es un viaje mitad familiar y mitad de placer, sostienen.

"América Latina es otro mundo, no es como Rusia. Lo que me gusta es que ustedes son amables, todo sonrisas", opina Svetlana.

Miguel Pereira, colombiano, pasa menos desapercibido que los salvadoreños; es imposible no voltearlo a ver con una gigantesca peluca amarilla que hace referencia al legendario crack cafetero "el Pibe" Valderrama.Está afónico por culpa del cambio de clima, del jetlag y de la emoción. Viene desde Pereira a apoyar a todos los países americanos, jura. 

Una peruana de 32 años, Verónica Morales, ataviada con un bonito gorro rojiblanco con bisutería, es un ejemplo del amor futbolero. Capacitadora educativa, está en Rusia entusiasmada luego que Perú volviese al Mundial, algo que no ocurría desde 1982. Y no le importó ocupar casi todo el dinero de su liquidación en el trabajo, unos $5 mil dólares, en boleto aéreo y entradas para apoyar a la albiroja. "Siempre hemos querido que Perú volviera al Mundial... ¡Cómo no iba a venir!"

Otro peruano por allá, Ricardo Rojas, un joven ingeniero civil, se gastó la mitad que Verónica para cantarle al rojiblanco a todo pulmón; lo mismo unos ticos muy agradables, el matrimonio de Marvin Arroyo y Marilyn Padilla, un peruano con pinta de japonés que se llama Martín Chigoya, un mexicano vestido como el Chapulín Colorado... no hay reglas cerradas de vestuario en el culto del Mundial de los Últimos Días, que oficiará 30 días para no volver sino hasta 2022.

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