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1.º de octubre de 2016, Día de la Caficultura Nacional

Durante muchos años el término cafetalero estaba asociado a una persona acaudalada, a un terrateniente o a las familias más ricas del país, y no es para menos. Por muchos años fue la fuente principal de divisas para El Salvador.
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Muchos recordarán 1978 y 1979, cuando se generaron unos ingresos de $689 millones y $810 millones, respectivamente, cuando se vivió una especie de época dorada de la caficultura. Sin embargo, ahora el panorama es distinto: el caficultor enfrenta un panorama sombrío y una situación muy difícil, por lo que las personas que se dedican a este importante rubro para nuestra economía son dignas por la excepcional labor que desarrollan.

¿A qué se enfrenta el cafetalero de El Salvador? Según el Programa Cooperativo Regional para el Desarrollo Tecnológico y la Modernización de la Caficultura (PROMECAFE), El Salvador ha sido el mayor afectado por la roya. Esta plaga ha afectado el 75 % del parque cafetalero hasta el punto de llegar a la cosecha más baja en la historia de El Salvador, unos 600,000 quintales para 2016/2017. Las pérdidas económicas son casi incalculables: miles de empleos directos e indirectos con su consecuente impacto negativo en la economía nacional; inversiones en fertilizantes y demás insumos necesarios tirados por la borda, lo que ha hecho que muchos hayan llegado a una situación insostenible, sin poder honrar sus compromisos adquiridos en concepto de créditos de avío y otros relacionados con la producción, hasta llegar al punto de quiebra total.

Las sequías y el desfase en las épocas de lluvia han generado pérdidas en las cosechas. Las plantas botan los granos verdes y los que quedan en el cafeto no alcanzan a absorber los nutrientes necesarios para generar un fruto sano y apto para generar un alto grado de calidad en la taza.

Irónicamente, a pesar de que el bosque cafetalero ha alimentado por muchos años los mantos acuíferos del país, limpiado el oxígeno y generado una enorme cantidad de empleos en el sector rural, el Gobierno tiene muy poco o nulo interés por brindar apoyo a los caficultores. La renovación del parque cafetalero y las medidas preventivas para evitar las plagas tienen que correr por cuenta de ellos mismos y, además, sin ninguna posibilidad de financiamiento externo, debido a que ni las mismas fincas pueden garantizar el pago de los créditos.

La inseguridad es otro factor de gran peso para impedir el resurgimiento del sector. Por muchos años el cafetalero ha tenido que enfrentar el robo de café en sus fincas, al transportarlo al beneficio, asaltos directos a las planillas de pago de la corta y recolección, etc. Los últimos años se ha añadido el fenómeno de pagos de “renta” a grupos criminales que amenazan con quitar la vida a trabajadores y propietarios de las fincas, teniendo que llegar esta a ser parte de los costos de producción que hay que añadir a la ya creciente lista de estos.

Los precios internacionales también han sido un factor que ha influido negativamente en la situación del caficultor salvadoreño. Desde 2012, que alcanzó un precio promedio de los $225.9 por quintal exportado, hasta nuestros días, con un promedio actual de $150, apenas se cubren los costos de producción y en algunos casos no llegan a cubrirse.

Si realizamos un simple análisis de lo que cuesta hacer producir una finca de café a un rendimiento favorable de unos 20 quintales por manzana a los niveles de precio antes mencionados, tomando en cuenta los gastos en planillas de mantenimiento y recolección, insumos agrícolas, beneficiados y otros servicios, nos daremos cuenta de que este ya no es más un negocio rentable para emprender y mucho menos cuando el promedio nacional de producción es menor a 7 quintales por manzana. Estaremos conscientes además de que aquellas personas que lo llevan a cabo hoy día posiblemente lo hacen por honrar el legado que les dejaron sus padres o, más aún, para no fallarles a las miles de familias que dependen totalmente de los ingresos que les genera año con año el trabajo en el campo.

Por todo lo anterior, este Día de la Caficultura es una fecha apropiada para reflexionar. Todos los salvadoreños podemos contribuir a reactivar este importante sector no solo de la economía de nuestro país, sino también de nuestra herencia cultural y ambiental. ¿Cómo podemos hacerlo? Pues incentivando a los productores nacionales al consumir lo mejor de nuestra propia cosecha.

Cada vez que degustamos una taza de café, que sea de nuestra producción y no de cafés de importados de países que quizá no tienen los problemas que aquejan al nuestro, tenemos todo para volver a las épocas doradas del grano de oro nacional y solo se puede lograr uniendo al sector y educando a todos los salvadoreños.

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