Crónica“Aquí no hay otro lugar para trabajar. Todo está en las fincas”

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Lourdes Quintanilla

Ana Cecilia y Beatriz han improvisado un cuarto para Sofía, de 11 meses, a medio cerro. Subieron la mitad del camino subidas en el camión que facilita la cooperativa Las Cruces, ubicada en las laderas del Ilamatepec. Además de llevar a Sofía en brazos cargan plásticos, bolsas, sacos de fibra sintética, canastos, juguetes, agua, frazadas y una hamaca para la bebé.

En la finca Las Cruces ya son los últimos días de recolección, pero la imagen es devastadora. La propiedad se ha convertido en una mancha amarilla sobre la pendiente, una multitud de arbustos sin hojas. Aun así, esta cosecha 2014/2015 será mucho mejor que la anterior, la 2013/2014.

Beatriz es la mamá de Sofía. Tiene una figura muy fina y de lejos parece frágil, pero Beatriz dobla sin resoplar las ramas más altas de los cafetos. Ningún cerezo se esconde de sus ojos.

Ana Cecilia es la mamá de Beatriz. Ella maniobra entre jugar con su nieta y seleccionar el café que han recolectado: verdes al canasto, los demás al costal. Pero la bebé ocupa cada “palito”, cada piedra, cada paso libre, para explorar. Sería un poco más sencillo dejarla jugar, si no fuera porque están a más de 1,100 metros de altura.

“La plaga es lo que ha molestado. Por eso se ve poquito”, dice Beatriz. Se refiere a la roya del café, que bota la hoja.

Sofía es toda risas y curiosidad insaciable.

La abuela da más detalles: “Antes yo sacaba 22 arrobas (son 25 libras). Hoy creo que me pueden salir unas nueve”.

La producción de café salvadoreño ha caído a los niveles más bajos de su historia: menos de un millón de quintales en dos ciclos seguidos.

En consecuencia, se han perdido más de 40,000 empleos en el país.

Ahora es el turno de Ana Cecilia para “arañar” las ramas. La bebé se queda tomando agua con su mamá. “Ya metí papeles para encontrar otro trabajo. Saqué el bachillerato y una amiga me habló de unas becas, pero no puedo seguir estudiando ahorita. Una de nosotras tiene que quedarse cuidando a la niña y otra trabaja”, dice.

Mientras avanza en la tarea, la abuela explica que ha pasado la mayor parte de su vida en las tareas de los cafetales. “Aquí no hay otro lugar dónde trabajar. Todo está en las fincas”, dice.

Los otros cortadores comienzan a bajar con sus sacos sobre la espalda. En unas horas comenzarán a pesarlos.

Las tres mujeres tienen que arreglárselas con los $55 que ganan con la corta. En la cooperativa alquilan una pieza por $15 y lo demás queda para la comida y la salud.

Hallar un empleo en el sector formal para una joven, madre soltera, con estudios de bachillerato, es un desafío. Pero Ana y Beatriz están optimistas. “Ojalá y lo encuentre. No le habré pagado hasta el bachillerato por gusto”, concluye Ana.

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