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Educación y ejercicio van de la mano

Karla Nohemy Rivas luce en forma. Cada día monta más de dos horas su bicicleta y no lo hace por deporte. El deseo de superarse hace que cada pedaleo pese menos al recorrer los 5 km que la separan de su centro de estudios.
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De su promoción de noveno grado pocos han cursado el bachillerato porque en el cantón Cruzadillas, de donde ella es originaria, no había bachillerato. “Yo quiero superarme y por eso no me pesa tener que viajar todos los días”, afirma.

Aunque es alumna de segundo año de técnico contador del Instituto Nacional de Tierra Blanca (INTB), ella quiere estudiar idiomas.

Se estima que en El Salvador, alrededor de 293,000 estudiantes salen de noveno grado al año; de ellos, solo 179,000 ingresan a bachillerato. Las razones son varias: no hay infraestructura escolar cercana, la pobreza, la migración, la desmotivación e incluso porque no hay cupos en los bachilleratos. “Este año se nos quedaron afuera más de 30 estudiantes. Ya no damos abasto”, afirma Eduardo Herrera, director del INTB.

El hacinamiento en el aula Karla lo vive, son más de 50 compañeros de clase.

El esfuerzo de llegar a clase a un lugar lejos de casa –Marcelo Hernández, por ejemplo, camina 3 km cada día para llegar a estudiar– no solo lo viven los estudiantes, también los padres de familia que deben de darles una mesada.

“Yo pago $0.60 en pasaje todos los días, y me dan $3 para comprar comida”, explica Mayra Orellana.

De concretarse un FOMILENIO II, los casos como los de Karla, Marcelo y Mayra serían menos, ya que se busca acercar los centros escolares a las comunidades. “Si el bachillerato hubiera estado más cerca de mi casa, más compañeros míos de noveno podrían haber seguido estudiando”, dice Guillermo Guillén, compañero de los tres jóvenes.

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