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El Salvador: la historia del carpintero que fingió durante más de 13 años ser el expresidente Tomás Regalado

En realidad, el verdadero Regalado había muerto 23 años atrás, en la mañana del 11 de julio de 1906, en la batalla de El Entresijo (Chiquimula), mientras lideraba sus tropas en un intento por derrocar al gobierno del presidente de Guatemala, Manuel Estrada Cabrera, con la intención de concretar su proyecto de la unión centroamericana.

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A finales de octubre de 1929, apareció en un mesón de San Salvador un hombre que alegaba ser Tomás Regalado, el militar santaneco que había fungido como presidente provisional de El Salvador entre 1898 y 1899, y que había vuelto a estar al frente del ejecutivo, ya como presidente electo, de 1899 a 1903.

En realidad, el verdadero Regalado había muerto 23 años atrás, en la mañana del 11 de julio de 1906, en la batalla de El Entresijo (Chiquimula), mientras lideraba sus tropas en un intento por derrocar al gobierno del presidente de Guatemala, Manuel Estrada Cabrera, con la intención de concretar su proyecto de la unión centroamericana.

De acuerdo con el libro "Tomás Regalado, el último caudillo de Cuscatlán", en medio del fragor y la confusión de aquel combate, soldados guatemaltecos habían recuperado el cuerpo del general pensando que se trataba de un militar de ese país y posteriormente lo habían retenido en la localidad de El Jícaro.

No sería sino hasta un mes después, por medio de las gestiones de la madre del expresidente, Petrona, y de su esposa, Concepción, que el gobierno de Guatemala devolvería el cuerpo del general embalsamado y la familia lograría enterrarlo en el cementerio Santa Isabel de Santa Ana, el 18 de agosto de 1906.

Obviando deliberadamente aquellos hechos, el hombre que apareció en la capital salvadoreña, y cuyo verdadero nombre era, según él mismo declararía después, Margarito Montero, llevaba al menos 13 años haciéndose pasar por el exgobernante. Algo que le granjearía numerosos problemas con la ley.

Según notas de La Prensa de octubre de 1929, la primera vez que la Policía salvadoreña lo detuvo por usurpar la identidad  de Regalado fue en 1916, cuando regresaba de México.

En su declaración de ese entonces, Montero admitió que en el país del norte había fingido ser el general, lo que le había permitido no solo obtener una audiencia con el presidente mexicano, sino que este le costeara su viaje de regreso a El Salvador.

Aquel incidente, sin embargo, había pasado sin mayores consecuencias y el falso Regalado había recuperado su libertad de inmediato.

Por lo que se desprende de las notas periodísticas, Montero saldría entonces a Guatemala, instalándose por un tiempo en Chiquimula, donde supuestamente conocería a su compañera de vida, Arcadia Montúfar Roca, y de donde regresaría cerca de 1926 para asentarse en un cantón de Chalchuapa.

En aquella localidad, volvería a ser noticia. Tanto por los "centenares" de personas que, según el "Diario del Pueblo", de Santa Ana llegaban a visitarlo (y a quienes engañaba pidiéndoles dinero), como porque la Policía lo arrestaría por segunda ocasión.

Aunque la información disponible no detalla si el hombre pasó algún tiempo en prisión o no, una vez que las autoridades lo dejaran en libertad, Montero saldría de nuevo del país para radicarse en la isla de Amapala, en el Pacífico hondureño, donde interpretaría una vez más, según La Prensa, su papel de "héroe caído en desgracia".

El periódico agregaba que, en su abrupto itinerario centroamericano, aparte de la conocida farsa de Regalado, el hombre se había hecho pasar también por curandero, mago, sacerdote y hasta profeta, embaucando en el camino a un sinfín de personas.

Hasta que un día, según el propio Montero, a instancias de Montúfar Roca, había decidido retornar a El Salvador e instalarse en la capital.

A juzgar por las notas, su presencia en la ciudad se había convertido a la vuelta de pocos días en un verdadero fenómeno mediático y de masas.

La Prensa del 21 de octubre de 1929, por ejemplo, tituló en su portada: "Ante el general Regalado, sentado en el corredor del mesón Urrutia, desfilan las curiosas muchedumbres".

La edición describía a Montero como un "hombrecillo sucio y mal oliente, comido por el bienteveo (vitiligo)" sentado en una silla adosada a una de las paredes del patio del mesón.

Alrededor de él e incluso fuera de la casa, ubicada en la calle Concepción, una multitud se arremolinaba tratando de verlo.

Aunque muchos de los curiosos sostenían, sin ningún asomo de duda y visiblemente emocionados, que se trataba del mismo expresidente, había otros que se burlaban.

Argumentaban estos últimos que el hombre ni siquiera se parecía al general.

El periodista agregaba irónico que tampoco concordaban en edad. Mientras que Regalado, de haber estado vivo para entonces, habría rondado los 70 años, aquel "doble" no pasaba más allá de los 50.

Otro detalle lo delataba. Montero, sin duda conocedor del accidente que había sufrido el general en su adolescencia, cuando un trapiche le había triturado los dedos de una mano —lo que le había obligado a llevar el resto de su vida un guante— se había vendado a su vez una mano para simular la herida. Con tan mal tino que había escogido la derecha y no la izquierda que era la que en realidad se había mutilado el exmandatario. 

Con todo, la nutrida muchedumbre que no dejaba de inundar el lugar había obligado a que miembros de la Policía y de la Guardia Nacional llegaran al mesón. Primero para mantener el orden, pero luego de unos días, a pedido del juez Cuarto de Paz, para arrestar a la pareja.

En la Dirección General de Policía, el hombre había relatado toda la verdad. Su nombre era Margarito Montero, había nacido en el barrio El Calvario, de Santa Ana, y su oficio era carpintero, aunque, en su juventud, según señaló, había trabajado como peón en una de las fincas del general Regalado.

Abordado sobre qué le había motivado a adoptar la identidad del caudillo, Montero había tratado de descargar toda la responsabilidad en su compañera, indicando que había sido ella la que lo había convencido de realizar la farsa.

Al cabo del interrogatorio, dado que Montero se encontraba enfermo (de una dolencia no especificada en las notas), las autoridades habían determinado enviarlo al asilo Sara para su recuperación. Sin embargo, a última hora habían modificado la decisión y lo habían remitido al hospital Rosales.

Montúfar Roca, por su parte, había sido enviada a Cárcel de Mujeres.

Enfermo y libre

Estando en el hospital, un periodista de La Prensa entrevistó a Montero. En la breve plática publicada el 29 de octubre, el hombre insistió en responsabilizar de los hechos a su mujer a quien tachó de loca y dejó en claro que de ese momento en adelante su único deseo era sanar "para vivir tranquilo y esperar la muerte".

—¿Conoció usted al general Regalado?— le preguntó el periodista hacia el final del encuentro.

—¡Oh, sí, perfectamente! —le respondió—. Él pagó la curación de una grave enfermedad que yo padecía. Además trabajé mucho tiempo en su finca San José.

—¿Habló usted con él alguna vez?

—Sí, una vez me dijo: "Ve Margarito, cuando yo me muera, te van a meter preso porque te parecés a mí...".

De acuerdo con el periodista, la entrevista terminó ahí, con Montero esbozando una sonrisa maliciosa, mientras clavaba sus ojos en la ventana que estaba cerca de su lecho de enfermo.

Después de esa fecha, las noticias sobre el falso Regalado se vuelven más esporádicas.

En noviembre, una nota consigna que por orden del juez Cuarto de Paz, Fernando N. Koreas, se le realizó una observación médica para establecer su estado mental.

Más adelante, el 6 de diciembre, las autoridades resolvieron  trasladar a Montero a la sección de enfermería de la Penitenciaría Central.

Finalmente, seis días después, por orden del juez Tercero de Primera Instancia de lo Criminal, Joaquín Peralta Lagos, el procesado quedó  en libertad bajo fianza de 200 colones.

El juez, según la publicación, tomó dicha resolución basado en un dictamen médico que aseguraba que Montero estaba grave de salud y que no le era posible curarse "cómodamente" en su lugar de reclusión.

En adelante, en los meses de enero y febrero de 1930, al menos, las notas sobre el famoso falso Regalado desaparecieron. 

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Arcadia, la pareja del falso Regalado

Según La Prensa, a su llegada a San Salvador, en 1929, Margarito Montero, el falso Regalado, se había hecho acompañar por una mujer de nombre Arcadia Montúfar Roca.

Las notas la identificaban como una guatemalteca que presumiblemente Montero había conocido en su estancia en Chiquimula.

La "socia" de aquel hombre que se hacía pasar por el expresidente para engañar a las personas y pedirles dinero era, según la descripción del periodista, "una señora ya entrada en años, jamona pintarrajeada, otrora hermosa".

A pesar de que en la Policía, Montero había tratado de descargar toda la responsabilidad en ella, acusándola de ser la "instigadora de la trama", la mujer se había mantenido firme sosteniendo que su compañero era el verdadero expresidente.

Montúfar Roca argumentaba tener documentos que respaldaban lo que decía, pero indicaba que estos le habían sido decomisados por la policía de investigaciones especiales.

Su insistencia llegaba a tal punto que, en determinado momento, telegrafió al entonces presidente de la República, Pío Romero Bosque, un mensaje que rezaba así: "Encarecidamente suplico su digno apoyo respecto al estado que guarda el general Regalado. Me han decomisado documentos que comprueban su personalidad".

No obstante, en su nota del 22 de octubre de 1929, La Prensa aclaraba: "La mayoría de esos papeles fueron adquiridos en el puerto de Amapala, donde algunas personas que aseguraban haber conocido a Regalado dieron testimonio de que el farsante era el expresidente".

Desde su encierro en Cárcel de Mujeres, Montúfar Roca continuó pidiendo a las autoridades permiso para visitar en el hospital a Montero, aun y cuando este parecía haberla abandonado ya a su suerte.

A diferencia de Montero, de quien las notas informaron que salió libre bajo fianza, de la compañera del falso Regalado, no se volvió a escribir en los meses posteriores. 

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  • Tomás Regalado

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