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70 años haciendo pupusas para los cojutepecanos

Las pupusas de Linita y su familia ya se ganaron la preferencia de los lugareños y extranjeros.
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Con una sonrisa en el rostro, María Angelina Alfaro de López, conocida por sus amigos y clientes como Linita, de 90 años de edad, se dedica a la elaboración de pupusas en el corazón de la ciudad de Cojutepeque (Cuscatlán). Lleva 70 años dedicada a este oficio culinario.

Linita cuenta que a los ocho años de edad comenzó a trabajar en un comedor con una señora que tenía negocio en el cerro de Las Pavas. A su corta edad sentía el amor por la cocina, y para ayudar con los gastos en su casa, inició con el trabajo culinario.

“Yo me gané la confianza de la patrona tanto que cuando ella se enfermaba, yo quedaba al frente del negocio”, expresó, mientras con carcajadas recordaba la vez que le tocó ir a dejar comida a Tenancingo y sufrió una caída en el camino, botó toda la comida y dejó sin almuerzo a los trabajadores.

También recuerda que participó en las misiones que trajeron a la Virgen de Fátima al cerro de Las Pavas y que cuando la enviaron de Portugal, ella fue a San Salvador por la Virgen, con otras personas, pues se dice muy devota de la santa. 

Se casó a los 20 años de edad y ya con responsabilidades familiares, decidió iniciar la venta de pupusas y comida, esta última solo en ocasiones o días específicos.

Según cuenta, ella ya conocía el negocio, pero aun así fue muy difícil encontrar un lugar fijo para vender. “Yo inicié a vender pupusas en el cerro, cuando todavía valían 5 centavos de colón”, menciona.

A lo largo de su vida tuvo 13 hijos con su esposo, a los que con la venta de pupusas sacó adelante. Les enseñó a trabajar con ella y actualmente todos son buenas personas, quienes le han dado 23 nietos y 22 bisnietos.

Linita ha estado en diferentes lugares, y es que la tradición de hacer las pupusas en comal hacía que se volvieran las preferidas del pueblo, hasta que logró establecerse en donde actualmente está: la esquina opuesta al parque central de Cojutepeque, con la pupusería Los Cuatro Vientos, nombrada así por el gusto de sentarse a disfrutarlas al aire libre.

En un momento debió dejar de utilizar comal y hacer las pupusas en plancha; aunque pensó que sus clientes ya no la buscarían, no fue así: siempre la apoyaron y siguió con su negocio.

Cuatro de sus hijas están actualmente apoyando en el negocio, pues Linita ya no tiene las mismas fuerzas físicas, pero las de espíritu la mantienen de pie. “Yo aún trabajo para comprarle las rosas a la Virgen”, expresó con mucha seguridad.

Sus hijas aseguran que es una bendición tenerla, pues hace cuatro años enviudó. No sale de su casa sin antes rezar el rosario. “Es una de las cosas que no olvida, y se refugia en el altar que le tiene a la Virgen en la casa”, contó Gloria Alfaro, hija de Linita, y recordó que sus papás lograron celebrar bodas de oro.
 

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