“A Diego lo mataron solo por ser joven”

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Diego no entendió por qué dos hombres armados con pistolas le pidieron el 7 de septiembre pasado, en horas de la noche, que se descubriera el torso para ver si tenía tatuajes. Tardó unos segundos en acatar la orden y buscó protección tras la mesa en la que esperaba unas pupusas para cenar. No logró evitar el ataque a tiros: murió en un hospital 12 horas después. Múltiples heridas de bala, escribió el forense en el reporte.

Diego Eduardo Hernández Pineda, de 20 años, llegó a esa pupusería en la avenida La Floresta de la colonia San Mateo, en San Salvador, porque esa noche pensó comer pupusas. Agarró su bicicleta y salió por la cena. Al llegar se encontró con policías que salían de la pupusería. Hizo el pedido y se sentó a esperar. Dentro del lugar había varios clientes. Minutos después, testigos vieron llegar una motocicleta blanca donde viajaban dos hombres, se estacionaron frente al negocio y le pidieron a Diego que se levantara la camisa. Testigos narran que primero hubo silencio. Miedo. Después los balazos. Las autoridades dijeron esa noche lo que dicen siempre: ocurrió un ataque debido a una pugna entre pandilleros rivales.

Pero Diego no era pandillero.

Diego no entendió la orden de desnudarse el torso porque tenía problemas en comprender las ideas. Una certificación del Hospital Nacional Psiquiátrico Dr. José Molina Martínez da cuenta de que el joven sufría un “trastorno disocial de la personalidad” y un “retraso mental leve”.

El documento consigna que Diego fue diagnosticado con ese trastorno el 17 de diciembre de 2009. Doce días después, fue ingresado para recibir tratamiento por una semana debido a esos problemas psiquiátricos. El Año Nuevo de 2010 lo encontró acostado en una cama de ese hospital.

Un mes después fue ingresado nuevamente y “se le aplicó seis sesiones de terapia electroconvulsiva bajo anestesia general”, según consta en el parte médico. Esos tratamientos lo estabilizaron; pero regresó a consulta en 2014 y fue tratado de forma ambulatoria.

Vecinos y familiares dicen que pese a ese problema psiquiátrico, Diego era “un joven luchador” que se esforzaba por llevar una vida estable.

Diego terminó de estudiar séptimo grado el año pasado. Lo hizo bajo el sistema de educación a distancia porque su discapacidad no le permitió integrarse de forma plena al estudio formal. Sin embargo, quienes lo conocieron dan fe de que siempre buscaba emplearse.

Parientes cuentan que la noche en que fue asesinado, Diego recién había dejado de trabajar. Vecinos confirman que el joven se dedicaba a repartir comida para algunos negocios cercanos a su vivienda y así ganar dinero. Esa necesidad aumentó recientemente cuando nació su hija.

La familia de Diego asegura que el joven siempre buscó ayudar con la manutención de la niña.

La policía no tiene antecedentes de Diego. No se metía en problemas, no aparece en los archivos policiales.

La sospecha de los investigadores a cargo del caso es que Diego fue tiroteado por pandilleros que operan en una zona contraria de donde vivía.

Ese día, según la hipótesis policial, los atacantes llegaron a ese lugar en busca de rivales; pero al no encontrar a nadie, decidieron que no debían irse sin matar: vieron a Diego, le pidieron mostrar su torso y le dispararon cuando intentó protegerse.

Familiares de Diego tampoco entienden por qué lo mataron. Lo más cercano a una explicación para ellos es que “la juventud de este país enfrenta doble riesgo: por un lado están los pandilleros, que los reclutan y atacan, y por otro está la policía, que también los mata. Así como ocurrió en la finca San Blas”.

Un pariente cercano lo explica con esta frase: “Nosotros estamos seguros de que a Diego lo mataron solo por ser joven”.

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