“A veces me pongo a pensar: ‘¿Y ahora qué hago?’”

A Sandra no le entusiasma saber que va a tener una niña. Tampoco le hubiera entusiasmado saber que el bebé que espera sería niño. Apenas tiene 16 años. No sintió el más mínimo grado de alegría cuando se enteró de que va a ser mamá. Ni siquiera había terminado el noveno grado cuando quedó embarazada y ni siquiera se llama Sandra.
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“A veces me pongo a pensar: ‘¿Y ahora qué hago?’”

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Más que por razones de seguridad, esta adolescente pidió por favor que su verdadero nombre fuera mantenido en el anonimato, porque siente vergüenza. Se siente culpable de su estado de embarazo.

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A su juicio, ella debió haber convencido a su “novio”, nueve años mayor que ella, de que no era conveniente tener relaciones sexuales. “Pero es que yo no pensé. Ya me lo había pedido varias veces, hasta que al final me convenció y me acosté con él”, se acusa, mientras baja la mirada y se toca nerviosa los dedos pulgares de las manos. Sandra no tiene ni idea de todo el alboroto alrededor de las uniones tempranas y los matrimonios infantiles: ni de las primeras publicaciones de LA PRENSA GRÁFICA, ni del seguimiento del tema por parte de otros medios de comunicación, ni de los llamados del Consejo Nacional de la Niñez y de la Adolescencia (CONNA), de la Organización No Gubernamental Plan International, ni de las agencias de las Naciones Unidas. De momento solo sabe que tuvo que dejar la escuela y que ya tiene 28 semanas de embarazo.

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Mucho menos idea tiene de qué le depara el futuro. Hasta hace tres meses, todavía se animaba a asistir a clases, en una escuela pública que queda cerca de su casa, en el municipio de San Marcos. Pero, cuando no pudo ocultar más su evidente vientre abultado, prefirió hacer sus estudios a un lado. “No es fácil. Uno piensa que hacer el amor es bonito, porque uno está enamorado, pero después...”, se corta y luego prosigue: “A veces me pongo a pensar: ‘¿Y ahora qué hago?’ No voy a poder ni sacar bachillerato”, dice. Las razones por las que decidió abandonar el año escolar son varias, pero todas relacionadas con su embarazo temprano: según ella, algunas de sus compañeras comenzaron a burlarse de ella, a verla de menos y a tratarla como si tuviera de esas enfermedades que se pueden contagiar con facilidad, como si estuvieran exentas de verse inmersas en una situación similar.Como solía irse caminando para la escuela, estaba acostumbrada a que muchos de los hombres que trabajan en los negocios de las calles por las que frecuentaba la acosaran gritándole “piropos”, pero cuando la vieron embarazada cambiaron el tono y las palabras: “¿Y a mí no me vas a dar nada?”, “ahí dejala, tan socada que se hacía y ya no vale nada, ya está embarazada”.Por otra parte, comenzó a sentirse más cansada, una condición normal en la mayoría de embarazadas. Sobre el padre de su hija, Sandra dice que ella siente que la quiere, que le dice que va a ver la manera de que no le falte nada. “Él me ha dicho de vivir juntos, pero no me ha hablado de que nos casemos. Ahorita estamos viendo si cuando nazca la bebé nos vamos a vivir a la casa de su mamá. Pero yo no quiero. Yo a veces pienso: ¿Y qué voy a ir a hacer yo sola ahí?, pero al mismo tiempo pienso que tengo que hacerlo”, expresa con tristeza. A pesar de que su mamá “puso el grito en el cielo” cuando supo que estaba embarazada, es ella quien la ha estado cuidando todo este tiempo; al menos en lo que puede, porque trabaja como secretaria todo el día. Pero dado que tiene otros dos hijos, ambos menores que Sandra, no ve otra salida más viable que asumir que el violador se junte con Sandra.Ni su madre ni ella ocupan en ningún momento la palabra “violador” para referirse a Danilo (también nombre ficticio). Ambas utilizan el típico “él”. “Él” trabaja en la misma oficina administrativa en la que la madre de Sandra es secretaria, no ha sacado ninguna profesión universitaria, se desempeña como mensajero y coincidió con Sandra en más de una ocasión cuando ella llegaba a pedirle ayuda a su madre para imprimir tareas escolares. “Nos veíamos afuera, sin que se diera cuenta mi mamá. Yo caminaba un par de cuadras y luego él me alcanzaba y me llevaba hasta la casa”, cuenta.Cuando se le preguntó si estaba consciente de que, aunque hubiera dado su consentimiento para sostener relaciones sexuales, es una víctima de agresión sexual, Sandra no supo cómo reaccionar. Adolece de claridad sobre qué es o no es legal. Adolece de educación sobre cómo prevenir la vulneración de sus derechos. Adolece de información sobre todo lo que le espera siendo menor o mayor de edad. Es simplemente una adolescente más en esta sociedad falta de educación sexual.

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