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Así ayudé al joven que cayó del edificio en llamas

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Voluntario.  Rafael Durán muestra el equipo que ha adquirido con sus propios recursos.

Voluntario. Rafael Durán muestra el equipo que ha adquirido con sus propios recursos.

Atentos.  Durán y sus compañeros atienden llamadas de emergencias.

Atentos. Durán y sus compañeros atienden llamadas de emergencias.

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Subí por las escaleras de los Bomberos hasta una galera que conectaba con el segundo nivel de la tercera torre del Ministerio de Hacienda, que estaba en llamas. Miré para arriba y por las ventanas del octavo nivel un joven estaba saliendo. Le grité: ¡hey, entrate! ¡Entrate!, pero no me escuchó y se cayó. Se me puso la piel de gallina.

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Yo había llegado hasta esa galera después de que el radio me sonó a las 2:55 de la tarde. Lo sé exactamente porque vi el reloj. Desde la base de los Comandos de Salvamento me informaron que había un incendio en los edificios del Ministerio de Hacienda y que había que moverse lo más rápido posible. Tres compañeros más andaban conmigo en una diligencia. Les dije que lo mejor era dejar para después esa diligencia, subirnos en la ambulancia y ver si podíamos llegar lo más pronto al incendio, a pesar del tráfico de un viernes por la tarde en San Salvador. Todos corrimos a la ambulancia y en cuestión de minutos estuvimos en Hacienda.

Fue en ese momento en que nos dimos cuenta de que no íbamos preparados. Nuestras mascarillas y guantes los habíamos dejado en la base, pero ya no podíamos ir hasta la base y regresar, así que me acerqué a los bomberos, les expliqué que yo soy Rafael Durán, un voluntario en Comandos de Salvamento y que les iba a cooperar evacuando a la gente. Les pedí que me permitieran subir por su escalera, quebrar algunos vidrios, entrar al edificio y sacar a todas las personas que pudiera.

Los bomberos me vieron sin equipo, porque yo andaba solo con la voluntad de ayudar a mis prójimos, así que, sin nada en mi cabeza, rostro y manos que me protegiera, me subí a la escalera y llegué hasta la galera que conecta con el segundo nivel. Empecé a quebrar algunos vidrios para poder entrar en las oficinas. Con dos o tres vidrios que había quebrado, el humo comenzó a salir. Eran grandes cantidades de humo.Peor que el humo, yo sentí el impacto en mi cara del calor del fuego. Era intenso, muy caliente, sentía que mi cara también se quemaba.

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Fue en ese momento en que miré para arriba para quitar mi rostro de ese gran calor, y entonces vi al joven (Daniel Avelino Guillén, un estudiante de 18 años que hacía sus horas sociales en Hacienda) salir por la ventana. Le grité que se metiera en el edificio, pero no me escuchó. Entonces cayó.El muchacho no gritó mientras caía, o al menos yo no recuerdo haber escuchado gritos. Quienes sí gritaron fueron mis compañeros, los voluntarios de Comandos de Salvamento, que estaban abajo con bomberos, policías y otros cuerpos de socorro. El muchacho cayó a unos cuantos metros de donde yo estaba. Cuando lo vi caer, dije: ¡Dios mío, esto es más grave de lo que pensaba! Luego corrí hacia él por las láminas que amortiguaron el impacto. En ese momento no me importó si me caía, simplemente corrí para ver si podía ayudarlo. Me acerqué para ver si todavía estaba vivo y me sorprendí cuando intentó moverse. Le hice maniobras de primeros auxilios para ayudarlo a respirar y él intentó abrir un ojo. Comencé a gritar como loco a mis compañeros de Comandos de Salvamento y a todos los que estaban abajo: ¡está vivo! ¡está vivo! Los compañeros me hicieron llegar una camilla. Yo intenté levantar al joven para colocarlo y me asusté al ver que sus piernas estaba destrozadas. Eso ya no eran piernas, eran una especie de hules en vez de piernas. Así lo describiría yo, una cosa terrible. No tengo palabras. Lo coloqué en la camilla y no pude ponerle ningún vendaje para inmovilizar su cuello. Es que no tenía nada de vendas. Así que con ayuda de otros socorristas que habían subido a la galera logramos pasarle el joven a los compañeros que estaban abajo para que se lo llevaran al hospital Rosales. Hubiera querido tener equipo de oxígeno, alguna mascarilla o algo para inmovilizar su cuello, pero no lo tenía. Y no solo porque había dejado algunas de esas cosas en la base, sino porque nosotros los de Comandos de Salvamento no tenemos todo el equipo que se requiere. Pero eso sí: tenemos siempre la buena voluntad de ayudar al prójimo. Aunque sea sin equipo, soy Rafael Durán, un voluntario que es feliz ayudando a sus hermanos salvadoreños, aunque el presidente no nos felicite.

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  • incendio en Hacienda
  • bomberos

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