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Así se obtiene la licencia en un país con epidemia de accidentes

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Proceso.  Venta de preguntas, cobros injustificados y exámenes sin rigor son parte del proceso que pasan quienes aspiran a conducir un carro en un país con epidemia de accidentes viales.

Proceso. Venta de preguntas, cobros injustificados y exámenes sin rigor son parte del proceso que pasan quienes aspiran a conducir un carro en un país con epidemia de accidentes viales.

Así se obtiene la licencia en un país con epidemia de accidentes

Así se obtiene la licencia en un país con epidemia de accidentes

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Francisco muestra varios billetes de $20 que recién ha sacado de la bolsa derecha del pantalón, dice que es su estrategia para asegurarse de obtener la licencia de conducir. Tiene 19 años y este lunes está sentado frente a una percudida computadora que le lanza preguntas sobre reglas y multas de tránsito.

El muchacho mira constantemente hacia el techo de este cuarto repleto de cajas de cartón y polvo con aspecto de bodega, que la empresa examinadora convirtió en salón de pruebas teóricas para futuros conductores. Está nervioso porque hace una semana reprobó la teoría: obtuvo 6.8 de nota, el mínimo es 7. Reprobó a pesar de que en la última clase práctica que recibió en la escuela de manejo, que no es la misma examinadora donde está hoy cerca de Metrocentro San Salvador, el instructor que lo entrenó le dijo que podía venderle, a espaldas de la empresa, un cuestionario con las preguntas que le saldrían en el examen teórico. Canceló $12 por unas 25 fotocopias impresas con una tinta de mala calidad. “Se lo compré porque me cuesta entender las cosas, por eso dejé de estudiar cuando terminé noveno grado; pero no me sirvió de mucho: son 500 preguntas las que tiene ese libro”, dice Francisco con resignación. Aunque también se queja de no haber tenido dinero para ofrecerle un soborno a la persona que lo examinó, aunque no sabe si lo aceptaría.

Hoy tuvo mejor suerte, una señora alta, delgada, despeinada y de pocas palabras le dice que ha obtenido un 8. Está listo para el siguiente paso: el examen práctico de manejo.

Afuera del establecimiento hay más personas que esperan ser evaluadas para poder obtener su licencia de conductores: cuatro hombres y una mujer. Una llamada en el celular de Francisco corta el silencio de los últimos 10 minutos:

—Hola, abuelo. Sí, todo bien. Vaya, pero recuerde que usted me lo va a reponer.

El abuelo le ha dicho a Francisco que le ofrezca una “mordida” a quien lo examine, no quiere que le pase lo mismo de hace una semana con la prueba teórica.

—Me dice que siempre agarran pisto. ¿Se lo ofrezco antes de arrancar el carro o cuando considere que la he regado?

Francisco necesita tener la autorización para conducir porque le han ofrecido un trabajo de motorista en una empresa que reparte lácteos. Vive en uno de los municipios más inseguros del departamento de La Libertad y dice que son casi nulas las oportunidades de emplearse en otra cosa para alguien que no es ni bachiller.

En la semana que duró el entrenamiento práctico en la escuela, el instructor le dijo a Francisco que solo necesitaba aprender dos cosas para ser “dueño de la carretera”: saber “meter hasta quinta” en la calle al puerto de La Libertad y sobrepasarle a un busero.

—¡Las dos cosas hicimos! –dice con una risa retorcida.

Francisco ignora que esas enseñanzas lo pueden llevar a incrementar las estadísticas de la Policía Nacional Civil (PNC) con relación a accidentes de tránsito: del 1.º de enero al 15 de diciembre pasado, la PNC reportó 21,889 percances con un saldo de 1,143 fallecidos y 9,516 lesionados. Cifras que han llevado a la Organización Mundial de la Salud (OMS) a establecer que en El Salvador existe una epidemia de accidentes de tránsito.

Casi media hora después de que Francisco terminó el examen teórico, un hombre con cara de desgano sale con las llaves de un automóvil. Le ordena conducir solo en un tramo de 100 metros y “nada de meter tercera”. “Acá solo primera y segunda”. Cinco minutos más tarde, Francisco tiene una sonrisa de satisfacción. No hubo necesidad del soborno.

El que sigue en la lista para la prueba práctica es un tipo alto y fornido que tiene cara de niño. Dice que ha conducido una motocicleta desde hace cinco años sin estar autorizado para ello, pero el día anterior le impusieron la multa más alta que puede recibir un conductor en El Salvador por violar el Reglamento de Tránsito: $57.14. Esa sanción, dice, lo motivó a hacer el trámite. Su multa se suma al consolidado del Sistema Integrado de Tesoro Público que reportó en 2011 un ingreso de $10,626,983.39 en concepto de multas de tránsito. En 2012, hubo un incremento a $11,277,556.70. Para 2013, lo recaudado fue $10,125,434.70 y para 2014 se impusieron sanciones por $10,050,385.24. El año pasado lo percibido sumó un total de $9,287,310.89. Y de enero al 15 de diciembre de este año ya eran $10,872,058.62 en concepto de esquelas de tránsito.

El examinador le pide al motociclista que en un espacio de unos 10 metros cuadrados haga un giro en U. El hombre lo hace con un pie arriba de la moto y el otro tocando el pavimento. Tiene el motor encendido, pero la maniobra que hace es manual. Es todo, está listo para tramitar su licencia.

“No había venido antes porque creí que era difícil la prueba, pero esto es una payasada”, dice mientras espera que firmen y sellen el formulario con la certificación de que ha aprobado los exámenes.

Marta ya tiene su licencia, pero aún no se atreve a ingresar al tráfico pesado de la capital. Cuenta que recibió clases hace varios meses en una escuela de manejo ubicada en un municipio de la zona norte del departamento de San Salvador. Ahí la entrenaron, pero cuando iban a examinarla le explicaron que solo debía cancelar los $17 por el derecho a utilizar el vehículo para la prueba, pero nunca se la hicieron. “Usted no necesita examen, con solo el pago y las clases está lista”, le dijo el encargado de la escuela. Ese mismo día le entregaron la certificación con la aprobación de los exámenes.

Ni a Francisco ni a Marta les explicaron las faltas más comunes que cometen los conductores, según las estadísticas del Viceministerio de Transporte (VMT): la más frecuente es la falta número 13: no portar la licencia de conducir. La segunda es la falta 85, conducir sin estar autorizado para ello. Le sigue la falta 69, que es circular a mayor velocidad que la reglamentaria.

La cuarta es la falta 26: no portar llanta de repuesto o circular con llantas lisas. Después aparece la falta 27, carecer parcialmente de luz delantera o trasera. En el sexto lugar está la falta 1: virar en U donde no es permitido. Luego sigue la falta 28: no portar los triángulos reflectivos o dispositivos preventivos de seguridad.

En octavo lugar está la falta 61: no utilizar el cinturón de seguridad. La novena es la falta 6: circular con vehículos no matriculados, lo que significa portar la tarjeta de circulación vencida. Y la décima falta está relacionada: no portar la tarjeta de circulación del vehículo.

El VMT ha dicho en reiteradas ocasiones que tiene previsto preparar una propuesta de reforma a la Ley de Transporte Terrestre, Tránsito y Seguridad Vial con el fin de reformar los mecanismos de sanción a los infractores de la norma y causantes de accidentes viales. También se ha evaluado mejorar el proceso para obtener una licencia de conducir; sin embargo, las declaraciones de los funcionarios no se han traducido en hechos concretos.

En 2012, por ejemplo, la Asamblea Legislativa recibió la propuesta de clasificación de faltas “gravísimas” para elevar el costo de infracciones a $250 y $500 y suspender la licencia de conducir por algún tiempo, para el caso de la conducción peligrosa, pero aún no ha sido aprobada.

Lo que sí cambió en 2013 fue el artículo 147-E del Código Penal cuando hubo un cambio a la clasificación de conducción temeraria a peligrosa, con una sanción de uno a tres años de prisión, pena que puede incrementarse al causar accidentes que provoquen víctimas.

Se le acusa de conducción peligrosa, principalmente, a quienes son sorprendidos manejando en ebriedad.

Sin embargo, la Policía de Tránsito ha dicho que ninguno de los detenidos por conducción peligrosa ha pasado a esa fase en los tribunales, pues las lesiones son conciliables. En resumen, solo son 72 horas como máximo dentro de una bartolina y luego en libertad.

Es casi mediodía y Francisco está en el Viceministerio de Transporte, ha logrado un turno en la jornada matutina para someterse a un segundo examen práctico del día, el único que realiza el Estado como un filtro oficial para descubrir irregularidades en el proceso.

Adentro del edificio que tiene aspecto de galera industrial, una señora de baja estatura y con lentes le muestra con amabilidad la computadora con las preguntas: 30 en total.

Francisco logra un 10. “Estas preguntas son más fáciles”, dice mientras se coloca una mochila en la espalda y camina hacia la salida. Afuera, un sedán luce estrellado en la parte trasera de un autobús. Un cuadro común en un país con epidemia de accidentes viales.

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