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Cardenal Gregorio Rosa Chávez: “Les dejo una tarea: siembren una plantita de Romero”

Es aromática, medicinal y da sabor. El cardenal salvadoreño Gregorio Rosa Chávez recordó ayer, durante la eucaristía por el 38.º aniversario del martirio del beato Óscar Arnulfo Romero, que él se refirió a sí mismo, en uno de sus escritos, como “un palillo seco injertado en el olivo”, e invitó a cultivar unas ramitas de romero.Es aromática: “Romero exhaló el olor de Cristo, el olor de la santidad”.
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Fotos de LA PRENSA/Frederic Meza Conmemoración.  Distintas actividades simultáneas fueron realizadas en todo el país para conmemorar el asesinato del casi santo salvadoreño, Óscar Romero.

Fotos de LA PRENSA/Frederic Meza Conmemoración. Distintas actividades simultáneas fueron realizadas en todo el país para conmemorar el asesinato del casi santo salvadoreño, Óscar Romero.

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Es medicinal: “Sobre todo para enfermedades del sistema respiratorio, importante en este país tan contaminado, irrespirable, con tanta violencia, injusticia, extorsión, muerte, impunidad, división. Respiremos esa planta medicinal para que el país tenga oxígeno de vida”.

Da sabor: “Necesitamos el sabor de la paz, de la amistad, de la alegría, del encuentro de hermanos, de un país que vuelva a dar a los niños una atmósfera en la que puedan jugar libremente y en la que los jóvenes puedan tener sueños y proyectos, y en la que los ancianos estén tranquilos”.

Esa es la tarea que el cardenal Gregorio Rosa Chávez les dejó ayer a los salvadoreños que se congregaron en la Catedral Metropolitana de San Salvador para celebrar la eucaristía en conmemoración por el 38.º aniversario del martirio del casi santo Monseñor Óscar Arnulfo Romero.

“Para la canonización, le hemos pedido al papa Francisco en una carta que le enviamos los obispos diciendo que si es posible que pase por aquí cuando vaya hacia Panamá para ir  a la Jornada Mundial de la Juventud”.
Cardenal Gregorio Rosa Chávez

El cardenal salvadoreño comenzó la homilía refiriéndose a la ceremonia católica como una experiencia que se puede resumir en tres palabras: fiesta, júbilo y esperanza.Rosa Chávez destacó, haciendo referencia al evangelio del apóstol San Juan, en los capítulos 12 y 17, que relatan la hora del sacrificio de Jesús en el altar de la cruz, que así también el beato Romero sacrificó su vida en el momento de la ofrenda en el altar.

Recordó como una curiosidad el hecho de que el mártir, mientras oficiaba la misa en la que fue sacrificado con un disparo certero al corazón, ese domingo quinto de Cuaresma, tomó la Santa Biblia y escogió el referido evangelio de San Juan sin que correspondiera al calendario litúrgico. Y, minutos antes de su asesinato, había expresado: “Si no muriera, este granito quedaría solo; si da fruto es porque muere. En la tierra, solo deshaciéndose produce la cosecha”.

“Romero fue un hombre fiel. Se fue quedando solo, fue perdiendo amigos. Romero fue una ofrenda agradable a Dios. Y Dios nos lo quiso decir, de forma muy clara, al permitir que su muerte fuera en el altar en el momento del ofertorio, porque más claro es imposible hablar”, expresó el cardenal.

También hizo énfasis en que Monseñor Romero fue “el santo de cuatro papas”: del papa Pablo VI, quien cuando lo recibió en audiencia privada en el Vaticano con un mapa de El Salvador en el escritorio, le dijo: “El Salvador, tierra de santos: San Salvador, Santa Ana, San Miguel, San Vicente, Santiago de María. El próximo es usted”; del papa Juan Pablo II, quien visitó “secretamente”, a escondidas del Gobierno, la tumba en la cripta de la Catedral Metropolitana y se refirió a Romero como “celoso pastor a quien el amor a Dios y el servicio a los hermanos condujeron a la entrega misma de la vida de manera violenta, mientras celebraba el sacrificio del perdón y de la reconciliación”; del papa Benedicto XVI, a quien le tocó investigar la doctrina de Romero y cuando un periodista en Brasil lo abordó sobre su pensar acerca de Romero, respondió: “Para mí, es un gran testigo de la fe y merece ser beatificado, no me cabe la menor duda”. Y del papa Francisco, quien ha ordenado su santificación.

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