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Cómo prevenir en medio de la discriminación: los efectos sociales del coronavirus

La gente que está en los centros de cuarentena en El Salvador se siente señalada y acusada. En esos lugares, uno de los temores es que alguien se aguante los síntomas, por miedo a ser todavía más discriminado.

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Aislamiento.  Hay quienes han sido movidos de un albergue a otro.

Aislamiento. Hay quienes han sido movidos de un albergue a otro.

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La gente sigue volviendo a El Salvador. El sábado pasado, antes de que empezaran los movimientos de personas desde la Villa Olímpica, alguien buscaba más información sobre lo que se encontraría en los albergues. Y como suele suceder en este pequeño país, un amigo de un amigo puso a Marta (nombre ficticio) al teléfono con una persona en cuarentena en la Villa Olímpica. Marta quería regresar por varias razones. La primera es porque en México, donde estaba, no cuenta con ningún soporte familiar ni económico que la respalde en caso de que algo peor pase con el coronavirus. Lo segundo, porque prefería estar en el país en caso de que cerrara por completo y hasta nuevo aviso El Salvador, lo que justamente ocurrió ayer con un vuelo también procedente de México.

Pese a relatarle lo complicado que aún están algunos centros de cuarentena, Marta dijo que estaba decidida a entrar y que entendía que tenía que someterse a ese proceso para evitar un contagio.

“¿Y para qué se vinieron, pues?”, “Ya sabían a qué venían”.  “Ya no se quejen”, “Si tuvieron pisto para viajar, hoy aguanten”

Ayer mismo, otra persona intentaba regresar a El Salvador desde México, tenía vuelo comprado para el martes muy temprano y estuvo a punto de comprar un asiento en el vuelo 431 que finalmente fue cancelado ayer por la tarde, y del cual se dijo, traía gente con casos de COVID-19.

Estaba listo para ir a cuarentena y evitar cualquier riesgo para él y para otros, pero con el cierre del aeropuerto ayer es incierto si logre entrar.

Las razones por las que la gente regresa son muchas, pero básicamente necesitan el soporte que les da tener aquí su trabajo y sus garantías como salud. Además también hay un tema familiar.

En el albergue de la Villa Olímpica, por ejemplo, había una señora que volvió porque su hermano agonizaba. Pensó que por venir desde Estados Unidos podría entrar. En realidad tenía poca información. Fue a cuarentena el viernes y el sábado su hermano falleció. No pudo despedirse de él.

Mientras el ahora centro de cuarentena se organizaba, una de las recomendaciones que hacíanera avisar si alguien comenzaba a sentirse mal o presentar tos o fiebre. "Ayer yo oí toser bastante a alguien, debería de ir con el médico", decía una de ellas. Sin embargo, entre todas, reflexionaban que con la poca información que había, la gente podía tener miedo de decir los síntomas porque no sabría a dónde lo moverían.

Limpieza. Con lejía y un ventilador, hacen limpieza en el albergue.

Se trató de hacer conciencia sobre que si alguien se sentía mal, no tuviera que haber una denuncia, sino que cada quien, sabiendo el riesgo, buscar ayuda. "Si imagínese en las redes cómo nos atacan porque regresamos al país, como si pudiéramos hacer otra cosa, qué pasaría si resultamos con el virus", decía otra.

La discriminación que han sufrido los que se encunentran en cuarentena es evidente en diferentes sectores, y ya había hecho mella entre las mujeres, sobre todo, por la cantidad de reclamos por volver.

Esa misma discriminación en redes, es la que temían sufrir de comenzar a sentir algún síntoma.

"El reto es cómo hacer que la gente diga que se sienta mal, para que busque ayuda, cuando hay tantos comentarios ofensivos por todas partes", comentaba otra de las mujeres en ese lugar.

"Debemos pensar que lo que está en juego es la vida de nosotros y de otros", comentó la encargada del pabellón, a lo que todas asintieron con la cabeza.

¿POR QUÉ DECIDÍ VOLVER?

Todo pasó demasiado rápido. No habían transcurrido ni 48 horas de estar fuera del país, cuando parecía que la crisis en América Latina, provocada por el COVID-19, aceleraba el paso. Entonces comenzó un rosario de situaciones que poco a poco me fueron dejando sin opciones. Cuando cerraron los primeros accesos hacia el país decidí que debía adelantar mi regreso. Estaba en un taller y la Fundación que me invitó suspendió las últimas actividades para que los participantes regresaran a casa. Cuando todavía se podía ingresar al país, incluso había discutido con mi familia y en mi trabajo que debería quedarme unos días encerrada solo para prevenir que más adelante no tuviera síntomas.

En ese proceso, se fueron cerrando las puertas de retorno hasta que la última opción era volver vía México y entrar en la cuarentena de 30 días que había impuesto el gobierno. Lo pensé mucho y busqué diferentes recomendaciones para tomar la mejor decisión. Y mucho he leído, en redes sociales, sobre la decisión que más de mil personas, que estamos en los centros de cuarentena, tomamos.

"¿Y para qué se vinieron, pues?", "Ya sabían a qué venían", "Ya no se quejen", "Si tuvieron pisto para viajar, hoy aguanten". Yo, efectivamente ya sabía a qué venía, estaba consciente de mi decisión, pero eso no lo hace más fácil ni implica que al vernos con poca información al principio, o revueltos todos en un mismo lugar, no íbamos a sentir angustia. No cometí ningún delito, y aún así, en alguna parte del proceso me sentí como una criminal.

Desechos. En los últimos días hubo denuncias sobre acumulación de desechos en los albergues.

Pero ¿qué más podía hacer si no regresar? Aquí vivo, aquí está mi familia. Si algo pasa quiero estar cerca. Los casos van a llegar y si alguien de mi familia enferma espero estar ya avanzada en la cuarentena para poder ir a su auxilio. No lo niego, sopesé irme a Estados Unidos donde vive mi hermana, quedarme en México, pero todo era solo atrasar el trago amargo de la cuarentena. No importaba el tiempo que estuviera fuera, una vez regresara debía cumplir los 30 días.

Cuánto tiempo puede mantenerse alguien fuera del país pagando comida u hospedaje, qué pasa si enfermo, qué pasa si la frontera está completamente cerrada y alguien de mi familia enferma. Una vez hechas esas preguntas no parecía haber más que una sola respuesta.

En realidad, el que esté en esta situación podría ser cualquiera. En el albergue de la Villa Olípica me encontré esposos que regresaban de luna de miel, profesionales que estaban en alguna capacitación, gente que estaba cerrando negocios. Gerentes que fueron a Guatemala y solo estuvieron 24 horas fuera, parientes que querían ver a sus familiares agonizantes. Mujeres embarazadas que tenían que regresar al chequeo, y un sin número más de casos. Podría ser cualquiera.

Ahora las cosas parecen ir tomando rumbo. Entré sin fiebre y sigo asintomática. Estoy en un segundo centro de cuarentena y el resto de mujeres que están aquí también están asintomáticas.

Poco a poco baja la ansiedad, por que el miedo y la impotencia no es solo nuestra, es también de nuestros familiares y amigos que no solo se preocupan por nuestro bienestar aquí adentro, sino porque cuando se rompió el cerco epidemiológico, no hayamos quedado demasiado expuestos.


Refuerzo en prevención

Un recorrido a través de mensajes con varios albergados que han sido movidos a hoteles en Sonsonate, el  centro obrero de Coatepeque,  Zaragoza y la Villa Centroamericana dan cuenta que han sido reforzadas las medidas de aislamiento, y  que están reubicando a muchas personas, aunque aún no son muy claros los criterios. 

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