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Cuando pende de un hilo la salud mental de un niño de ocho años

Su padre lo abandonó cuando apenas tenía cuatro años. Su madre sintió la necesidad de emigrar a Estados Unidos en busca del sueño americano. Creció a punta de los golpes de su madrastra y de su padre alcohólico y ha comenzado a superar, de a poco, sus traumas desde que su madre fue deportada y antes de volver a irse le cedió la tutela legal a los padres de ella.

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Ayuda profesional.  La abuela de Andrés hizo un llamado a no tener miedo de buscar ayuda profesional en el tema de salud mental, comprobó es de gran ayuda.

Ayuda profesional. La abuela de Andrés hizo un llamado a no tener miedo de buscar ayuda profesional en el tema de salud mental, comprobó es de gran ayuda.

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Hoy es el Día Mundial de la Salud Mental, un ámbito al que se le presta menos atención de la necesaria, pero cuyo cuido significa mucho más de lo que se piensa. Ejemplo de ello es Andrés (nombre ficticio), un niño que cumplirá ocho años el próximo 26 de octubre, pero quien ya ha sufrido una serie de acontecimientos que estuvieron a punto de dejarle una huella para toda la vida, de no ser porque una psicóloga le devolvió su autoestima.

Andrés tenía apenas cuatro años cuando su padre lo abandono a él, a su madre y a su hermana, que ya tiene 16 años. El conflicto intrafamiliar entre sus progenitores tuvo origen en el vicio del padre, una persona alcohólica, y luego se recrudeció por la infidelidad del mismo.

Abandonada y con dos hijos menores de edad, la madre de Andrés, que para ganar el sustento diario tenía una pequeña tienda, decidió emigrar en busca del sueño americano; y, luego de una larga disyuntiva interior, se vio en la obligación de dejar a Andrés y solo llevarse a su hija. Fue entonces que todo se complicó para el niño.

“Nosotros siempre nos preguntamos que por qué no lo dejó con nosotros”, dice la abuela materna, “pero ella dijo que él era el papá y que él lo iba a cuidar; nos dijo que ya había hablado con él y que él le había prometido que iba a cambiar, que iba  a dejar el vicio y que iba a cuidar al niño”, añadió. Andrés tenía ya seis años. 

La realidad fue muy distinta: cuando el padre de Andrés tomaba sustancias alcohólicas podía pasar embriagado hasta quince días o hasta un mes; mientras tanto, su nueva compañera de vida, por la que había dejado a la mamá del niño, era quien debía hacerse cargo de él, pero también lo maltrataba. 

Si, por ejemplo, la hija de ella le arrebataba un juguete a Andrés y este reaccionaba quitándoselo para tenerlo de vuelta, el llanto de la niña era motivo suficiente para que su madrastra le pegara y lo castigara.

 Lo obligaba a tragarse la comida  a la fuerza  cuando Andrés había perdido el apetito dadas las circunstancias de violencia intrafamiliar en las que estaba sumergido; nunca se ocuparon de llevarlo con un médico; tampoco lo inscribieron en el sistema educativo y mucho menos se preocuparon por mantenerlo en contacto con su madre en Estados Unidos. Esto último ocurría solo cuando los abuelos maternos iban a buscarlo para pasar con él los fines de semana.

 “El niño llevaba una vida bien tremenda al lado de su papá”, reitera la abuela. “Hubo un día en que lo fuimos a traer y estaba todo golpeado. Estaba bien pechito”, recuerda.

 La situación comenzó a cambiar solo cuando regresó la madre de Andrés, deportada. El niño ya tenía siete años. De no haber regresado, lo más probable es que el niño siguiera padeciendo hasta estos días, sometido a las mismas condiciones de maltrato infantil, sin que los abuelos pudiesen hacer nada. 

Antes de irse de vuelta a norteamérica, donde había dejado a  la hermana de Andrés, su madre se ocupó de hacer el papeleo legal correspondiente para otorgarle la custodia a los abuelos.

Pero por si lo anterior fuera poco, cuando finalmente comenzó a asistir a un centro educativo fue víctima de bullying, al grado de que un día tuvo que salir corriendo porque un grupo de adolescentes estaba persiguiéndolo para golpearlo. Desde ese incidente han pasado unos ocho meses y las condiciones que ahora rodean a Andrés han dado un giro de 360 grados.

Sus abuelos encontraron ayuda en un programa de salud mental apoyado por Médicos sin Fronteras, que le  ofreció a Andrés una serie de terapias psicológicas que le han permitido recuperar su autoestima. Ha desaparecido su conducta agresiva, que no era más que su forma de defenderse cuando se sentía amenazado.

 “Cuando lo regañábamos por alguna cosa, se iba a acurrucar a un rincón y gritaba, y lloraba, pensaba que le íbamos a pegar. Ahora él está bien cambiado. Aquello que él tenía de que se iba a un rincón ya no lo tiene. Ahora él juega, se ve feliz.  Cambió bastante, hasta gordito se nos ha puesto. Antes, como ni al kínder lo mandaban, no sabía nada. Hoy ya sabe leer y escribir”, cuenta la abuela.

El padre de Andrés, que ahora es padre de otros dos menores de edad y de uno más que está en camino, fue un día, a inicios de este año, a buscarlo a casa de sus abuelos y quiso llevárselo para pasar con él un fin de semana, pero Andrés no estaba, había salido con su abuelo. Dijo que iba a regresar al día siguiente, pero nunca volvió. Y mejor que no lo haya hecho, afirma la abuela, porque aunque Andrés ya no piensa en él, cuando lo recuerda aún tiembla.


560

millones de personas en el mundo sufren depresión y ansiedad, según la OMS.

20%

de niñez y adolescencia padecen trastornos mentales en el mundo, según la OMS.

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