El CIFCO, entre roces, apagones y absentismo

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El CIFCO, entre roces, apagones y absentismo

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Este es el centro de votaciones más grande del país. Atiende a más de 22,000 personas, casi la misma población de todo San Francisco Gotera, la cabecera de Morazán. El Centro Internacional de Ferias y Convenciones (CIFCO) bien puede verse como un microcosmos para entender al resto de sedes electorales en el país. Las actividades comienzan a oscuras.

Decenas de personas aguardan entre el frío y el sueño para entrar y ocupar su mesa. Pero para muchos la madrugada significará un esfuerzo inútil. A pesar de que el sábado les dieron sus credenciales, sus servicios ya no serán requeridos.Uno de los desairados es Paolo Hasbún, más conocido por ponerle el sonido a filmes de ficción salvadoreños como “Malacrianza”. Vino antes de las 5 de la mañana. Ya son casi las 9 y no ha obtenido una respuesta. Lo mismo pasa con otras 10 personas.

“Somos una especie de suplentes de suplentes... Tengo la impresión de que de los sorteados no hay gente en la mesa”, comenta Paolo.

Su impresión puede parecer exagerada, pero no está tan lejos de la realidad. La consulta a cada una de las 37 mesas de votación lanza un número: solo uno de cada cinco miembros de una Junta Receptora de Votos son personas que fueron elegidas tras el sorteo del TSE. Los otros 145 fueron propuestos por los partidos políticos.

En lo que Paolo y otros han esperado fuera del pabellón 1, también otro problema se ha reportado en el CIFCO: un corte de energía eléctrica. Más tarde se sabrá que se debió a un bajón de voltaje en todo el recinto. La luz se irá dos veces más, al filo del mediodía, esta vez porque los técnicos del centro decidirán encender a un tiempo todos los aires acondicionados.

Estos prometían ser unos comicios con pocos colores políticos. Pero el verde, el rojo, el naranja y el tricolor están aquí. Y de forma tan intensa que provocan roces. Varios areneros alegan que los correligionarios del PDC están incidiendo al voto de manera velada: se juntan más de 20 ataviados por chalecos verdes para andar en diferentes puntos.

También los miembros del PDC se quejan de los colores de ARENA, específicamente a la hora en la que Carlos Calleja, precandidato presidencial por el partido de derecha, llega a depositar su voto. Un vestido de verde le grita a un tricolor y recibe un grito como respuesta. Calleja, sin embargo, parece ajeno al tumulto y se limita a sonreír y estrecharle la mano a quien se cruza en su camino.

Llega el mediodía, la 1 de la tarde, las 2, las 3, y el río de personas no se engrosa nunca. Este recinto, el mayor centro de votación de El Salvador, está marcado por el absentismo. Los observadores calculan que, a esta hora, apenas un 34 % de los capacitados para votar ha venido.

La jornada de Adriana Cornejo, una de las elegidas en el sorteo del TSE, avanza con lentitud cuando el reloj roza las 4 de la tarde. Ella define a la experiencia, inédita en su vida, “como fácil y tranquila”, pues su deber era asegurarse que todo aquel que votara manchara su dedo en tinta indeleble. Pero tiene una queja.

“Todos los partidos le han venido a dejar comida a aquellos que ellos mismos propusieron. Como yo fui de las sorteadas, nadie me ofreció algo a mí, solo agua para beber. Creo que es como una forma de discriminación, así lo veo yo”, dice.

La cercanía del cierre no parece aumentar el grueso de votantes. Hay incluso más personas en las afueras, incluyendo al candidato a diputado de San Salvador por el FMLN José Luis Merino, sentado justo detrás de un póster con el que pide el voto.

Cuando a las 5 se cierra el centro, para Adriana y los que conforman las juntas faltan todavía muchas horas. El panorama no parece muy alentador: los magistrados del Tribunal Supremo Electoral se han equivocado a la hora de introducir su contraseña para poner a cero el proceso de transmisión de resultados. Y esta no es, precisamente, la primera vez en que parecen no tener la clave correcta.

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