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Adolfo Tórrez: el amigo incómodo

La muerte de Adolfo Tórrez aún provoca interrogantes entre quienes colaboraron de cerca con él en la departamental de ARENA. Esta crónica reconstruye las últimas horas de vida del malogrado empresario de seguridad privada, así como los detalles que rodearon sus exequias. Miembros de su seguridad personal, colaboradores políticos, policías, médicos y amigos personales, que hablan todos con condición de anonimato, ofrecen cada uno piezas del complejo rompecabezas de la muerte de este activista político, uno de los más eficaces al decir de ex correligionarios y adversarios.

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Llegó a su casa unos 10 minutos antes de la una de la madrugada, un par de horas antes de morir. Había tomado. Bastante. Una botella de vino compartida con dos amigos areneros por la tarde, otra y media de whisky en la casa de uno de ellos, un diputado, durante toda la noche. Quizá por eso cuando regresó a su hogar en Santa Elena, Antiguo Cuscatlán, fue su esposa quien debió quitarle el arma, una Glock 9 milímetros, como él lo había mandado para proteger a sus hijos. “En mi casa, jamás un arma; todo se lo dejan al muchacho de seguridad en la entrada”, era la premisa inviolable, según cuenta uno de sus guardaespaldas. Esa noche, quizá por los tragos de más que tenía, Adolfo Tórrez, el Chele, cumplió su regla a medias.

Antes de las 3 de la madrugada de ese 2 de junio, tras recibir una llamada en su celular, el 77793532, fue la bala de una pistola 9 milímetros —la investigación no determina si la suya u otra—, una que le cruzó el corazón y el pulmón para salir por la espalda y terminó incrustada unos cincuenta centímetros dentro de un muro cercano, el que terminó con la vida del Chele Tórrez.

Datos apuntados en la autopsia, de cuya versión final poco se conoce porque la Fiscalía General decidió cerrar la investigación en tiempo récord —solo cinco días después de la muerte, cuando el promedio en otros casos, según investigadores consultados, puede ser de meses—, revelan que Tórrez murió por un disparo calibre 9 milímetros que entró a la altura del corazón y salió por la espalda en ángulo decreciente. Un ex colaborador y correligionario, quien asegura haber hablado con uno de los auxiliares forenses que participó en el examen del cadáver, dice que Tórrez tenía una laceración en una rodilla. (Los médicos de Medicina Legal se abstuvieron de comentar.)

Lo más peculiar era, sin duda, su voz. Más que su modo desenfadado de jugar con la argumentación. Mucho más que su mirada esquiva. La voz ronca, más cavernosa entre más él intentaba acallarla, era su marca. Aquel mediodía de enero pasado, pocos días después de que la elección municipal dejó a Norman Quijano como alcalde de San Salvador, la voz de Adolfo Tórrez irrumpió en el restaurante del hotel: hablaba sin gritar por su celular, el mismo, el 77793532, cuando se percató de que muy cerca, en una mesa dispuesto a tomar el buffet, un adversario político, activista de la campaña de Mauricio Funes, le saludó con una seña. Tórrez no dudó en acercarse. Empezó, entonces, una conversación bizarra, marcada por la prudencia táctica entre adversarios.

—ARENA va a ganar, zocadita, pero gana –decía Tórrez.

—Mmmmm. No creo yo –la respuesta retórica del efemelenista.

—Y si pierde ARENA, ¿me va a dar amnistía? –El Chele, con una mueca maliciosa, y la mirada, esta vez sí, clavada en el interlocutor, se la jugaba entre la broma y la seriedad. Él sabía bien por qué: “Para nadie es un secreto que yo en ARENA hago las cosas que nadie más quiere hacer ”, diría Tórrez semanas después en otra conversación.

El trabajo de Adolfo Tórrez fue, al decir de él mismo, una parte importante en la victoria electoral de Norman Quijano sobre la ex alcaldesa Violeta Menjívar. Uno de sus colaboradores más cercanos en la departamental de San Salvador, desde la que el Chele impulsó en 2003 la campaña presidencial de Antonio Saca, atribuye a Tórrez un gran control de eso que los partidos llaman territorialidad. Tórrez, dice otro arenero cercano a Saca en la administración anterior, conocía al dedillo el mapa de votantes de ARENA y el FMLN en barrios, zonas marginales, comunidades y colonias de San Salvador. “Sabía dónde y cómo buscar”, resume una de las fuentes.

El mismo Tórrez lo explicaba en una conversación sostenida con él el 9 de marzo, seis días antes de la elección presidencial que terminó con el mandato de ARENA en el Ejecutivo y, de paso, con su poder en la departamental capitalina.

Había entrado temprano al restaurante Los Ranchos, uno de sus preferidos. La cita era para desayunar. “Vengo desvelado. Es que una de mis niñas está enferma. Vengo del hospital”, decía quizá para explicar su voz aún más ronca, sus ojeras. Desvelados o no, los ojos de Adolfo Tórrez mantenían aquella mañana la cualidad esquiva, vivaz pero prudente que solía mostrar en el uno a uno.

—¿Cómo la ve? Parece que va a ganar el Frente. ¿Qué dicen sus últimas encuestas?, pregunto.

—ARENA está bien. Zocadita va, pero va bien. El Frente se le echó a Mauricio (Funes) un buen rato después del gane de Norman. Ahorita ya están juntitos otra vez, pero ARENA avanzó bastante. Aquí hemos trabajado un vergo en San Salvador. Hoy se trata de hacer lo mismo que hicimos aquí, hacerlo en todo el país.

—¿Y qué fue lo que hizo aquí con su gente el día que ganó Norman?

—Movernos. Mirá, aquí es de ir a cada casa antes del día (de elecciones) a sondear a la gente. Si sabés que una señora de la tienda es arenera pero su hijo no, tenés que trabajar a la señora. Convencerla. Y te voy a decir algo: el voto arenero es cómodo, no le gusta salir a votar. Así que de eso se trata, de mover el voto, de sacarlo de sus casas...

Nunca, en aquella conversación, Adolfo Tórrez aceptó como ciertas las acusaciones que le hacían desde su propio partido o desde la acera del FMLN sobre movimientos de votos de un municipio a otro. En esa plática se limitó a reconocer su papel en la operatividad el día de las elecciones del 18 de enero y el rol que jugaría en las del 15 de marzo.

Antes de terminar su plato, Tórrez regresó a la idea con la que había abierto la conversación: “ARENA va a ganar, zocadita, pero va a ganar”. Una semana después, casi a las 7 de la noche del día de elección presidencial, el Chele daba otra versión matizada a fuerza por los resultados, la famosa del “hafanahafana” –su peculiar forma de decir “a half and a half”, mitad y mitad en inglés, para referirse a lo cerrado del conteo preliminar–, al enfrentar a los medios de comunicación cuando ya parecía bastante claro que Mauricio Funes había ganado la presidencia. Al decir de varios areneros, sobre todo de sus colaboradores más cercanos –tres de ellos hablaron para la elaboración de esta pieza bajo condición de anonimato–, fue esa noche que la relación entre Adolfo Tórrez y su partido empezó a ir mal.

Llegó a la morgue de Medicina Legal en San Salvador el martes 2 de junio antes del mediodía. Casi 24 horas antes había tomado posesión Funes como nuevo presidente constitucional de El Salvador. Unas nueve horas antes había muerto su ex jefe, el hombre al que había seguido en varias campañas electorales y al que había servido de informante en trabajos de inteligencia. Así lo relata Raúl, nombre ficticio de un miembro de las seguridad de Tórrez. Atendiendo a esta versión, el Chele falleció antes de las 3 de la madrugada.

Raúl aceptó reconstruir su versión. “Lo hago porque aquí hay algo que no cuadra y es necesario que se conozcan los detalles”, explicaba su disposición a contar. Dijo haber hablado con forenses que trabajaron en el cadáver, con médicos que atendieron a Tórrez en el hospital al que lo trasladaron tras el balazo que lo mató, con amigos y correligionarios que acompañaron el cuerpo del malogrado director departamental la madrugada de ese martes en el hospital y con varios areneros que asistieron junto a él a las exequias.

“Él estuvo con dos personas la tarde del día de la toma de posesión. Él, el diputado Guillermo Gallegos, y una mujer, miembro del partido, en una cafetería de Santa Elena. Ahí se tomaron una botella de vino”, contó Raúl, quien aseguró que por su relación con el trabajo de Tórrez siempre estaba al tanto de los pasos, las reuniones y las compañías de su jefe. (Guillermo Gallegos, ex jefe de fracción de ARENA y diputado en la actualidad, aceptó públicamente, tras la muerte de Tórrez, que había estado con él el 1.º de junio por la tarde).

“De ahí el Chele se fue a otra casa. Siguió tomando. Se despacharon otra botella y media de whisky. Él y sus acompañantes decidieron salir a un night club. El Chele dijo que había que ir a traer dinero, porque él solo andaba $300, pero así se fueron. Luego él se fue a su casa. Ahí pasó todo...”

Raúl entorna los ojos y apaga el ritmo de la conversación...

Un buen rato después de que su esposa le quitó la Glock 9 milímetros, pasadas las dos de la madrugada, Adolfo Tórrez recibió una llamada. Así lo confirman cuatro de las fuentes consultadas, incluido un investigador de la PNC. La llamada lo hizo salir al pasaje frente a su casa. El Chele caminó hasta un muro donde él había mandado construir una puerta de acceso. Cuando estaba cerca de la puerta, de la que acababa de pedir las llaves, sonó el disparo. “Hallaron el cuerpo cerca del muro. Cuando lo encontraron él no tenía pistola en sus manos”, dice un miembro de la seguridad personal que llegó a la escena del crimen poco después del disparo.

Un miembro de la Policía que conoció también la escena asegura que una Glock 9 milímetros estaba, encasquillada, a un metro y medio del cuerpo, que según otro amigo cercano a Tórrez estaba boca abajo.

El cadáver ya estaba en la morgue de Medicina Legal cuando el equipo de forenses llegó a iniciar la jornada laboral. Entre las 7 y las 7:30 de la mañana del 2 de junio, los médicos se repartieron el trabajo. Uno de ellos y dos auxiliares trabajaron sobre el cadáver del hombre de mediana estatura, complexión regular y piel blanca tendido en una de las tres bandejas de autopsias. Los otros, al decir de una persona que estuvo en el cuarto, se dedicaron a lo suyo, a los cadáveres que tenían enfrente. Afuera no había “nada inusual”, nada aparte de las cámaras de televisión y reporteros que a esa hora ya hacían una pequeña multitud. La autopsia duró lo que suelen durar estos exámenes en cadáveres que presentan perforaciones de bala, entre una hora y media larga y dos horas. A las 10:00 a. m., todo estaba hecho. La bolsa negra en la que los forenses envolvieron el cadáver de Adolfo Tórrez quedó en el depósito de la morgue por un par de horas hasta que el agente Raúl y otros llegaron a recogerlo. Del examen forense realizado aquel día la Fiscalía dijo que fortalecía la hipótesis del suicidio, algo que los más allegados a Tórrez, como el agente Raúl, uno de sus ex colaboradores en la campaña proselitista, un policía que conoció de cerca las investigaciones y dos miembros de los comandos de campaña areneros que hablan con condición de anonimato, siguen sin creer.

El tercer fin de semana de mayo, a quince días de la toma de posesión del gobierno de Funes, el Chele Tórrez citó a sus más allegados en una reunión. El lugar escogido, la hacienda de un abogado que es amigo político. Ahí había, dicen dos personas que asistieron, areneros, pecenistas y algunos colaboradores cercanos; no políticos sino más bien relacionados con las empresas de seguridad que Tórrez poseía. A esas alturas, ARENA ya había desterrado al Chele tras el escándalo de la llamada en que pedía medio millón de dólares a Roberto Silva para arreglar los problemas del ex diputado por lavado de dinero. A esas alturas, Tórrez, dicen dos de sus colaboradores, ya había tocado puertas en el seno arenero que nunca se abrieron. En la hacienda, el Chele comunicó a los presentes que pensaba emprender un nuevo proyecto político y que buscaría al PCN para hacerlo.

“Él nos pidió paciencia. Estaba empeñado en ese proyecto. Nos hablaba de organizar una nueva estructura.” Lo cuenta Esteban, un mediano empresario que acompañó a Tórrez en las últimas campañas de ARENA, desde su oficina particular en la periferia de San Salvador. “Yo le dije: Te vienen días difíciles. No te vayás a desesperar.”

—¿Qué lo tenía desesperado? ¿Lo de la llamada con Silva?

—No, no. Él de eso ya estaba claro. Sabía que nadie lo iba a apoyar. Sabía que no solo él estaba en eso, que había más gente, pero que a él lo iban a meter de chivo expiatorio, de único culpable. Sabía que en el COENA –el previo al que en la actualidad preside Alfredo Cristiani, el que aún presidía Rodrigo Ávila– líderes importantes del partido habían pedido una y otra vez su cabeza. No, también es paja que estaba abatido por el dinero o por las deudas de sus empresas; si él estaba bien económicamente. Lo que pasó es que él se sintió traicionado. Así nos lo dijo a mí y a muchos otros.

Esteban asegura que él, tras la derrota arenera, se dedica a sus negocios, y que acompañó al Chele en los días posteriores al escándalo Silva y a la expulsión de ARENA porque era su amigo. Nada más. Él, como el agente Raúl, estuvo con Tórrez hasta que su cadáver fue sepultado en Montelena, a un par de kilómetros del muro con puerta donde se oyó el balazo de 9 milímetros el 2 de junio en la madrugada.

Dos rosarios adornaban el cadáver. Uno rodeaba el cuello. El otro caía desde una de las manos. Su esposa y algunas amigas, la seguridad de ellas, formaban el grupo más cercano al féretro que estuvo expuesto en una sala de Montelena desde la media tarde del 2 de junio. Quienes ahí estuvieron coinciden en la misma palabra para describir la vela: masiva. “Sobre todo gente humilde, clase media, que se relacionó con él cuando él era director departamental y hacía territorio. Había mucha gente así. Lo que menos viste ahí fue figurones, ni líderes del partido, que no llegaron, ni grandes empresarios”, relata un activista que acompañó la campaña presidencial de Rodrigo Ávila.

La esposa de Tórrez, de hecho, pidió, ya en las postrimerías de aquella tarde, que la seguridad despachara con discreción a algunos correligionarios.

Hasta ya bien entrada la oscuridad, fue la gente sin nombre público la que, al decir de dos de los presentes, hizo fila frente al féretro para ofrecer su particular despedida, con una oración, una señal de la cruz, incluso con algún beso en la mejilla del cadáver. Buena parte de esa gente, cuenta un antiguo colaborador de Tórrez, era la que llegaba al edificio de la departamental a pedir alguna ayuda. Dicen que Adolfo Tórrez sacaba hasta $5,000 del banco, lo cambiaba en billetes pequeños y los repartía. ¿La plata? De él, dicen unos; del partido, alegan otros.

Fue más tarde, asegura un ex diputado arenero, que se acercaron a la vela algunos legisladores y políticos de ARENA, como Milagro Navas, Enrique Valdés, Hugo Barrera y Ernesto Angulo.

Cuando llegó la hora del entierro, tocaron los mariachis. Ahí estaban algunos areneros como Guillermo Gallegos, el diputado que acompañó al Chele Tórrez en su último día de vida; Mónica O'Byrne, actual miembro del COENA; el ex diputado Wilfredo Iraheta Sanabria; y activistas políticos como Pedro Julio Hernández. Ningún líder de ARENA.

Al final, dicen, la multitud aplaudió justo antes de que el féretro empezó a recibir la tierra que ahora lo cubre.

Horas antes, en la misa de cuerpo presente, uno de los hermanos de Tórrez subió al púlpito para dirigir un mensaje final: “Si sabés cómo tiene que ser la lealtad de grande, levantá la mano por encima de tu cabeza, y así de grande tiene que ser. Esas son palabras que me enseñó él, Adolfo”, parafrasea Esteban, el empresario mediano, al pariente encargado de hablar antes del entierro.

Las palabras, interpretan Esteban y Raúl, eran una respuesta póstuma, por boca de un pariente, al campo pagado que el COENA publicó tras el escándalo que vinculó a Roberto Carlos Silva con Adolfo Tórrez. Ahí, el partido ARENA cortaba de tajo con uno de sus principales activistas, uno que se había vuelto bastante incómodo. El partido en pleno se unió, entonces, a los reclamos que ya en la campaña para elegir al presidenciable arenero había hecho la ex vicepresidenta Ana Vilma de Escobar, quien acusó a Tórrez de amañar la primaria.

Luego, en una entrevista concedida a los pocos días de la publicación del campo pagado, el ex presidente Antonio Saca –quien había defendido a Tórrez tras las acusaciones de De Escobar– también se distanció: “Yo no voy a entrar en el juzgamiento del director departamental, lo que sí creo es que el mensaje de que el partido no será la casa de refugio de quienes cometen ilegalidad es el más importante para El Salvador”.

La Fiscalía cerró el caso abierto tras la extraña muerte. A pesar de las dudas sobre la trayectoria de la bala, que retomó incluso un investigador de la PNC. A pesar de la posición del arma en la escena. A pesar de las dudas de algunos de sus guardaespaldas.

Dentro de poco, sin embargo, las autoridades podrían dar una vuelta de tuerca al caso, no por la investigación en torno a la muerte, sino por el destino de algunas de las miles de armas que estuvieron a nombre de SERCONSE, la principal agencia de seguridad privada que él hizo crecer, en parte, gracias a contratos con el anterior Ejecutivo. O por los contratos que empresas otrora ligadas a Adolfo Tórrez están a punto de lograr con el Estado.

El día que murió, Adolfo Tórrez había tomado una botella de vino y otra y media de whisky junto a compañeros del partido.

Hubo, en la vela, gente que hizo fila para dar su despedida particular al féretro de Tórrez, con oraciones e incluso besos.

El fallecido. Investigadores y allegados en la escena de la muerte de Tórrez.

El activista. Adolfo Tórrez jugó roles importantes en las campañas proselitistas de Rodrigo Ávila y Norman Quijano.

Día movido. Fue un día diferente en Medicina Legal cuando llegó el cadáver de Tórrez.

El activista. Adolfo Tórrez jugó roles importantes en las campañas proselitistas de Rodrigo Ávila y Norman Quijano.

El título original de la publicación era "El amigo incómodo".

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