El caserío gobernado por el miedo

Un promotor del Ministerio de Salud buscaba ayer, cerca de las 11 de la mañana, a ocho personas –cinco bebés y tres mujeres– en el desolado caserío Río Viejo del cantón El Llano, en San Luis La Herradura (La Paz). Solo encontró a tres bebés, enlistados para el control de vacunas.
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Desolado.  Algunas familias seguían dejando sus casas en Río Viejo, pese al intenso despliegue policial. Esperan que este sea permanente.

Desolado. Algunas familias seguían dejando sus casas en Río Viejo, pese al intenso despliegue policial. Esperan que este sea permanente.

El caserío gobernado por el miedo

El caserío gobernado por el miedo

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Una guardería del Instituto Salvadoreño para el Desarrollo Integral de la Niñez y la Adolescencia (ISNA) que normalmente atiende a 36 niños, ayer solo tenía siete. El culto diario que realizan los feligreses de la iglesia evangélica Jardín del Edén al que, usualmente, asistían 40 feligreses tuvo solo 15 personas el miércoles por la noche. La vida está trastocada en esta comunidad rural que, sin embargo, no está a más de 10 minutos de la alcaldía municipal. Los pobladores que aún permanecen en Río Viejo, el caserío desalojado tras amenazas de pandilleros, resienten la inactividad de esa entidad. Aquí, los policías son el único rastro de un Estado por demás ausente. “El alcalde ni se ha asomado, solo viene en la calcomanía de él que está pegada en los carros”, dice una mujer, mientras desgrana frijoles que piensa compartir con los agentes. “Ni una libra de frijoles nos ha dado, solo para pedir votos son buenos”, lamenta. Desde que inició la huida de familias, la alcaldía y su jefe, Pedro Sandoval, compartieron 23 fotos en nueve publicaciones de Facebook. Ninguna respecto de esta emergencia. Cuando este periódico intentó hablar con él, se informó que no podía porque estaba reunido con el comité de festejos. “Quiero que enfatice que aquí se van a mantener. No voy a mover a la gente hasta nueva orden”, pide un subcomisionado de la Policía Nacional Civil (PNC). Siete agentes lo escuchan hablar. Descansan. “La comunidad nos ha apoyado y ya van a regresar a patrullar”, dice el jefe. El polvo en las botas, uniformes y fusiles de los policías sirve como evidencia del terreno en que han trabajado por los últimos dos días. “Si los pandilleros vienen acá, acá está la policía. Pero hoy no hemos visto ninguno, ¿veá, jóvenes?”, le pregunta el oficial a su tropa, que asiente. “Si vemos a uno y no levantan las manos, vamos a disparar”, dice uno de los agentes, y sus compañeros lo aprueban con sonrisas. La policía del sector dice no tener evidencia de amenazas concretas. Pese a ello, a tres casas de distancia, una familia de tres personas termina de recoger sus pertenencias para subirlas a un desvencijado pick up donde ya han montado su refrigerador, el objeto que más destaca. La madre de familia dice que se mudarán a una casa cerca de donde vive su cuñada. “Si nos dan seguridad para largo tiempo, podemos regresar”, cuenta, mientras se alista a abandonar su casa. La gente se empezó a ir el pasado lunes 12 de enero. El jefe policial en la zona se lo atribuye a que la población “sintió temor por la persona que mataron, el decapitado”. Esa víctima se llama Juan Antonio Valladares, de 54 años, y su cuerpo fue encontrado en unos manglares. Los pocos pobladores que permanecen en Río Viejo recuerdan a Valladares como “apartado, un hermano (evangélico) que tocaba guitarra”. La noticia del hallazgo de su cadáver se transmitió cuando los feligreses estaban en un culto en la iglesia Jardín del Edén. De ahí salieron algunos para reconocer a la persona que colaboraba con ellos, el que tocaba las alabanzas en sus reuniones. Ese día, algunos de los hermanos prefirieron no dormir en sus casas y regresaron a la iglesia, donde la pastora autorizó que pernoctaran. Otros miembros de la congregación les prestaron colchonetas para que aproximadamente unas 30 personas esperaran la luz del día, durante su última noche en Río Viejo, antes de marcharse. Nadie sabe por qué mataron a Valladares. El hombre salió ese lunes para recoger madera en los manglares, como solía hacerlo. Uno de los pobladores dijo que su muerte se trataba de un mensaje, como para certificar que las amenazas de los pandilleros eran ciertas. Sebastián –nombre ficticio– piensa que esa costumbre de entrar en manglares –donde el Ejército encontró un campamento improvisado atribuido a los pandilleros– pudo haber sido la condena de Valladares. “Él talvez andaba buscando madera para hacer leña y ellos pensaron que vigiándolos andaba. Como en el centro (de San Luis La Herradura) es de otra pandilla, si usted va a comprar, (ellos) andan pensando que anda vigiándolos. Es una pelea bien absurda”, dice Sebastián. Esa paranoia entre los pandilleros es la que ha cambiado el estilo de vida aquí desde hace unos seis meses.Las mototaxis dejaron de entrar; el bus del ingenio azucarero que transportaba a los empleados también. “Nosotros mirábamos en las noticias otros lugares. Aquí, (los periodistas) solo venían cuando el río se llenaba”, recuerda. “Aquí no había nada. Pero vinieron de otro lado y campamentearon (sic) con otra familia hasta que echó raíces”. La mudanza de otros pandilleros a la zona fue el origen de los problemas, según este lugareño. Su narración recuerda a lo que otras personas contaron sobre San Pedro Perulapán (Cuscatlán), a 71 kilómetros de distancia. Sebastián también piensa en irse. Pero tiene dilemas. “Si nos vamos hacia el centro de La Herradura, el pensamiento es que estos vienen huyendo, a saber qué han hecho. Y ¿de qué vamos a trabajar? Si solo podemos punchar (sacar cangrejos del río), pescar y cañar”, medita. Uno de sus vecinos, antes de irse, le dijo que había dejado puestas 70 trampas para cangrejos adentro de los manglares. Pero Sebastián no ha entrado, pese al despliegue del Ejército. “Después van a decir que enseñándole a los soldados dónde estaban escondidos he andado”, se convence.

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