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El insistente deseo de querer llegar al norte

El grupo de migrantes que pasó antes que Carlos (nombre ficticio) en el trayecto entre Monterrey y Reynosa no dijo “la clave” frente a los soldados, federales y agentes de migración que estaban en el retén. Por ello, en menos de cinco minutos el bus donde iban fue interceptado por varias personas armadas y no se volvió a saber nada de ellos. “Bien sabían quiénes eran”, dice.
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El insistente deseo de querer llegar al norte

El insistente deseo de querer llegar al norte

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Según Carlos, en Monterrey les dan una clave para que algunas de las autoridades de seguridad (que ya están compradas por los carteles) identifiquen que el coyote ya entregó a los narcos la cuota de paso y los dejen avanzar libremente. Según, dice “la clave” puede ser una palabra o un número. “En una ocasión mi ‘clave’ era Shakira”, dijo. Esa es una de las razones más fuertes que hacen dudar a Carlos, un hombre de 30 años, de hacer su cuarto intento (de cruzar) hacia Estados Unidos. Sin embargo, desde 2014 cuando salió de Chalatenango, hacia el país del norte, las razones que lo obligaron a irse son las mismas y él tiene clara la situación.Sueña con tener una casa amueblada, que tenga tres cuartos pequeños (uno para su pareja de vida y él, otro para su hijo y un tercero que sirva de bodega), un baño lavable, una cocina de ladrillo y ahorros para que su hijo de cinco años pueda estudiar en El Salvador. En la actualidad vive en una pequeña casa (construida gracias al apoyo de una ONG), a la que se mudó con su pareja de vida, luego de que ella resultó embarazada cuando cumplió 18 años y acabó de terminar de estudiar bachillerato.

 

Un año después, más migrantes tienen miedo de Trump

La casa es un pequeño cuarto de bloque, a los costados otra pequeña estructura de adobe (ya se encuentra dañada), que funciona como cocina. Además, a 3 metros de esta hay una olla que sirve como pila y a los extremos tiene una letrina abonera. Es la zona rural y está ubicada en un pequeño terreno que no le alcanza a Carlos para poder cultivar maíz, frijoles y maicillo como el resto de sus vecinos, quienes aunque habitan en un municipio que está catalogado como de extrema pobreza, al final de la cosecha recogen granos para mantenerse “y ganar unos centavos extras”.

Trabajo modesto

Carlos sobrevive gracias a pequeños ingresos que obtiene como peón de construcción y jornalero. Sin embargo, en 2014 se hartó de la situación, “de no pasar de lo mismo. estar ganando solo para comer está cabrón”, dice. Le pidió a su hermano Mauricio (también nombre ficticio) que le ayudara para irse hacia Estados Unidos. Este solo le dijo que encontrara a alguien que le prestara la mitad del dinero en El Salvador ($3,500) y buscara al coyote.

La bienvenida a un país que expulsa a su gente

Desde entonces él tomó la misma decisión que 43 personas que migraron hacia Estados Unidos –entre ellos al menos 18 jóvenes–; sin embargo, el resultado del éxodo para él no ha sido el esperado: la primera vez cayó en McAllen, la segunda en Monterrey y la tercera en McAllen nuevamente.

El joven prefiere que no se mencione el nombre de la comunidad donde vive, y en la que habitan 325 personas y tiene 85 viviendas, pero está ubicada en Chalatenango. La razón del anonimato es sencilla, él como otros jóvenes seguirán intentando llegar a Estados Unidos, seguirán en busca del coyote para que les ayude a cruzar la frontera.

Aunque ahora recuerda como aventura muchos trayectos, como cuando cruzó junto a 17 personas más el río Suchiate que sirve como frontera entre Guatemala y México, y pasó toda la noche alrededor de cerros a bordo de un pick up, también está consciente del peligro que representa emprender el viaje, puesto que un “errorcito” le puede costar la vida.

A ese riesgo también se enfrentaron 52,938 personas que fueron retornadas a El Salvador (31,425 desde México) en 2016, según las estadísticas de la Dirección General de Migración y Extranjería de El Salvador. Y este año las deportaciones salvadoreñas entre enero y el 23 de octubre pasado llegan a 22,400, según la DGME.

Tan complicado está el paso ahora y la estadía en el país del norte, que el presidente Salvador Sánchez Cerén anunció en días posteriores un plan de inversión para los salvadoreños retornados por la no renovación del Estatus de Protección Temporal (TPS, en inglés). La última prórroga vence en marzo y estarían amparados 190,000 compatriotas.

Los recuerdos de Carlos están bien presentes. En noviembre de 2015 se llevó el mayor susto (la tercera vez que intentó llegar a Estados Unidos), específicamente cuando estaba por llegar al ‘levantón’ (lugar en donde un guía los estaba esperando a bordo de un carro, para luego entregarlos a un familiar en Estados Unidos y cobrar los últimos $3,500). “Un hondureño que iba con nosotros dijo que se podía el ‘tiro’, entonces, nos mandaron con él. Pero el hondureño no conocía ni mierda, nos fue a meter a un monte que ya casi nos iba a amanecer ahí (entraron a media noche) y no hallábamos el ‘levantón’”, recuerda.

El miedo

Ahí Carlos fue sorprendido por la migra. Corrió con todas sus fuerzas y al llegar a una parte boscosa se subió en uno de los árboles, por miedo a que los coyotes (de los que ya le habían contado que habitaban la zona y los había escuchado aullar esa noche cerca del lugar) se lo comieran. Al amanecer intentó buscar a alguno de sus compañeros, pero lo único que encontró fue una gran casa cercada con alambre de razor, a la cual no quiso entrar por miedo a que lo fueran a secuestrar.

Al mediodía llegó cerca de una parcela de naranjas y se escondió dentro de unos tubos que estaban cerca de esta. Cansado y con mucha sed, sacó su celular para escribirle a su hermano en Estados Unidos (gracias al servicio roaming y marcando *325) y le explicó dónde estaba para que lo fuera a recoger el coyote, pero por desgracia se le descargó su celular y ya no pudo terminar de ponerse de acuerdo.

“No hallaba que hacer, yo me iba a arriesgar, a esperar la noche para salir, porque a unos metros veía los carros de la migra”, dice.

—¿Y entonces qué hiciste?

—A mediodía pasó “el Mosco”, un avión bajito (quizá había caído gente alrededor del río), entonces, ya después cuando venía de regreso por donde yo estaba, escuché los aullidos de los coyotes nuevamente. Entonces yo dije: “Este es un aviso que me da Dios para que no me fueran a hartar esos animales”.

Carlos corrió lo más rápido que pudo a lo largo de parcela de naranjas y vio cómo un carro de la migra lo seguía detrás de él, pero como solo lo vieron a él cree que no le tomaron mucha importancia. Al caer la noche volvió a llegar al cerco de donde había escapado el día anterior, en segundos vio que una patrulla se dirigía hacia él. Considera que pudo escapar, pero no lo hizo por el susto que había pasado.

“Como ya me había pasado ese susto de los coyotes, ya uno como que se resigna, no que uno haciendo la gracia talvez... pero no fuera ser que me pasara algo más”, dice con resignación y hasta con mucha rabia.

Pese a estar tres meses encarcelado en México, Carlos tiene claro que volverá a hacer otro intento, después otro y otro, hasta que logre pasar. Además, comenta que su familia le dice que “se considere” y que por la deuda no se preocupe, que ya verán cómo hacen para pagarla. Para Carlos el riesgo que corre durante el camino hacia Estados Unidos es menor al de la situación que se vive en El Salvador.

“Uno dice que hay para allá está perro, pero uno viendo el país también está perro aquí. Yo hallo que la última opción que tengo es de no irme, pero sería como que llegara allá, y me secuestraran y pagaran un gran billetón por mí. Así no creo que me quieran seguir ayudando”, comenta.

Carlos está dispuesto a lanzarse a una nueva aventura, está seguro de que su destino podría cambiar allá, aun con todas las dificultades migratorias que enfrentan todos los migrantes salvadoreños, sino los de Centroamérica en general. Aun así quiere probar. Está “perro” aquí y allá, pero ve un mejor horizonte en ese viaje. Su sueño, su casa, su familia, la eterna decisión es la encrucijada de los migrantes.

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