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El largo camino de Ottoniel por querer educarse

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No hay transporte  colectivo y los estudiantes de bachillerato deben caminar todos los días más de 4 kilómetros.

No hay transporte colectivo y los estudiantes de bachillerato deben caminar todos los días más de 4 kilómetros.

Solo 39  estudiantes reciben clases en tercer ciclo en el cantón Los Naranjos, Chalatenango. Hay una población de jóvenes de 90 en edad escolar.

Solo 39 estudiantes reciben clases en tercer ciclo en el cantón Los Naranjos, Chalatenango. Hay una población de jóvenes de 90 en edad escolar.

Ottoniel  camina casi 12 kilómetros diarios para poder estudiar bachillerato.

Ottoniel camina casi 12 kilómetros diarios para poder estudiar bachillerato.

Un puente de madera,  en malas condiciones, sirve como auxilio en los días de tormenta. Muchos esperan que baje la corriente.

Un puente de madera, en malas condiciones, sirve como auxilio en los días de tormenta. Muchos esperan que baje la corriente.

El largo camino  de Ottoniel por querer educarse

El largo camino de Ottoniel por querer educarse

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Son las 4 de la mañana y a Ottoniel lo espera un recorrido de 12 kilómetros diarios por una calle rústica y solitaria. Otto se queda unos minutos más en la cama, piensa si todo el ritual previo para salir de su casa y lo que tiene que caminar vale la pena. Supone que sí. Se pone su suéter rojo para el frío recorrido

e inicia su marcha. Después de una media hora de camino (1.5 kilómetros), a paso ligero, llega a un desvío donde se reúne con seis jóvenes. Ellos son parte de un total de 90, entre 15 y 18 años, del cantón Los Naranjos, en La Palma, Chalatenango, que estudian bachillerato.Ottoniel López, de 17 años, delgado, cabello negro, de piel morena seca, cursa segundo año general junto a un joven y dos jovencitas más; las otras tres están en primer año. Son las 5 de la mañana y la zona norte de Chalatenango se caracteriza por sus bajas temperaturas. El grupo inicia su recorrido de 4.5 kilómetros al Complejo Educativo Los Planes, en La Palma.

A diferencia de sus compañeros, Ottoniel inicia rápido una conversación. No es tímido, hace todas las preguntas que se le ocurren en ese momento y las anécdotas salen con facilidad. Es un joven que busca mantenerse ocupado. Si no está en la escuela, ayuda a su familia en los cultivos, asiste al grupo juvenil de la iglesia católica y juega fútbol.

“Cuando hay jugadas en la cancha, salen como 12 equipos de fútbol de bichos y bichas entre 12 y 18 años”, comenta bien emocionado después de preguntarle si veía muchos jóvenes en su comunidad.

La pregunta surgió porque la escuela del cantón solo tiene 17 estudiantes en séptimo grado, 11 en octavo, 11 en noveno y los siete de bachillerato. Son 46 jóvenes los que estudian de un poco más de 200, entre 12 y 18 años, que registró el Diagnóstico Comunal 2015 para el Desarrollo a Corto y Largo Plazo del Cantón Los Naranjos. Aparentemente, en el informe de Deserción Escolar de 2015 del Ministerio de Educación, la escuela del cantón Los Naranjos y el Complejo Educativo de Los Planes no tienen índices de deserción escolar.

¿En qué registro están todos los que conforman esos equipos que no aparecen como desertores porque al terminar un nivel nunca se volvieron a matricular?

“Hay un grupo al que nadie le dio seguimiento”, reconoció el viceministro de Educación, Francisco Castaneda. La mayoría de los jóvenes a los que se refería Ottoniel forman parte de ese grupo invisibilizado por Educación. A diferencia de la deserción, a escala nacional, se desconoce cuántos jóvenes no están estudiando ni trabajando. El funcionario asumió como responsabilidad del ministerio saber dónde fueron y qué hacen esos estudiantes.

Es mediodía y los jóvenes de las zonas aledañas a Los Planes tienen una hora para ir almorzar y regresar a la jornada de clases.

“A veces solo traemos un dólar y andamos guardando para traer una sopa de esas de 30 centavos y hervir agua para que nos salga más barato. De vez en cuando, me ponen comida y otras veces no traigo nada”, cuenta Ottoniel, quien continúa estudios a pesar de la precariedad; otros 3,745 estudiantes, en cambio, no siguieron por dificultades económicas en 2015.

El joven menciona que de sus 10 hermanos, una está en la universidad, otra sacó bachillerato pero permanece en la casa y uno que está en séptimo grado pero que, según Ottoniel, ya no quiere seguir estudiando. Los demás, al igual que muchos de la zona, se agregan a los cifras de alumnos que dejan la escuela por el trabajo agrícola, de los que el año pasado el MINED reportó 4,019 casos.

“Mirá, en lo que te vas a ir a estar todo el día en la escuela, podés hacer $7”, cuenta Ottoniel que les dicen los padres a sus amigos. La falta de apoyo y la reproducción de ese discurso hacia sus hijos ha hecho que unos 5,912 estudiantes deserten en 2015 porque sus padres ya no quieren que estudien.

Más allá de las causas de la deserción que presenta el ministerio, tres especialistas en el tema de educación coinciden en que los alumnos deciden retirarse porque el sistema de aprendizaje no es atractivo y el estudio dejó de ser un factor de “movilidad social”. Para la directora de país de la Fundación de Educación y Cooperación (EDUCO), Alicia Ávila, “no les interesa terminar el bachillerato porque no les está garantizando empleo”, expresó.

—¿Qué pensás hacer al salir de bachillerato?

—Ya con el título de bachiller uno puede trabajar en una farmacia en La Palma o en cualquier otro lado y no solo en la tierra como jornalero.

A pesar de que Los Naranjos pertenece al municipio de San Francisco Morazán, catalogado en Pobreza Extrema Severa en 2010 por el Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local (FISDL), el 85 % de su población está inscrito en La Palma. Lo mismo ocurre con la educación, las promociones de noveno grado, que en los últimos años no pasa de 15 alumnos, opta por viajar a Los Planes, que desde 2011 inauguraron dos aulas para educación media.

Los Naranjos no es distinto a otros cantones del país. Los buses no recorren el camino agreste en el que solo se ven carros de doble tracción y jóvenes en moto, sin casco ni licencia, que cobran $3 por los 20 minutos que dura el viaje. Ese tiempo hacían los 11 bachilleres del año pasado, a los que la alcaldía les había patrocinado transporte, pero de esos, solo terminaron seis. Por esta razón, el concejal de la Alcaldía de San Francisco Morazán Jesús Chacón dice que lo cancelaron porque para la municipalidad resultaba un gasto. Si más de 10 estudiantes hacían la solicitud en 2016 habrían dado transporte.

Cuando no poseen un vehículo, no pagan o no consiguen un aventón, desde niños hasta personas de la tercera edad, caminan por aproximadamente una hora 40 minutos, tiempo en el que el sol y la carga no se siente tanto como la sensación de soledad. Algo que aumenta cuando ya han pasado 40 minutos en el que solo se ven árboles, cultivos y barrancos que permiten ver las lejanas montañas. En ese lapso hay un tramo que se llama Los Chorros, el rocío de la montaña a un extremo y el sonido de un arroyo le da sentido al nombre del lugar que, aun al mediodía, es un poco oscuro.

El concejal y demás pobladores comentaron que específicamente en ese lugar, un grupo de jóvenes con armas blancas salían a asaltar a los pobladores. El caso que todos recuerdan es la violación, hace dos años, de una joven con discapacidad, el hecho se une al de otros 1,848 estudiantes del país que decidieron retirarse en 2015 y ya no arriesgarse por correr diferentes peligros.

El grupo sale a las 4:30 de la tarde de clases, tres días a la semana. El mismo recorrido de la mañana los aguarda. Después de los 40 minutos, se ve la primera casa, unos pasos más y el grupo empieza a desintegrarse. Los que siguen, al inicio de la bajada más inclinada saben que ya llegaron al centro de Los Naranjos. Un predio baldío frente a la iglesia, que ofrece misa una vez al mes, es la plaza del cantón donde los jóvenes y demás pobladores se encuentran los domingos. Al final de esa calle está la escuela; frente a esta, la única tienda en el centro del cantón. Después de pasar el centro, se observan casas un poco dispersas por las dos calles que van a dar a los demás caseríos.

Ottoniel quiere ser ingeniero agrónomo. Es uno de los pocos que quiere estudiar y regresar para contribuir al desarrollo de su comunidad. Esa carrera es, quizá, la única que pueda ayudarle a conseguirlo. Lo que hace que tenga esa idea es que de las 176 familias de la comunidad, el 46 % de ellas tiene como principal fuente de ingreso la agricultura. Pero está consciente de que si quiere ir a la universidad, primero debe empezar a trabajar para pagarse sus estudios si no logra conseguir beca.

Muchos jóvenes se pueden identificar con el pensamiento de Ottoniel. Pero cuando se le preguntó a la directora del Complejo Educativo de Los Planes, Arely Cortez, sobre su percepción de los jóvenes de la zona alta, suspiró, hizo una pausa y contestó: “La visión de ellos es totalmente diferente, quedarse simple y sencillamente hasta noveno grado o bachillerato y hasta allí llegan sus sueños; casarse o acompañarse, irse para Estados Unidos y hasta allí”. Lo dice sin esconder la mezcla de tristeza y enojo que le causa tanta indiferencia.

Además de querer ser ingeniero agrónomo, Ottoniel quisiera ser profesor, pero al ver que una de sus maestras es interina, analiza que no hay muchas oportunidades para esa carrera. Recuerda a la enfermera que se graduó hace 10 años que tampoco ha encontrado trabajo y los otros jóvenes que estudiaron técnico en turismo en Chalatenango que también están sin trabajo.

—¿Has pensado en emigrar del país?

—A veces me dan ganas, pero el viaje vale $8,000 y uno no está seguro si va a pasar. Mejor me quedo aquí y veo cómo hago para conseguir un trabajo en mi país.

Ottoniel no quiere ser parte de los 12,996 alumnos que abandonaron el país el año pasado. Pero, al final, miles de jóvenes de la zona rural y urbano-marginal que desertan del sistema educativo cada año son víctimas de problemas “estructurales” que según el viceministro Castaneda el país viene cargando desde la guerra civil que a pesar de algunos esfuerzos por insertarlos en el mundo laboral, los jóvenes siguen sin tener oportunidades.

Minutos pasan de las 6 de la tarde y Ottoniel llega a su casa. Una hora después, las calles de Los Naranjos son iluminadas por la poca luz que sale de las casas. Su población permanece callada hasta las 4:30 de la mañana del día siguiente, donde sus agricultores, amas de casa y estudiantes reanudan sus actividades en el lejano cantón.

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