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“El problema no es que se me tiren al cuello a mí”

Esta es la primera parte de una entrevista que el periodista Lafitte Fernández le realizó a la gobernante costarricense como parte de una serie de pláticas con los mandatarios centroamericanos.
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“El problema no es que se me tiren al cuello a mí”

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</p><p>Ella sabe lo que pasa: su gobierno ya no puede pagar una planilla tan gigante como la que tiene el Estado costarricense. Por eso tiene miedo a que en Costa Rica ocurra una sorpresa financiera casi cósmica.</p><p>Los números asustaron a la politóloga Laura Chinchilla: el problema no es, necesariamente, que el número de empleados públicos sea desproporcionado.</p><p>El mayor desafío de su gobierno es que los empleados públicos ganan dos o tres veces más que un asalariado de la empresa privada y eso puede ser un presagio de una atmósfera de tugurio para todos los costarricenses.</p><p>Ella quiere hacer ya las correcciones. Quizá cree en la vieja parábola de la zorra y las uvas: lo que no se puede tener no merece la pena.</p><p>Y aunque la economía costarricense muestra números musculosos y firmes, la presidenta de Costa Rica, Laura Chinchilla, sabe que no debe llegar al colmo de pedir dinero prestado para pagar la panilla estatal.</p><p>No hace mucho tiempo, Chinchilla quiso aprobar en su país una reforma fiscal que le diera más dinero a su gobierno. Cuando lo intentó, una serie de publicaciones periodísticas le tumbaron a un viejo amigo que se desempeñaba como ministro de Hacienda. Al hombre lo pillaron evadiendo impuestos y se tuvo que largar para su casa. La gobernante debió decirle a su amigo: para permanecer hay que irse.</p><p>Después de esa renuncia, que le puso a Chinchilla la tez cerosa y le arruinó varias noches sus sueños, la presidenta tuvo que pasarse a la otra acera: bajar los privilegios que tienen los empleados públicos en el aparato estatal más grande de Centroamérica.</p><p>Eso significa que Chinchilla tendrá que enfrentarse a los más poderosos sindicatos de empleados públicos de Centroamérica, que a más de un mandatario costarricense volvieron esquizofrénicos. </p><p>Es un viernes por la noche. Laura Chinchilla todavía trabaja en la Casa Presidencial. Es una mujer bien articulada que cree que el lenguaje –y no el dinero ni la fuerza– da legitimidad.</p><p>Su despacho no es lujoso. Es parte de un viejo edificio que algún gobierno compró a una empresa que ahora controlan salvadoreños.</p><p>En la primera parte de esta entrevista, la presidenta habla de algunos de los problemas actuales de la democracia costarricense, como el hecho de tener un Estado bienestar del tamaño de un país europeo, a pesar de tener ingresos que obligan a ese aparato público a andar casi descalzo.</p><p>También adelanta que, a finales de este año, presentará una serie de reformas para impedir que las minorías partidarias, representadas por cinco o menos diputados, puedan evitar que se tomen acuerdos queridos por las mayorías.&nbsp;</p><h2> Usted aparece con la espada desenvainada y le dice al ejército de empleados públicos costarricenses que representan una intolerable gordura del Estado. Les anuncia que ganan mucho dinero, que son mejor pagados que los empleados privados y que les quitará los privilegios. Dice eso en un país con poderosos sindicatos públicos que se le pueden tirar al cuello. ¿Tiene la voluntad política necesaria para no ceder en esa lucha?</h2><p>Ese es un tema impostergable en el marco de los problemas que Costa Rica tiene pendiente. Es un problema de larga data. Acumula muchos años de irresponsabilidad en el manejo de las negociaciones salariales.&nbsp;</p><h2> Pero...</h2><p>Durante muchos años de oscurantismo de negociaciones, esos empleados se han amparado con asociaciones colectivas, acuerdos de junta directiva que ni siquiera se respaldan en una ley. También eso está amparado en una de las carencias que me sigo encontrando en el debate público y la formación cívica de Costa Rica. Ese es, quizá, el mayor déficit de construcción de ciudadanía en este país. Tenemos beneficios que no logramos sostener ni financiar.&nbsp;</p><h2> ¿Hay demasiado Estado?</h2><p>En términos de Estado y Producto Interno Bruto (PIB) no nos comparamos tan mal con otros países. Pero para tener un Estado como el de Costa Rica, necesitaríamos una estructura tributaria muy diferente. El tamaño del Estado que tiene Costa Rica es muy similar al de algunos europeos que son muy volcados al bienestar social. Tenemos una estructura tributaria de apenas el 13% o 15% frente al PIB. Pero esos estados europeos tienen un peso del 30% o 40% en los impuestos.&nbsp;</p><h2> ¿Qué se debe hacer?</h2><p>Es que el problema de este Estado es en materia de salarios. No necesariamente porque tengamos una gran planilla. Los salarios en el sector han crecido en una proporción que no vamos a poder sostener del todo.&nbsp;</p><h2> ¿Hay voluntad política para llevar este tema hasta el final?</h2><p>Por supuesto que sí. De otra manera no habría dado ese paso. Si nadie pone el control, si nadie se ha atrevido a hacerlo, si nadie se atrevía a poner en evidencia, con claridad, lo que estaba pasando, yo establecí de una vez una propuesta.&nbsp;</p><h2> Pero no basta con eso...</h2><p>Aquí no basta con que la presidenta diga quiero arreglar esto, mande un proyecto de ley y le llegue mañana. Aquí hay que negociar muchos los procesos. Luego hay que ir al Congreso a convencer a una minoría de cinco diputados. Si no, se buscan trabas constitucionales. De manera que por ser este un tema que nunca se ha llevado con seriedad, yo no quiero precipitarme.&nbsp;</p><h2> ¿Qué hacer entonces?</h2><p>No quiero que por querer dar la impresión de que sí hay determinación, precipitarme. Eso debe estar precedido de una mesa de trabajo con los sindicatos. No hay que resolverlo con medidas de presión. Queremos darnos un espacio para dialogar y poder revisar los contenidos.&nbsp;</p><h2> Usted intenta hacer una reforma fiscal y, literalmente, le tumban al ministro de Hacienda. En este tema asume una posición muy atrevida… ¿No cree que otros actores se le tirarán al cuello?</h2><p>El problema no es que se me tiren al cuello a mí. Para eso decidí ser presidenta. Tengo que reconocer que por dar muchas de estas luchas, como la reforma tributaria, entre otras cosas, se ven temas de popularidad. Pero no hay que trabajar con criterios de popularidad, sino de responsabilidad. El problema no es tanto cuál es el trato personal sobre Laura Chinchilla. El problema es que la institucionalidad ha venido dificultando que las decisiones se tomen con oportunidad, aunque uno tenga la mayoría a su lado.&nbsp;</p><h2> ¿Se atora el Gobierno?</h2><p>Es duro reconocerlo. Por un lado Costa Rica es una de las democracias más sólidas, pero tenemos que hacer ajustes para que los principios democráticos no solo se sigan defendiendo, sino también para poder hacer valer la voluntad de un gobierno y un parlamento que quiere pronunciarse en cierto sentido.&nbsp;</p><h2> Es un caldo democrático diferente...</h2><p>Mientras Guatemala sacó una reforma tributaria en menos de un mes, El Salvador hizo lo mismo, Honduras también; en Costa Rica nos llevamos año y medio discutiendo una reforma tributaria.&nbsp;</p><h2> Y tres años discutiendo un TLC...</h2><p>Tuvimos que resolverlo en un referéndum. Yo estoy orgullosa del sistema costarricense, pero debemos reflexionar y plantear algunas reformas que las haríamos a fin de año.&nbsp;</p><h2> ¿Qué tipo de ajustes?</h2><p>Hay que hacer ajustes que, sin lesionar nuestra institucionalidad, sin irrespetar principios ni minorías, podamos permitir que cuando existe un gobierno elegido, mayoritariamente, y cuando hay mayorías en el Congreso, se puedan tomar las buenas decisiones.&nbsp;</p><h2> A veces pienso que el problema pasa porque el costarricense se ahoga sin Estado. Lo construyeron creyendo que el Estado le arregla todo. Hasta su mayor aspiración es trabajar para el Estado, más aún ahora que los salarios públicos duplican o triplican los privados como usted lo denunció. Supongo que tendrá que peregrinar con muy buen verbo para conseguir esa otra reforma.</h2><p>Mire, tiene razón. Usted conoce la idiosincrasia de este país. Le apunta muy bien a muchos elementos de riesgo. Pero sí hay que hacer un esfuerzo por explicar lo que pasa y abrir el debate. Si el debate solo se hace entre Gobierno y sindicatos, eso difícilmente avanzará. Hay muchas bromas en las redes sociales. Aquí si llovió o no llovió es culpa de la presidenta. Yo sé que muchas veces piden mucho al Gobierno porque se espera mucho de él. El costarricense pide cada vez más eficiencia. Eso me parece bien. Hay que saber en qué estamos gastando los impuestos. No es mi intención, ni la gente lo quiere, una propuesta desde una perspectiva exclusivamente fiscalista. Tampoco se trata de achicar la planilla del Estado. De lo que se trata es aplicar criterios de equidad a los salarios que se pagan a los empleados públicos. Queremos funcionarios públicos más eficientes.&nbsp;</p><h2> Cuando se gobierna un país, con quién se trabaja mejor: ¿con los ricos o con los pobres? ¿Quiénes son más exigentes? ¿Dónde se pega más cosa?</h2><p>Por formación académica profesional, por ser clase media, por una serie de razones me cuesta mucho polarizar. Me cuesta mucho ver el mundo en esos términos.&nbsp;</p><h2> ¿Blanco y negro?</h2><p>Sí, me parece que asimilarse con eso tiene que ver cómo nos consideramos nosotros al mundo. Me ha tocado tratar con gente que tiene un gran capital, pero que se comportaba con una gran sencillez, con un gran criterio, con una gran inspiración de solidarizarse con los demás. También me he encontrado con gente muy miserable que, quizás, es muy egoísta. Está más preocupada por cosas que no son tan trascendentes. Yo no podría generalizar. Hay gente con la que se puede trabajar muy bien. Hay otra gente con la que, prácticamente, es imposible avanzar.</p>

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