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El retorno de un exconvicto llamado Ingmar Guandique

Después de pasar seis años preso por la muerte de una becaria en Estados Unidos, Ingmar Guandique llegó al país. La Fiscalía estadounidense le retiró los cargos y lo deportaron. El joven llegó al país con el mote de ser pandillero y con un futuro incierto.
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El sonido del teléfono asustó a las gallinas el sábado 6 de mayo en la casa de la familia Guandique en el cantón Mayucaiquín del municipio de San Miguel. La llamada la hizo Ingmar aquella mañana para avisar que un día antes había llegado repatriado desde Estados Unidos (EUA) en un vuelo de operaciones del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, pero que había decidido hospedarse en un hotel en la periferia de San Miguel.

Ingmar, el inmigrante salvadoreño que estuvo acusado y encarcelado casi por seis años en Washington, D. C. por el asesinato de la joven becaria Chandra Levy, le contó a sus parientes que las autoridades locales solo le alertaron que tuviera cuidado en el país por la frase “Mara Salvatrucha” que tiene tatuada en el cuello; y que, tras completar los trámites de deportación, lo dejaron a su suerte.

Se instaló en el hotel, a unos 10 kilómetros desde donde salió como indocumentado hacia Estados Unidos hace 17 años. Llegó a California en 2000 con un coyote que le cobró $4,000. Allí, se juntó con unos parientes y trabajó como jornalero. Su familia dice que enviaba remesas regularmente. Luego se trasladó a Washington, donde se acompañó con una salvadoreña; pero la relación terminó cuando Ingmar la agredió.

Meses después, fue condenado a 10 años de prisión por atacar con un cuchillo a dos mujeres en el parque Rock Creek, en el norte de Washington. Inicialmente negó los cargos, pero luego se declaró culpable y en 2002 fue condenado a 10 años en una prisión federal.

La becaria Chandra Levy fue vista por última vez en ese mismo parque poco antes del ataque a las dos mujeres; sin embargo, Ingmar fue señalado como sospechoso un año después, cuando ya guardaba prisión, porque hasta entonces se encontraron los restos de la becaria en Rock Creek.

Domingo Blanco está sentado este viernes, una semana después de la repatriación de su nieto Ingmar, frente a su casa construida con bajareque. Acá recuerda que el muchacho trabajaba en una cooperativa ganadera que aún funciona frente a su vivienda en la calle principal del cantón. Tenía 17 años y un aspecto “muy flaco”.

Domingo asegura que Ingmar nunca estuvo involucrado en el homicidio de la becaria Levy, quien sostenía una relación extramarital con el entonces congresista Gary Condit al momento de su muerte. El político estadounidense llegó también a ser mencionado en los medios de EUA como sospechoso de la trama, pero nunca fue acusado formalmente del homicidio. El caso tomó forma en noviembre de 2010 cuando un tribunal encontró culpable a Ingmar y lo condenó a 60 años de prisión. La principal prueba de la Fiscalía estadounidense fue el testimonio de un compañero de celda del salvadoreño, quien aseguró que este le había confesado el crimen de la becaria.

Sin embargo, medios estadounidenses reportaron que la defensa de Ingmar le consiguió un nuevo juicio que estaba programado para octubre pasado, pero no llegó a concretarse porque en julio le levantaron los cargos. La Fiscalía de EUA dijo que tenía “pruebas dudosas”.

Domingo dice que uno de los supuestos autores de la violación y crimen de la becaria lo visitó en su casa en Mayucaiquín para pedirle perdón por haber dejado que acusaran a Ingmar. Al abuelo le da “sentimiento” que vinculen a su nieto con la pandilla. Dice que Ingmar le aseguró desde la cárcel que decidió tatuarse el nombre de la pandilla para buscar alianzas en prisión porque “a donde fueres haz lo que vieres”.

Domingo lee, como muestra del cambio de su nieto, una vieja carta que guarda con recelo en su bolsillo. En ella Ingmar explica que se ha convertido al cristianismo y que está confiado en que su suerte cambiará al comprobarse que es inocente. Además, dice que espera volver al país y trabajar para pagarles el esfuerzo que hicieron para que él se fuera.

Alma Blanco, madre de Ingmar, le dice a una pareja de agentes de la Policía Rural de San Miguel que su hijo estuvo poco tiempo de visita en la casa para “no comprometerla”. Y les deja en claro que su hijo no debe nada porque “no ha cometido ningún delito en el país”.

Los agentes, que recorrieron los 10 kilómetros desde San Miguel por una abrupta calle de tierra, han llegado a la zona sin tener mayores pistas de Ingmar. Dicen que está ahí para prestarle ayuda con “programas gubernamentales”. “Cómo viene la policía hasta acá a preguntar por una persona si ni siquiera le saben su nombre completo”, cuestiona Alma.

Domingo, sin embargo, revela que Ingmar está trabajando en una panadería junto con una novia que recién ha conocido. Está esperando que le envíen dinero para removerse el tatuaje que lo compromete en esa zona de San Miguel donde la única oportunidad de empleo es ser jornalero.

“Nos están tratando a nuestro nieto como si fuera el demonio. Solo es un salvadoreño que tuvo mala suerte en Estados Unidos y ha regresado con ganas de trabajar sin problemas; pero acá no tiene apoyo. Todo queda solo en un monumento para los inmigrantes”, lamenta el abuelo de Guandique.
 

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