El sepelio de la enfermera de Noé

La caja que Noé compró para depositar los restos de Iris mide 1.20 metros. En esa caja blanca, además de la osamenta, colocó un birrete blanco y la toga que su hija mayor, la que aspiraba a convertirse en pediatra, usaría el día de su graduación.
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Acusado.  Gutiérrez (izquierda) se desempeñaba como gerente de una compañía de venta de vehículos en el país. Atrás, a la derecha, la fiscal Velásquez.

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El sepelio de la enfermera de Noé

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El 10 de noviembre de 2012, Iris Nohemí Martínez, de 20 años, se graduaría de bachiller en Salud del Instituto Técnico San Luis de Soyapango. La graduación se frustró porque Iris desapareció a finales de octubre de 2012. Ayer, después de casi cinco meses de búsqueda, Noé extendió la carta que redactó el 29 de octubre. La desdobló frente a la caja blanca y la leyó previo al entierro de su hija: “Espero Dios me la cuide y me la traiga de regreso y les ablande el corazón a estas personas que han cometido esta terrible decisión. Hija, yo no hallo qué hacer. Le conté a la fiscalía y a la policía sobre las amenazas que te hicieron tus compañeros del instituto, pero no han hecho nada. Ni la policía sabe dónde está usted. Su mamá y yo la extrañamos. Hija vuelve pronto. Siento que se me apaga la vida por tu ausencia”. El 17 de febrero pasado, la Policía Nacional Civil (PNC) ubicó el cadáver de Iris y el de su mejor amiga, Verónica Platero, a la orilla del puente Las Mulas, que conecta Ciudad Delgado con Soyapango. Diez días después, Medicina Legal confirmó, mediante pruebas genéticas, que una de las osamentas encontradas correspondía a Iris Martínez. “Mi hija era la única estudiada de la familia. Yo me sentía feliz por ella. Su sueño era ser pediatra”, recordó ayer el padre de Iris. Noé veló los restos de su hija en una casa de Soyapango, en una sala donde solo cabían nueve sillas plásticas y la caja de 1.20 metros, de esas que se usan para sepultar los restos de niños. La madre de Iris no asistió al funeral, tampoco al entierro. Ella vive en Estados Unidos. Viajó sin documentos hace cinco años. Por eso Noé y sus otros dos hijos se tomaron tres fotografías frente al ataúd blanco. Ese es el único retrato que les había encargado la madre de Iris.

Cuatro agentes de la Policía Nacional Civil (PNC) custodiaron el funeral, acompañaron el traslado del carro fúnebre y el sepelio. El entierro estaba programado para las 10 de la mañana, pero se retrasó poco más de dos horas porque Noé no había logrado reunir todo el dinero para completar los pagos del servicio fúnebre.

Ya en el cementerio general de Soyapango, Noé, quien no podía controlar el temblor de sus dos manos, solo pudo liberar una frase ante quienes le acompañaban: “¿Por qué me le hicieron esto a mi hija? ¡Puta!” Lloró y después pidió que le ayudaran a cantar una alabanza. La gente atendió: “Un día a la vez, yo quiero vivir un día a la vez. Dame la fuerza para vivir un día a la vez, mi Cristo”, entonaron. No hubo necesidad de usar un lazo para bajar la caja a la sepultura. Noé y otros tres hombres la introdujeron con sus manos.

¿Satisfecho después de haberla encontrado?, preguntó un reportero de un canal de televisión. Él contestó con monosílabos. “Digamos que voy a descansar un poco. Esto me viene a aliviar, siempre airoso a una respuesta. La confianza está depositada en Dios, aunque esperamos que las autoridades hagan su trabajo”, había respondido Noé minutos antes de salir de su vivienda en Soyapango.

En casa de Noé todavía hay recuerdos del culto que celebró el lunes por la noche en memoria de su hija: sobre una mesa, un libro titulado “El cielo habla sobre la depresión”. En una pizarra acrílica, colgada en una pared celeste, aún se puede leer el mensaje que el hombre escribió con plumón ese día: “La dueña de la casa anda de paseo. Quiero que sepan todos que podrán sentirse bien cuando escuchen la voz de quien iba a ser la dueña de esta casa. Se escuche tal como yo la escucho en mi corazón. Por siempre estaremos juntos. Tu estarás aquí, hija”.

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