El voluntario para quien el Cruz es más que un apellido

Fue a inicios de los setenta, luego de ser testigo de un accidente de tránsito y ayudar a las víctimas que estaban en el interior del vehículo, cuando Eduardo Cruz, quien entonces era un joven de 23 años de edad, tomó la decisión de recibir el curso de primeros auxilios en la Cruz Roja de Santa Ana.
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Servicio.  Eduardo Cruz tiene 42 años de servicio como voluntario de Cruz Roja en Santa Ana.

Servicio. Eduardo Cruz tiene 42 años de servicio como voluntario de Cruz Roja en Santa Ana.

El voluntario para quien el Cruz es más que un apellido

El voluntario para quien el Cruz es más que un apellido

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 Su objetivo era brindar una mejor ayuda en futuros casos de emergencias.

Nunca pensó que aquel curso se convertiría en el camino que lo ha llevado a ser socorrista voluntario por 42 años, tiempo durante el que se ha especializado en otros campos del socorrismo y que le han permitido ayudar a sus semejantes, desde catástrofes naturales, pasando por accidentes de tránsito, hasta evacuar a personas bajo las balas durante el conflicto armado.

Ahora, 42 años y cinco meses después, Cruz recuerda como si fuera ayer cuando inició su relación con Cruz Roja Salvadoreña, una relación que ni el pasar de los años ha podido debilitar.

“En septiembre de 1973 recibimos el curso de primeros auxilios, que duraba unos seis meses, después de eso uno se convierte en socorrista voluntario, uno comienza a conocer y a compenetrarse del trabajo y el servicio de Cruz Roja. A mí me llamó la atención recibir el curso cuando hubo un accidente de tránsito y entre varios amigos ayudamos como pudimos”, dijo.

A partir de esa fecha, don Eduardo se convirtió en socorrista voluntario y las emergencias por atender eran muchas, debido a que todavía no había filiales de Cruz Roja en el resto de municipios de Santa Ana.

“No pensé que fuera a quedarme tanto tiempo, pero a través de las capacitaciones y el ambiente de amistad y todo, me fui quedando y hasta el momento no siento que tenga ese tiempo de estar prestando el servicio y seguimos adelante”, sostiene Cruz.

El tiempo avanzaba, llegó una esposa, luego vinieron los hijos y todas las responsabilidades que conlleva el matrimonio. “Mi señora, cuando ella me conoció ya me conoció dentro de Cruz Roja, ya era voluntario, consciente ella que yo tenía esa vocación estuvo de acuerdo. Ellas (su esposa e hijas) también están con Cruz Roja porque están pendientes de uniformes, de la hora que uno llega, en alguna manera son participantes ellas de Cruz Roja”, dice ahora.

Cruz señala que en más de cuatro décadas de servicio, incluido todo el conflicto armado, han sido muchas las experiencias, las aventuras y desventuras que ha vivido, pero una lo marcó.

Fue en 1979, durante una inundación en Cara Sucia, Ahuachapán, cuando el vehículo en el que se transportaban quedó prácticamente flotando en el agua, se había inundado el terreno, y el susto que se llevaron le marcó.

Dice que ha visto de todo, pero la mirada y el rostro de las personas cuando son rescatadas o ayudadas en las emergencias compensan los sacrificios y riesgos que conlleva el socorrismo voluntario.

“La satisfacción que queda de poder ayudar al prójimo es lo mejor, la sonrisa o los ojos de alivio de la persona cuando se le está auxiliando, ser solidario; todo ha valido la pena, llegar en el momento preciso. Si volviera a nacer, volvería a estar en esto, pero desde más antes”, dice este héroe de carne y hueso.

Don Eduardo Cruz afirma que hay que hacerle méritos al apellido y que en su caso la palabra cruz tiene mayor significado y señala que, después de 42 años en Cruz Roja, el retiro o jubilación del voluntariado no pasa por su mente: “Aquí vamos a estar contestando el teléfono”.

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