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Esta es la ceiba que veremos morir en Antiguo Cuscatlán

Es tan antigua que su edad es solo calculable. Su muerte anunciada entristece a los habitantes del municipio, que se han cobijado bajo su frondosa copa, celebrado fiestas, disfrutado de la tarde, que se han enamorado ahí durante décadas. ¿Quién la sembró? ¿De cuánta historia ha sido testigo este robusto y generoso árbol? Hay que intentar decirlo antes de tener que despedirnos.

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Esta es la ceiba que veremos morir en Antiguo Cuscatlán

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En Antiguo Cuscatlán nadie es más gordo ni más alto que la ceiba de su parque central. Quien se pare debajo de su paraguas se siente una hormiga, su fronda se eleva a más de 25 metros de altura y constituye el punto más elevado y antiguo del centro histórico de este municipio que recién en 1987 obtuvo el título de ciudad. 

La ceiba es más alta que el estacionamiento de cinco pisos que construyó la municipalidad en 2006. También es más alta y antigua que la iglesia, construida en 1954 por el filántropo alemán Walter Deininger. Incluso podría ser más antigua que la inscripción de la campana más vieja: “Costeada por el pueblo y la municipalidad de Antigua Cuscatlán, 1869”

Los más longevos del centro histórico, todos de alrededor de 90 años, no sabrían decir la edad de la ceiba. Sus respuestas saben a suposición o adivinanza. 

Por ejemplo, Wenceslao Flores, quien nació aquí hace 90 años, juraría que desde siempre la ceiba tiene la misma altura y anchura. “Allá por 1940, la ceiba no tenía esa plancha de cemento, tenía tierra apisonada. Allí dormían los cortadores de café y caña de azúcar que trabajaban en la hacienda La Laguna —entonces propiedad de Walter Deininger—-. Crecí y envejecí y la ceiba todavía retoña, continúa igualita a la que vi en 1940. Es una tristeza que la boten”

Foto cortesía Carlos Chávez

Sí, que la boten, porque esta semana su muerte ha sido anunciada. La alcaldesa de Antiguo Cuscatlán, Milagro Navas, ha dicho que la ceiba constituye un “peligro inminente” porque sus raíces principales están dañadas. El árbol será derribado y sustituido por otro de la misma especie. Al menos esto es lo que ha dicho la gobernadora.  

Maura Hernández, de 91 años, quien desde hace 33 años vende tamales y atol shuco en el centro de Antiguo Cuscatlán, asegura que su mamá —Felipa Osorio— nació en un mesón ubicado frente a la famosa ceiba. Fue Felipa quien le enseñó a cocinar mientras le contaba que su bisabuelo había sembrado esa ceiba “hace un pencazo de años”. Maura se encoje de hombros, solo tiene la certeza de que la ceiba ahora no tiene tantas epifitas ni loros como antes. 

La datación de Maura Hernández contrasta con la de su vecino, Magno Garay, quien patea también los 91 años de edad. Alrededor de 1987, Magno asegura que fue concejal en la alcaldía de Antiguo Cuscatlán y tuvo oportunidad de leer los registros coloniales. En un libro del siglo  XVIII observó que la ceiba prestó su sombra a varios arrestados con cepos, un artefacto para sujetar o inmovilizarlos. 

Mientras se discute la edad de la ceiba, Guadalupe León, un especialista en Ceiba pentandra —su nombre científico—, asegura que es el árbol más colosal de la América tropical y que puede rebasar los 500 años de vida. Esto a pesar de que su madera retiene mucha humedad, lo que a veces dificulta el conteo de los anillos concéntricos de su tronco, lo que determinaría su edad.  

Sin embargo, en base al grosor de la ceiba, no cabe dudas de que es vieja, perfectamente pudo haber atestiguado la vida colonial de Santos Inocentes de Cuzcatlán, entonces un pueblo recogido y apartado en las montañas. 

Actualmente, desde este árbol se logra a ver el edificio más alto de El Salvador, El Pedregal, de 28 pisos y 110 metros. Con su probable tala se unirá a otras míticas ceibas centenarias en poblaciones de raigambre indígena como: Asunción-Izalco, Soyapango, Santiago Texacuangos, Ataco y Nahuizalco. Todas ellas sucumbieron luego de que sus contornos fueran pavimentados, lo que habría evitado que sus raíces evacuaran humedad adecuadamente.   

La ceiba de Antiguo Cuscatlán también pasará a la historia, inmortalizada en el escudo que el municipio tiene desde 1981. Debajo de sus muñones y retoños desfilaron cientos de pericos, cortadores de café, recién casados, cortejos fúnebres como el de Walter Deininger, sacerdotes como monseñor Óscar Arnulfo Romero —quien ofició los festejos patronales de 1977—, tanquetas militares durante la ofensiva guerrillera de 1989 y, sobre todo, estudiantes que con bolsón a espaldas, al igual que en la época precolombina, levantaron su mirada para contemplar esta sobrecogedora conexión entre el suelo y el cielo. 

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