Estas salvadoreñas desmienten los mitos del emprendimiento después de los 60

A menudo, se suelen subestimar las capacidades de los adultos mayores y su rol dentro de la sociedad. Estas cuatro mujeres originarias de Cacaopera dejan por los suelos todos los mitos sobre la tercera edad.
Enlace copiado
Las mujeres, a través de apoyo de ONG y Ciudad Mujer , reciben capacitaciones para emprender micronegocios de artesanías. FOTO LPG/ FREDERICK MEZA

Las mujeres, a través de apoyo de ONG y Ciudad Mujer , reciben capacitaciones para emprender micronegocios de artesanías. FOTO LPG/ FREDERICK MEZA

Estas salvadoreñas desmienten los mitos del emprendimiento después de los 60

Estas salvadoreñas desmienten los mitos del emprendimiento después de los 60

Estas salvadoreñas desmienten los mitos del emprendedurismo después de los 60

Enlace copiado
En todo el mundo se tiende a crear estereotipos, a reproducirlos y a comenzar a creer erróneamente en ellos. En el caso de los adultos mayores,  una de los errores más frecuentes es  imaginarlos de manera automática como personas con dolencias por la edad, o creer que su capacidad de aportar económicamente a su familia y sociedad quedó atrás con el paso de los años, o que perdieron la capacidad de aprender cosas nuevas.

En El Salvador, los adultos mayores representan el 11 % de la población, según el último censo poblacional efectuado por la Dirección General de Estadísticas y Censos (2007) y este mes está dedicado para ellos.

Parte de esta minoría poblacional son cuatro mujeres, residentes del remoto cantón Agua Blanca de Cacaopera, un municipio de Morazán. Con más de seis décadas de vida, estas señoras desmienten con acciones todos los mitos negativos que rodean a los “entrados en años”, pues todas gozan de buena salud, continúan económicamente activas y se mantienen aprendiendo.

Uno de los ejemplos es María Pilar Pérez, una mujer sexagenaria que es el sustento económico principal de su hogar. Ella vive con tres nietos y un bisnieto.

“La primera tiene 16 años, ya es mamá. Los demás tienen trece, el otro tiene nueve (…) uno está en cuarto grado, el otro en octavo y la otra, como salió embarazada, está en octavo, está estudiando también, entonces los tres los tengo en estudio”, relata.

María es originaria del caserío Flor del Muerto. Ahí residen con su familia en una casa de bahareque. Durante la guerra civil tuvo que escapar con su familia hacia Honduras. Regresó en 1990, cerca de firmarse los Acuerdos de Paz.

Sin importar los 65 años cumplidos, su cabellera no se ve blanca, ni gris. Es negra aún y le asoman algunas canas. Tampoco padece de ninguna enfermedad, pero dice que a veces, contadas veces, le da alguna gripe o calentura, pero se le pasa.

Ella hace hamacas. Comenzó el oficio desde que tenía cuatro años cuando su padre comenzó a enseñarle el torno, donde preparan el hilo con el que fabrican la hamaca. Ahora, son sus nietos los que están aprendiendo de ella el mismo oficio.

Una historia similar es la de Santos Evarista Pérez Luna, de 67 años. También elabora hamacas y comenzó a los cinco años. Según cuenta, vive sola, pues su esposo murió hace once años, su madre el año pasado y sus siete hijos viven cada uno con su familia. Ella tarda dos días en hacer una hamaca y recibe $5.00 a cambio del trabajo. “Yo soy misma responsable para mí”, dice.

Ella también huyó hacia Honduras durante la guerra y regresó en la década de los noventa. María y Evarista aprendieron la panadería en ese país y ahora lo continúan poniendo en práctica en un colectivo de mujeres emprendedoras al que pertenecen, junto a otras once mujeres de la localidad.

De las once compañeras, hay otras dos adultas mayores. Ellas son Damasa Luna de Gómez, de 70 años, y Reina Luna Pérez, de 62 años.

El colectivo se llama Flor de Maíz. Es un grupo que con la gestión y apoyo de varias instituciones ha logrado tener un local donde trabajar a la par de la Iglesia, con un horno, dos máquinas de coser y materiales para trabajar productos hechos de croché y bisutería. El local lo construyeron ellas mismas, solamente les donaron los materiales.

Damasa es prima hermana de María. Ella llegó al colectivo a aprender croché y costurería, habilidades que tuvo que desarrollar desde cero. Ella y las demás mujeres recibieron capacitaciones de Ciudad Mujer, mediante programas en las que una promotora llega hasta el lugar donde trabajan. También les proporcionaron capital semilla como hilos y tela para arrancar con el negocio.

“Ahí le explican a uno que este era un beneficio que no era de ahorita que íbamos a crecer y agarrar todas las cosas, sino que iba despacio, pero al final de esto se iba a ver si iba a dar un incentivo verdad, y lo estamos viendo”, cuenta María.

Evarista se siente satisfecha de sí misma por lo aprendido. “Yo no sabía nada de este croché. Yo vine a aprender. Bien ruda era yo, pero aprendí viendo a las demás (…) y todo lo he aprendido, para viejita como dicen”, cuenta.

Los morrales, collares, pulseras, blusas, carteras y otros artículos los elaboran cada sábado. Ellas comercializan los productos cuando se celebran ferias en la localidad o los municipios vecinos. Algunas veces llevan su venta hacia San Miguel o San Salvador.

Es así como toda la semana, estas mujeres se mantienen activas ya sea en su casa o en Flor de Maíz, demostrando que sin importar la edad o condición social, siempre se puede salir adelante.

Tags:

  • adultos mayores
  • emprendedurismo
  • maría pilar pérez

Lee también

Comentarios

Newsletter